El “estado de bienestar”, madre de la guerra

Por Alejandro A. Tagliavini jueves 1 de marzo, 2018

Reflejando una opinión cada vez firme, escribe Alberto Rojas en El Mundo de Madrid que “Las instituciones creadas para proteger a los civiles han vuelto a fallar… El Consejo de Seguridad es incapaz de frenar la violencia”. Y relata Rojas, refiriéndose en particular a Guta, que “las imágenes… de la carnicería, con niños amortajados… una matanza a cámara lenta… donde van a cometerse graves crímenes de guerra a la vista de todos”.

Pero Guta no es un caso aislado. Yemen está bloqueada por la coalición saudí que está matando a su población con bombas y hambre. El gobierno de Sudán del Sur practica una limpieza étnica. En Darfur el Gobierno sudanés sigue ordenando masacres, pero está apoyado por China y Rusia. En República Centroafricana las fosas comunes se llenan de civiles. Birmania insiste en una limpieza étnica contra la minoría rohingya.

No se han detenido las masacres porque los Estados que podrían hacerlo protegen a sus aliados: Rusia con Asad en Siria, China con el gobierno birmano, Francia con República Centroafricana. Desde Médicos sin Fronteras, denuncian que el derecho de los civiles “ha sido aplastado por la agenda política”. Según Rojas, los sistemas de protección de civiles fallan porque están concebidos para hacerlo.

Así como fracasó la Sociedad de las naciones en su momento, la ONU es otro gran fracaso que se mantiene como fantochada para que la opinión pública crea que los Estados están “trabajando para la paz” mientras se dedican a la guerra… y no solo por traficar armas.

Más aún, en rigor la ONU es parte del problema, los “Cascos Azules” están envueltos en casos de abusos en Srebrenica, Haití, Sudán del Sur, Congo, República Centroafricana, etc. Y sus empleados retienen ayuda humanitaria a cambio de sexo como ha denunciado Danielle Spencer a la BBC. El Comité Internacional de Rescate entrevistó a 190 mujeres y niñas de Daraa y Quneitra concluyendo que el 40% de ellas había sufrido violencia sexual.

Ahora, esto es nuevo, las guerras han sido infames siempre, todas. El film sobre “Los archivos del Pentágono” recuerda las mentiras del Gobierno sobre la guerra de Vietnam. La “guerra santa” por antonomasia, la Segunda Guerra Mundial -con 60 millones de muertos- sirvió para consolidar una tiranía peor que la de Hitler, la estalinista. Y si bien los crímenes de los soldados nazis son conocidos, lo cierto es que los aliados -soviéticos, ingleses y americanos- violaron a más de un millón de mujeres y niñas.

El fondo de la cuestión está en la misma definición del Estado moderno. Éste se arroga el monopolio de la violencia, aunque la ciencia ha demostrado hasta el hartazgo que los métodos eficientes de liderazgo y defensa son los pacíficos.

Al contrario del mercado, donde las personas voluntariamente intercambian bienes y servicios, el Estado impone coactivamente impuestos -con los que luego da “bienestar”- y leyes que, como cualquier imposición coactiva, son conflictivos, conflictividad que suele llegar a guerras internas o externas. Así, pretender que el Estado moderno -o las organizaciones que integra, como la ONU- pueda afianzar la paz es un contrasentido.

Hay que desarmar a los Estados modernos, ya que la paz está en los pueblos, en las personas y sus familias que quieren trabajar pacíficamente, sin imposiciones, sin “autoridades” violentas que se creen con derecho y capacidad para “defender” y dar “bienestar” a nadie.

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