Es la hora de los hornos…

Por Rolando Robles

“Es la hora de los hornos, en que no se ha de ver más que luz”; la frase corresponde al insigne poeta cubano José Martí y la dio a conocer en la carta que, desde Nueva York escribiera a José Dolores Poyo, su amigo y camarada. Acontecían los primeros días de diciembre del año 1891 y a partir de entonces, el texto ha servido para interpretaciones diversas y motivaciones artísticas, políticas y sociales.

En el cine, la cuestionada sentencia del prócer fundamentó un valiosísimo trabajo de Octavio Getino y “Pino” Solanas, dos “boludos” cineastas que en 1968, nos entregaron un laureado documental de carácter histórico político que expone el neocolonialismo y la violencia en Latinoamérica.

Sin embargo, pienso que la llamada “hora de los hornos” nos puede servir para tratar de interpretar el estelar momento que se vive hoy día en Quisqueya, especialmente por aquello de “los tiempos de cambio que corren”. Claro, quien les habla es un dominicano del pueblo, no genios creativos como Pino y Octavio.

Aclarada la intención, vamos a ver si logro explicar, con la anuencia de El Maestro, Julián Pérez, excelso pensador y poeta de las Américas, la analogía que justifique el atrevimiento de una comparación tan pueril. Porque es muy cierto que nuestro país vive un momento de trascendencia, en lo tocante a la forma de manejar el Estado pero, ello no le da la categoría que le confieren los hechos en la mente ilustre del Apóstol cubano cuando escribió la simbólica frase.

De entrada, debemos admitir que por primera vez se ha puesto a prueba la capacidad real de resiliencia de las maquinarias políticas. Tanto las que ostentaron el poder en los tiempos recién pasados, como las que lo ostentan en la actualidad; hoy están obligadas a reconfigurarse. En especial estas últimas, que siempre estuvieron dispuestas a dirigir el Estado pero, nunca lo manejaron a conciencia y por tanto, no pudieron mantenerse.

Por otra parte, la “genialidad” que le suponíamos a los peledeístas -indistintamente, de que fueran danilistas o leonelistas- estaba condicionada al hecho de poder disponer del presupuesto nacional como elemento de negociación interna. Entre estos dos sectores del partido, el que ostentaba el poder siempre vencía al otro, hasta que en el fatídico octubre aquel, el perdedor jugó al dilema del macho celoso, tan de moda en estos días: “o mía o de nadie”; y ayudó con la división a que salieran ambos del poder.

Una decisión tan desesperada como pírrica, ya que, la dama en cuestión (el partido PLD en ese caso) estaba herida de muerte desde hacía tiempo. Ambos pretendientes perdieron, pues, uno fue desalojado del gobierno y el otro, aunque ayudó a sacarlo del del palacio nacional, ya no tiene la mitad de ese poderoso partido de casi dos millones de seguidores sino, una modesta porción. Eran fuertes cuando estaban unidos y en el poder; pero ya no, y es imposible su recuperación.

El asunto es difícil para todos, incluidos los ganadores (PRM) que siguen generando ruidos innecesarios en lugar de cerrar filas con su comandante en jefe, que es el activo de mayor cotización en el mercado electoral actual. Su valor rebaza con creces el de su partido; y su capacidad de alianza se ha multiplicado exponencialmente, en función de su concepción personal del gobierno, es un presidente para todos los dominicanos.

No obstante, en medio de esta complejidad electoral, sujeta a tantas variantes, hay dos constantes que sin dudas, impondrán el ritmo de los acontecimientos, de frente a las elecciones de 1924; porque no dependen de lo que crea o deje de creer la militancia de un partido, ni la premura de su dirección por volver a controlar el presupuesto nacional.

La primera constante es la verticalidad del Presidente que da respuesta coherente a las demandas básicas de los electores y que se empeña, por encima de las circunstancias, en mantener la mayor transparencia en todas las acciones del Estado; y la segunda es la disposición de un pueblo que por vez primera en veinte años, siente que se están enfrentando los grandes males nacionales, atendiendo a las necesidades de todos los sectores de la sociedad y no de manera exclusiva -como ha sido la costumbre- a los ligados a las estructuras del partido de gobierno.

Todo el mundo sabe que los planes de viviendas son para los que apliquen, sean o no sean partidarios del gobierno; las becas de estudio en el extranjero ya no son para los hijos de los miembros del Comité Político del partido; los servicios sanitarios, como se demostró en el manejo del Covid, están a disposición de toda la población, incluidos los ciudadanos extranjeros; y quizás lo mas importante en esta apuesta por la igualdad de todos los dominicanos: hasta los sometidos por corrupción son -por primera vez-de uno y otro partido.

 El buen observador de las prácticas de Estado reconoce que, no es que “simplemente el pueblo se jartó del peledeísmo” y los echó del poder; ni tampoco que “las estrellas se alinearon” en favor del futuro de los dominicanos; y mucho menos que “los intereses de la geopolítica demandaban cambios del rumbo” en la región; sino que además, hubo una conjunción de factores -incluidos los citados- que produjo los resultados deseados por todos.

Ahora, los expertos, el pueblo trabajador y la gente común, entienden que, para poder consolidar los logros que este proceso pueda arrojar, se impone que mantengamos el respaldo militante al Gran Capitán de esta expedición sin precedentes en la era post trujillista. Es imperativo que cerremos filas detrás del presidente Luis Abinader, que es sin duda, la gran revelación de esta etapa de reencuentro del Estado dominicano con los intereses de las mayorías nacionales.

Yo sé que las comparaciones entre situaciones y procesos de orden político social han de resultar siempre asimétricas, pero no podemos negar que ciertamente, vivimos una  época de resurgimiento de los mejores valores patrios. Es la hora de los hornos…

 

¡Vivimos, seguiremos disparando!

POR ROLANDO ROBLES

Comenta

Apple Store Google Play
Continuar