¿En qué momento Juan Pablo Duarte juró la independencia de Haití?

Por Manuel Berges Hijo sábado 18 de marzo, 2017

¡Solo siendo dominicano, se siente lo que yo siento”

En ocasión del Museo de Cera que ha sido creado en la Casa de Duarte, el Instituto Duartiano, y ver que el excelente Museógrafo Juan G. Nuñez, señaló que la conceptualización del mismo está basada en demostrar el valor de la juventud porque la independencia del país fue llevada a cabo por jóvenes entre 19 y 26 años, quienes formaban La Trinitaria y comenzaron el gran proyecto de nación.

El museo también acoge los retratos o fotos de los Trinitarios tomados en al año 1838, año en que se fundó el movimiento patriótico La Trinitaria, para que los jóvenes dominicanos al verlas, puedan sentirse identificados y quieran emular a Duarte y mantener su Ideario, principalmente en el sentido de que nuestro país debe permanecer libre de toda potencia extranjera.

Se destaca en el Museo, el valor de la familia pues Duarte gestó en el seno familiar todos sus sueños de libertad, con el apoyo de sus padres y hermanos.

Al reunir estos hechos, surgió a mi mente, identificar para conocimiento general ese extraordinario momento en que el joven Juan Pablo Duarte tomó la firme decisión de liberar nuestro territorio del invasor haitiano.

Don Pedro Troncoso Sánchez, en su obra Episodios Duartianos, nos revela ese magno momento.

El padre de Duarte, el Señor Juan Jose Duarte y su madre Manuela Diez querían que Juan Pablo recibiese en España la ilustración que no podría recibir aquí, aprovechando que su amigo Don Pablo Pujols viajaría a esa urbe y estaría bajo su cuidado. Corría el año 1822 y Duarte tenía 19 años de edad. Gobernaba la parte oriental de la isla, el entonces Presidente vitalicio de Haití Jean Pierre Boyer. El viaje a España fue realizado en un bergantín español, vía Nueva York, Estados Unidos.

Al segundo día de su travesía, “Duarte observó que el Capitán salía de su cámara y cambiaba un saludo con su protector, que inmediatamente se convirtió en animada conversación. Dio unos pasos hacia ellos entre tímido y amistoso, llamando la atención del Capitán, quien lo midió de pies a cabeza con una mirada nada simpática. En su nueva posición pudo oír Juan Pablo cuanto conversaban los dos peninsulares. Hablaban del país que acababan de dejar y todavía tenían ante su vista. Se referían concretamente a la situación que padecían los dominicanos, sometidos al poder de Haití. El marino no la comprendía. Para él era inexplicable y bochornosa y Pablo Pujols trataba de hacérsela entender: el Estado independiente de Haití era mucho más poblado que Santo Domingo y heredaba la riqueza de la prospera colonia francesa que antes había sido, al tiempo que el formidable armamento dejado por la fracasada expedición enviada por Napoleón a la isla para someter a Toussaint Louverture a principios de siglo. El país dominicano, muy empobrecido durante la nueva era española iniciada en 1809 y después de haber quedado a su propia merced por haber querido ser independiente a fines de 1821, languidecía despoblado y arruinado, víctima de sus pasados infortunios, lo que aprovechó a principios de 1822, el astuto presidente de Haití Jean Pierre Boyer, para extender la soberanía haitiana a toda la isla.

Pero el navegante no lo convencía nada. No se conformaba con que una comunidad hispanoamericana aceptara el dominio impuestole por ese otro pueblo de diferente origen.

Notando el Capitán que el joven Duarte escuchaba con interés sus comentarios, se dirigió a él con hosquedad y le dijo: ¿No te da pena, muchacho, decir que eres haitiano?

Este inesperado ataque le crispó los nervios, causándole un profundo sentimiento de vergüenza. Le dolió que aquel hombre a quien debía respeto y obediencia fuera tan cruel con él, al tiempo que se sintió impotente para defenderse. Solo atinó a responderle: Yo soy dominicano.

¡Quia! Tú no tienes nombre, le repuso el despiadado marino. Ni tu ni tus compatriotas merecen tenerlo porque cobardes y serviles inclinan la cabeza bajo el yugo de antiguos esclavos.

Estas nuevas expresiones de inaudito menosprecio lo desesperaron y lo dejaron como petrificado, pero tuvieron la virtud de revelarle repentinamente como la luz cegadora de un rayo con una intensidad antes no experimentada, toda la increíble realidad de la desgracia que padecía su pueblo.

Juan Pablo no dejó de pensar en aquel terrible momento como objeción in mente, que la esclavitud era más deshonrosa para los esclavizadores que para los esclavizados, pero la gratuita e inesperada grosería del lobo de mar, en cuanto injuria a su país, le produjo una impronta en su alma que nunca más se borró y fue en lo adelante el incentivo de su vida. Su estado de ánimo le impidió articular palabra para responder nuevamente a su interlocutor y a poco bajo silencioso bajo a su camarote. Allí encerrado en sí mismo, y sintiendo que la sangre le golpeaba las sienes, Duarte formuló in pecto un grave juramento: Consagrar cuerpo y alma a rescatar a su país de la ignominia. Invocó a Dios, Uno y Trino y lo hizo testigo de su promesa. Después se serenó y durmió”.

Conocido ese momento, ocurrido hace 195 años, debemos preguntarnos jóvenes y viejos: ¿Cuál ha sido tu momento de haber jurado igual que Duarte por mantener libre y soberano nuestro sagrado territorio?

¿He aceptado de corazón, defender nuestro país de toda dominación extranjera?

¿Te has decidido en consagrar cuerpo y alma en rescatar nuestro amado país de la ignominia que representa la invasión pacifica e ilegal de nuestro territorio, por parte de los haitianos?

¿No te da vergüenza mal dominicano, mostrar a cambio de dinero, prebendas y privilegios, que eres pro-haitiano?

¿No te da vergüenza mal dominicano, entregarte a los poderosos de la Tierra y tratar de facilitar sus designios de fusión de la Isla?

Hoy, como la gran mayoría de nuestro amado país, tenemos esos principios Duartianos de defensa de la Patria, metidos en nuestros sesos, pues fuerzas oscuras internas y externas, nos amenazan con no solo fusionarnos con Haití, sino a que les mantengamos como si fueran dominicanos, con todas nuestras prerrogativas y derechos, incluyendo el derecho al voto y a formar parte de nuestras gloriosas Fuerzas Armadas.

Tenemos que sacudirnos de esa pesada carga anti-nacional. Ratifiquemos el patriota concepto: “No hay solución dominicana a los problemas haitianos”.

¡Dominicano, hoy, se necesita sangre tipo Duarte?

 

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