Fragmento del recuerdo petrificado en el tiempo

Por Carlos Martínez Márquez lunes 10 de agosto, 2020

‘’ A veces no conoces el verdadero valor de un momento hasta que se convierte en memoria’’ Dr. Seuss

Aquel armario de color verde tenue donde guardábamos todo lo que fuera necesario, estuvo desde siempre en la habitación principal—hasta un tanto después de mi incipiente adolescencia. Y, la esencia de naftalina que mi madre con sumo cuidado colocaba en cada rincón de su interior, para que ningún bicho encontrara algún refugio en el percal que sirvió para cubrirnos del frio y las gélidas madrugadas. La tizana de jengibre o cuando no la hoja de limoncillo y guanábana, diluidas en el recipiente de metal hervían en medio del fogón y el (COQUI BORINQUEÑO) que papa sintonizaba en la emisora la voz del trópico.

Hoy he despertado con una inmensa hilaridad, porque lo primero que empecé a recordar fue aquel Neceser que mama’ utilizó por varias décadas hasta verlo morir en franco deterioro quedando famélico e invertebrado, esperando luego ser llevado al museo de algún vertedero de la ‘’todavía diminuta ciudad’’. El ‘’Maybelline y los cosméticos maja’’ eran lo básico de la época y lo mas conocido como producto de belleza de consumo masivo para la mujer de entonces. Al refajo le llamaban ‘’medio fondo’’ símbolo de mujer de ‘’recato’’. No hubo forma de ver más allá de lo que sus extremidades inferiores podían mostrar. El ‘’pariguayo’’ [party watch] era el bulin de la época, muy abundante en las fiestas, eran una especie de ‘’vigía’’ que solo contemplaban a los más extrovertidos en la pachanga y la francachela.

El patio de la casa, pequeño, pero bien acogedor; el árbol de tamarindo que siempre fue cobija permanente rendia frutos y el frescor intenso con una sombra vitalicia reservada para amenizar los encuentros familiares. Justo ahí, el agua del grifo era la fuente de tomar el baño de medio día, un rayo de luz penetraba el árbol y golpeaba mi espalda. Desde la calle Emilio Prud’Homme se escuchaba la sirena como señal de que el reloj marcaba las doce meridiano, el almuerzo en la mesa mientras escuchábamos los diplomáticos de Colombia. La siesta como ritual español fue legado de los tiempos colombinos [ hoy por hoy se disfruta en algunos hogares y ni se diga de los establecimientos que solían cerrar sus puertas hasta las dos de la tarde].

Las camisas de marca ‘’Arrows’’ colgaban dentro del armario… aspirando alguna fragancia parecida a los jacintos azules, (flores provenientes de Europa y por demás producidas en medio oriente: Siria y el Líbano) supe esperar con paciencia, que, al cumplir mis 18 años, presumiría del buen vestir heredando de mi papa las prendas de algodón de manufactura americana, que de utilidad me sirvieron, para los momentos especiales. El Old Spice que guardaba en su botiquín me lo untaba con discreción sin que llegara a notarlo, así evitaba los reclamos posteriores fruto de mi osadía.

La fotografía en blanco y negro tamaño pasaporte (aun intacta, la que todavía conserva) cuando su primer viaje a Norteamérica, la blusa de estampado de flores no destacaba sus colores, el pelo corto y negro y sus ojos azules de origen tropical —bañado por la unión de las aguas   ‘’Dominico Cubana’’ era la muestra del garbo de mi madre de aquel entonces. ‘’La maleta se conoce por el pasajero’’, es otro tipo de bulin que trata con denuestos a las personas que no van a tono con ciertas conductas que rayan en lo ridículo. La magia que envuelve lo clásico es la mejor inversión de un recuerdo reciclado. Aunemos voluntades para preservar lo mejor de nuestras generaciones.

Por: Carlos Martínez Márquez

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