Encanto y Desencanto

Por Giovanna Bonnelly de Dipino lunes 7 de mayo, 2018

No es fácil ser un buen político, de hecho me atrevería a decir que en estos tiempos ya es casi imposible serlo pues lo complejo de este asunto resulta de la dificultad de poder ser una buena persona y por consiguiente un buen ciudadano. La pregunta es: ¿quién realmente en estos tiempos está preocupado por serlo?, ¿cuántos de nosotros tenemos la intención y nos esforzamos día a día con este propósito?

Algunos se preguntan que relación tiene la vida personal con el oficio de ser político, pero desgraciadamente es ahí donde radica el principal problema, de lo desvirtuada que se encuentra esta noble labor ya que todos han creído o han comprado la teoría de que la vida personal no tiene absolutamente nada que ver con el trabajo que se desempeña y esa es una grave mentira que nos está llevando a perder todo lo que como nación, sociedad y seres humanos podemos lograr.

Si miramos a nuestra sociedad y reflexionamos un momento en lo difícil que muchas veces nos resulta como ciudadanos ser honestos y por consiguiente coherentes con nuestros actos y pensamientos, muchos llegaríamos a la conclusión de que la corrupción parece ser la única opción para sobrevivir y sobre todo para alcanzar lo que anhelamos: bienestar económico y un mejor nivel social, pues con trabajo arduo y esfuerzos nobles nunca llegaremos a obtenerlos, o tal vez tardemos mucho, mucho, mucho tiempo.

Irónicamente casi todos quieren ser políticos pues pareciera que son los únicos en este país que tienen la posibilidad de prosperar rápido y sin el mayor esfuerzo.

No es necesario un título universitario, ni tener una historia profesional que avale el trabajo; no se tiene un jefe que exija un horario a cumplir ni mucho menos a quien rendirle cuentas. Son libres de actuar y proceder, las leyes los protegen y pueden usarlas para obtener lo que deseen. Su sueldo no está en proporción a su capacidad ni mucho menos a lo que rindan, representan a un partido no a la sociedad. Y por último no olvidemos las buenas relaciones, tan necesarias para conseguir después de la carrera política un buen puesto que sostenga y mantenga el tren de vida adquirido hasta el final de sus días.

Algo que llama mi atención en las personas que alcanzan el poder en un puesto político o como funcionarios públicos, es la necesidad de rodearse de personas que les digan que sí a todo, sin importar si están cometiendo un error, o si van a fracasar en lo que emprendan, y esto me recuerda al cuento famoso del “traje del emperador”, en donde todos los que están a su alrededor le dicen que el traje le queda estupendamente, pero todos los ciudadanos estamos viendo que en realidad el emperador camina desnudo por las calles.

La mayoría de los políticos son personas que tienen la capacidad impresionante de negar la realidad y de desvirtuarla muchas veces a su total conveniencia, y aun así conservan la sangre fría de convencer a quienes los observamos día a día detenidamente de que no lo hacen queriendo presentar sus verdades como la total realidad.

En la democracia todos somos políticos, nadie puede excluirse, todos participamos del bien común de la sociedad: con nuestras actitudes, sueños y valores. Así mismo no podemos hablar todo el tiempo de que los políticos son corruptos y malos, pues lo son por que nosotros dejamos que lo sean, por que estamos fracasando al elegirlos y controlarlos, y por que nosotros como ciudadanos no somos al parecer una mejor alternativa frente a ellos, pues también somos corruptos y deshonestos.

Podemos concluir que ser buen político es bastante complicado ya que ser buena persona implica una ardua labor, que por naturaleza se vuelve exigencia, ante la cual muchos nos estamos volviendo sordos.

 

Por: Giovanna Bonnelly de Dipino

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