«Extranjero corazón», poemario de Luis Muñoz

Por Miguel Collado lunes 3 de febrero, 2020

La distancia no ha diluido el sentir de Luis Muñoz, quien no ha olvidado su oriundez; tampoco sus raíces culturales. Su voz poética es una voz evocadora, inflada de nostalgia, pero de una nostalgia tierna que no refleja ya dolor: en su extranjero corazón ya han sanado las primeras heridas causadas por la partida.

Ahora no es ni de aquí ni de allá, sino de cualquier lugar: «Me hago extranjero // cada día // porque me gusta mudarme // a cada sitio».

Su amorosa visión sobre su lar nativo dejado atrás, en el mapa del Caribe, es consustancial a su manera de reaccionar ante cualquier diminuto asomo de naturaleza que le recuerde a su patria: «Soy río, río del río junto a la vereda,// a las matas de mangos» («Soy río»). Es el mar quien lo invade de nostalgia a veces:

«Suave deslizo mi llegada al mar;
soy sólo río de una isla de sueño,
río corriente abajo, de jaiba azul».

[Poema «Soy río»]

En su vagar de extranjero con la patria a cuestas, su poesía, como su arte pictórico, puede sorprenderlo en cualquier lugar: tanto en París como en Madrid o en Rusia, pero nunca está ausente de su nostalgia la tierra americana:

«Me contagian tus versos, pero ¿esto es Francia?
Escuché en aquel bar un tango milongueado:
Tararé, compai, tararé, muchas copas nocturnas.
Es la Francia, renacimiento, bohemia antigua urbana.

[…]

Me niego a ponerme aquel calzado antiguo
de caballero español,
ya común en el Caribe colonial,
igual que aquí en este Madrid;
me niego a llamarle “Señor…”,
caballero de traje gris natural».

[Poema «Me negué»]

Maravilloso juego del lenguaje de la ternura es el que Muñoz deja plasmado en su diálogo silencioso con la avecilla rusa de su poema «Mi amiga rusa», que nos trae a la memoria aquellos versos tiernos del poema «El ave y el nido» (1875) de la eximia poetisa dominicana Salomé Ureña de Henríquez: «¿Por qué te asustas, ave sencilla? // ¿Por qué tus ojos fijas en mí? // Yo no pretendo, pobre avecilla, // llevar tu nido lejos de aquí». He aquí un fragmento de «Mi amiga rusa»:

«Una avecilla se posa frente a mi ventana,
quise hablarle en mi idioma materno,
pero imaginé que sólo entendía el ruso.

Por su insistente permanencia frente a mis ojos,
muy cerca de mí,
logró provocar mi especial lenguaje: el de la ternura».

Huellas de su vagar las encontramos en su poema «Crucifican un cuadro»:

«Me conformé con haber sido carne y polvo.
La carne mía ya no existe, se la llevó el espíritu,
se la han llevado en pequeños fragmentos
a París, Roma… quién sabe».

Es visible en Extranjero corazón la presencia inequívoca de su espíritu romántico, que en ocasiones se torna erótico, pero bajo una atmósfera de sublime ternura en la que la mujer es la fuente generadora de los sentimientos más puros, del amor lejano, del amor imposible, inasible:

«No quiero seguir quitando ese bello vestido,
tan difícil de soltar con los ojos.
Mis ojos están llenos de tus curvas, mujer.

Ayer, por última vez, decidí
imaginarte deslizándote por estos
hambrientos luceros míos,
los que hice tuyos al verte pasar, mujer».

[Poema «Mujer»]

La añoranza está presente en todo el trayecto lectural del poemario, en cada texto, en cada verso escrito con el alma puesta en ello. A veces, Muñoz escribe desde el desgarro y se siente que el poema sangra: es su alma atravesada por el dolor del recuerdo que golpea su interior. Su extranjero corazón, que no se siente extranjero en ningún lado, porque la patria esta en él, en su fuero interior, y es por eso que a donde llega, también llegó su patria:

«En esta ciudad cerraron el puente
y los acantilados de nubes en sueño,
desde la más cercana cosecha de algodón.
En ese último supermercado abierto
no venden mangos ni guineos; sólo patatas».

[Poema «El último Rey»]

«La vi llegar tantas veces
con su alegría quinceañera
y yo con tantos deseos de tenerla
en esos dieciséis años colegiales,
años de arrebatos ciegos».

[Poema «16 de la quinceañera»]

Luis Muñoz, pintor de reconocida trayectoria, no traiciona su temperamento de artista visual cuando asume el oficio de poeta, por lo que su pasión por el color atraviesa, por momentos, esta obra. Esa pasión ha quedado plasmada, por ejemplo, en su poema «Ruido misterioso»:

«El color lo escucho en este oído ciego,
pero sus tormentos me arrebatan y
me hago cómplice de su enamoramiento.
El color no es un macho, ni una hembra
mas conquista mis ojos y me besa, al ojo».

Su sensibilidad solidaria ante la tragedia humana queda puesta de manifiesto en su «Elegía a Facundo Cabral», sentido homenaje póstumo al cantautor argentino vilmente asesinado en Guatemala en la mañana del día 9 de julio de 2011, cuando se dirigía al aeropuerto internacional La Aurora para viajar con destino a Nicaragua. Muñoz le canta así al legendario cantor:

«Las alas llegan sin cuerpo al entierro, flotantes
recuerdos de un inmenso universo-emociones.
Sepultan el aire y nos entregan al rey anécdota,
junto a millones de facundos multiplicados por el
germinado compromiso…»

Cualquier emigrante o andador de mundos podría sentirse identificado con el poema «Extranjero corazón», que le da título a la obra:

«Ya como extranjero descubro
que soy otro en los ojos del mismo.

[…]

Cuando me mudo de trayecto también
descubro lo mismo,
pienso mejor en no ser yo mismo.

[…]

Cuando soy extranjero,
soy otro siendo el mismo».

En ese texto hay planteada toda una tesis sobre los conflictos de identidad a los que tiene que enfrentarse cotidianamente el emigrante, empujado por circunstancias tan adversas que en lugar de reconocerse en sí mismo prefiere verse y descubrirse en el otro. En ese mismo sentido, en su poema «Crucifican un cuadro» Luis Muñoz proclama su espíritu de viajero que trasciende las fronteras con su arte, que esparce su corazón extranjero, desmaterializado, vuelto sólo polvo, sólo espíritu:

«Me conformé con haber sido carne y polvo.
La carne mía ya no existe, se la llevó el espíritu,
se la han llevado en pequeños fragmentos
a París, Roma… quién sabe».

Por MIGUEL COLLADO

Anuncios

Comenta