En memoria de un hombre honesto

Por Ernesto Jiménez Viernes 10 de Febrero, 2017

“Ningún legado es tan rico como la honestidad”. William Shakespeare

 

Dentro del panteón de hombres y mujeres que con sus acciones dignificaron esta tierra, ocupa un lugar muy especial el ilustre Ulises Francisco Espaillat. Este intelectual y político dominicano nació el 9 de febrero de 1823 en Santiago de los Caballeros. Desde muy joven dio muestras de una avidez proverbial por la lectura y el conocimiento, desarrollando a su vez, un fuerte sentido patriótico y revolucionario que le llevó a militar en los movimientos políticos más progresistas de la época.

 

Sus sólidos valores éticos y morales le llevaron a denunciar la corrupción que auspiciaba el presidente Buenaventura Báez, y junto a otras importantes figuras de la región del Cibao, creó un movimiento revolucionario que enfrentó y destituyó dicho gobernante. Más adelante, integrado al nuevo gobierno revolucionario, firma junto al presidente Valverde un decreto -sin precedentes en la historia nacional- que ordena la restitución al Estado de los bienes robados por el depuesto presidente Báez. Posteriormente, formó parte de la Asamblea Constituyente que en Moca proclamó la Constitución liberal y progresista de 1858.

 

Durante la anexión a España de 1861, Espaillat fue apresado por sus actividades contra el ejército invasor, y luego de su liberación, se integró al gobierno restaurador para seguir luchando contra las tropas españolas. Durante este período llegó a ser vicepresidente de la República en armas y máximo ideólogo de la pequeña burguesía liberal, la cual era en ese momento la clase social más avanzada de la Nación.

 

Después del triunfo de la restauración de la República, Ulises Francisco fue víctima de los terribles avatares de las luchas intestinas por el poder. Fue ferozmente perseguido y apresado durante los gobiernos de Buenaventura Báez, el cual, desde que retornó a la presidencia en 1868 se dedicó, casi exclusivamente, al ejercicio de dos perniciosas actividades: incrementar ilegalmente su patrimonio económico y aterrorizar a sus opositores. Afortunadamente, en 1874, este régimen degenerado y corrompido es derrocado.

 

Dos años después, en una extraña muestra de justicia histórica, el 29 de abril 1876, Ulises Francisco Espaillat es juramentado presidente de la República Dominicana. Tan pronto asumió el cargo se dedicó a defender los derechos ciudadanos y a garantizar la pulcritud en el manejo de los fondos públicos, mostrando en todo momento, un especial celo en preservar la libertad de expresión. Su gobierno fue, sin lugar a dudas, el más honrado y democrático del siglo XIX.

 

Lamentablemente, la ambición de los sectores dominantes, una vez más, prevaleció por sobre los intereses del pueblo, por lo que luego de tan solo cinco meses de gestión, aquel que fuera considerado por Eugenio María de Hostos como el hombre más digno en ocupar la presidencia, ante la enorme presión de los militares se vio conminado a abandonar el poder para evitar un baño de sangre.

 

Posteriormente a su salida de la presidencia, Espaillat confesó lo siguiente: “Yo creí de buena fe que lo que más aquejaba a la sociedad de mi país era la sed de justicia, y desde mi advenimiento al poder procuré ir apagando esa sed eminentemente moral y regeneradora. Pero otra sed aún más terrible la devora: la sed de oro”. Ese pensamiento demoledor revela la pureza del presidente y la avaricia fatal de las fuerzas que le defenestraron, y que de paso, cercenaron toda esperanza de avance democrático.

 

Ulises Francisco Espaillat finalizó sus días en su ciudad natal de Santiago, un 25 de abril de 1878. Su bondad, brillantez y dignidad le granjearon el respeto y la admiración de sus conciudadanos. Su honestidad y patriotismo al asumir como propia las más nobles causas nacionales lo ubican como un paradigma eterno del pueblo dominicano. ¡Loor a su memoria!