Encantador de Ilusiones

Por Manuel Hernández Villeta martes 14 de noviembre, 2017

Se habla de las instituciones dominicanas, pero la realidad es que en ese sentido somos un país neo-nato.  Las instituciones son tan frágiles  como si fueran un helado derretido por  el sol. La fuerza de la costumbre nos hace hablar de instituciones, pero en la praxis se tiene que reconocer la dura realidad.

Naufragan la mayoría de las instituciones en la inoperancia, en la corrupción, en la falta de decisión, en el desorden. Antes que buscar apuntalar a estructuras derrumbadas, lo que hay que pensar es en luchar para que nazcan nuevas, que resplandezca un nuevo sol.

Cualquiera de los segmentos públicos o privados que se puedan considerar como fuerzas institucionales están corroídos y al gran pueblo no le merecen confianza. Un país sin firmes columna está corriendo a pasos agigantados hacia el abismo.

Tiene que darse un alto en el comportamiento social, político, económico y humano de una mayoría de dominicanos. Es la filosofía del dejar hacer y el dejar pasar en su máxima expresión.  Hay que evitar que la tea de la discordia siga flameando.

Cuando a nadie le importa el tropezón social, se eleva el telón de que todo está perdido. La historia es recurrente en las fallas sociales que acercan a los países al abismo. Ahora mismo no soy pesimismo sino realista, estamos en el vórtice del huracán, estamos en medio de un mar tormentoso, navegando en una frágil yola.

Una parte importantísima de dominicanos ha perdido fe en el futuro nacional. Cree que no hay ahora mismo un presente placentero y llevadero. Los países se mueven por la fe y la esperanza en lo que vendrá en el día de mañana. Si ya cerramos la marcha por lo tenebroso del día de hoy, mañana el camino estará cerrado.

La democracia falla, porque no es un nombre, ni un título de periódico. Falla la democracia cuando no existe, cuando solo es materia para una discusión de café. La participación de todos los ciudadanos en la formación de su destino, es  la democracia. Donde hay exclusiones, allí florece la soberbia, pero no el respeto.

No hagamos comparaciones con etapas pasadas. Cada coyuntura tiene sus necesidades históricas. Cada circunstancia  tiene sus propios líderes y dirigentes. Sobrevivir en esta selva de sub-desarrollo es cada día más difícil. Nos cerca la miseria, el no creer que puede haber un mañana mejor, el tener las puertas cerradas  para conservar lo que no se tiene, pero resguardándose del miedo a ver el trillo a seguir.

Soy optimista sobre el camino que se hace dando pasos firmes, pero no puedo caer en la fantasía social. Si no se ven a las claras, sin lupa y al sol, los males que castran a la sociedad dominicana de hoy, levantaremos una muralla en la cual perecerán nuestros sueños y esperanzas.

Lo trágico es que cuando un país pierde la alegría de correr hacia su desarrollo, aparece el encantador de ilusiones prometiendo orden y tranquilidad, a cambio de la libertad. Nos pasó con Trujillo y en los doce años, pero no hemos aprendido la canción y un día un encantador de serpientes nos podría tocar a las puertas. ¡Ay!, se me acabó la tinta.

Comenta