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Espiritualidad y religión

Por Tommy Mejía Pou Viernes 13 de Enero, 2017

La espiritualidad es la aprobación total de la vida, la aprobación completa, la afirmación sostenida de la existencia. La espiritualidad tiene que ver con el sentido pleno, con la visión elevada. Pero esa plenitud y esa elevación no buscan una pureza imposible, o una pureza mal comprendida, ya que pureza no significa negación de la animalidad que somos, sino comprensión del carácter trascendente, elevado, de esa animalidad.

Espiritualidad no es la superación del cuerpo, de la sensualidad, de la vehemencia del deseo. Es precisamente ese cuerpo el que es espiritual; su comportamiento problemático es su naturaleza, la que asumida, querida y plenamente abarcada es espiritual.

Es la aceptación de lo irracional, esa comprensión de que hay un límite para la explicación de los fenómenos y de que aun así la vida es maravillosa y no pierde sentido, es lo que me parece resume la posición espiritual. Se trata de una capacidad de aquí y ahora. Si hay vida superior está aquí junto a nosotros, en nosotros, es la vida cotidiana y corriente asumida como vida completa, apreciada, integrada. No hace falta Dios para ser espiritual, Dios ¨el de las religiones¨ en realidad limita, regula y recorta la posibilidad de darnos una vida insurgente y reivindicada.

O sea: para ser espiritual no hay un camino único pautado. La espiritualidad es darse cuenta de que la verdad está en todas partes.

Lo valioso de la espiritualidad es que se define como un camino de búsqueda y crecimiento personal, que supera la habitual mirada de reproche y descontento frente a la existencia y la transforma en una posición de aceptación, comprensión, desarrollo y contentura. En ese camino aparece alguien, ese es uno mismo. Ese uno acepta su naturaleza contradictoria, entiende que la trascendencia no proviene de otro mundo sino de estar plena y tranquilamente en este.

El aporte de la espiritualidad es el de situarnos en el eje de la vida, concebida como una aventura y no como un problema, que nos hace padecer y disfrutar y que se debe ver como la extraordinaria realidad que es.

La religión es contraria a la espiritualidad, funciona en masa, su comportamiento es el socialmente establecido, lo que da pocas posibilidades de ser original y tiende a la rigidez de conceptos. Debemos ser espirituales y olvidar la religión, que para tener éxito debe hacer que la gente la necesite. Para ello hace que las personas pierdan su fe en ellos mismos, para luego hacerles creer que ella tiene las respuestas que tú no tienes, luego pretende que aceptes su verdad sin cuestionarla. Promueve el oscurantismo y el cerco mental para impedir el juicio crítico. La religión pide que dudes de ti mismo; podríamos decir que las religiones son las que forman el temor a Dios, son las que hacen que nos avergoncemos de nuestros cuerpos y sus funciones naturales. Por donde quiera que haya ido la religión ha creado desunión, lo que para mí es lo opuesto a Dios. La religión separó al hombre de Dios, al hombre del hombre y al hombre del mundo.

La religión es manipuladora y como tal es violenta: es al menos violencia sicológica, hace uso del clásico juego del castigo y la recompensa, además presupone una cosificación de los otros, un intento de usarnos como prótesis de su intención controlando nuestra manera de pensar, de sentir o de actuar, según convenga a su prédica. No le interesa nuestra subjetividad, nuestra intencionalidad, sino solo en función de operar sobre ella para que hagamos lo deseado. Aparentemente demuestra interés por nuestra opinión, pero solo para descalificarla o buscar cómo usarla a su favor. Se muestran bondadosos y amables pero es solo una táctica para hacer que bajemos nuestras defensas y hacernos así más vulnerables a su manipulación.

La persona espiritual no es aquella que sigue pautas, sino por el contrario, la que se atreve a salir de su zona de confort para emprender la búsqueda del sentido de la vida, se hace preguntas como: ¿Quién soy realmente? ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué pasa tras la muerte? ¿Tenemos un alma inmortal? ¿Tengo una misión o destino en mi vida?

¿No sería preferible vivir la vida limitándonos a lo establecido? En efecto, esto podría parecer más sencillo, pero si el ser humano ha necesitado plantearse estas cuestiones desde siempre es porque sin espiritualidad caemos fácilmente en las redes de las religiones y del mundo material. Si no tenemos un sentido de identidad y de propósito que sea profundo y forme parte de nuestro yo más íntimo, formaremos nuestra identidad en función de lo que la religión y la sociedad nos ofrecen, o sea: seremos ovejas del gran rebaño.