En el umbral de la presidencia de Trump: sus primeros 100 días

Por Víctor Manuel Peña martes 2 de mayo, 2017

El retropróximo 29 de abril de este año se cumplieron los primeros 100 días de la toma de posesión de Donald Trump como presidente de Estados Unidos.

Y de entrada hay que subrayar enfáticamente que ha sido una presidencia excepcional no por la brillantez de su mandato, sino porque ha colocado en una permanente situación de pavor, inseguridad, ansiedad y sobresaltos no solo a los inmigrantes, sino a toda la sociedad estadounidense, en particular, y al mundo en general.

Estados Unidos y el mundo cabalgan en el lomo de la incertidumbre total al estar frente a un presidente que subordina sus acciones y sus pasos a sus equivocadas percepciones y a sus sentimientos, colocándose, como el avestruz, de espaldas a la realidad, a la razón y al conocimiento, sobre todo, al conocimiento avanzado.

Es harto sabido que un país como Estados Unidos, única potencia global, no puede ser dirigido, ni administrado ni gerenciado por una presidencia de la república que se maneje a ras del conocimiento simple como son los meros sentimientos y percepciones en un contexto mundial en el que ya se está hablando de la hiperglobalización.

La ciencia y el conocimiento avanzado son claves para manejarse en el contexto de la globalización y de la hiperglobalización.

Una presidencia así, como la de Trump, está llamada a ser un fracaso total en la era de la globalización, de la revolución científico-tecnológica de la información y del conocimiento, centrada en el sector de las TIC y la innovación como núcleo fuerte y principal en su condición de activador de las transformaciones y cambios en el mundo actual.

Todo indica que la presidencia de Trump implica un ejercicio totalmente fallido cara a la sociedad estadounidense y el mundo.

Haber elegido a Trump como presidente de Estados Unidos fue un gigantesco error que le está saliendo muy caro a la sociedad estadounidense y al mundo.

Todos esos errores capitales de Trump en la presidencia de Estados Unidos indican que nunca ha establecido ninguna diferencia entre el candidato y el presidente, y que jamás es posible que un presidente cumpla, mecánica y automáticamente (por arte de magia), todo lo que prometió en campaña.

Que mientras un candidato tiene que prometer de todo para ganar las elecciones, si es necesario, un presidente, por el contrario, tiene, ante y sobre todo, el imperativo de gobernar, en nombre todos y para todos, para dirigir a buen puerto o a puerto seguro a la sociedad durante su mandato.

Trump nunca se ha detenido a pensar en eso, y ahora es que dice “que gobernar no es fácil”.

Y más aún, un presidente tiene que aspirar a manejarse como un estadista en todo y siempre.

Trump tiene el problema, además, de que todo ha querido hacerlo por decreto.

Así las cosas, Trump quiso desmontar, de golpe y porrazo, el programa de salud Obamacare y no fue posible porque el mismo Congreso estadounidense, controlado por el Partido Republicano, no le prestó los votos para ello. Trump no logró convencer a los mismos republicanos para lograr eso. Ni mucho menos contempló, dentro de su estrategia, ni siquiera reunirse con senadores y representantes del Partido Demócrata en el Congreso.

Sus decretos para impedir la entrada de inmigrantes provenientes de países árabes han sido bloqueados por la justicia estadounidense.

El tan cacareado muro que iba a construir a todo lo largo y ancho de la frontera con México también ha sido un fracaso, porque el mismo Congreso de Estados Unidos ha dicho que no va a consignar fondos en el presupuesto para ese asunto, en razón de que no está dispuesto a bloquear el accionar del gobierno de Estados Unidos.

De todas maneras Estados Unidos se ha convertido en un infierno para los inmigrantes indocumentados.

Ha fracasado estrepitosamente también en su intento de no entregar fondos a las llamadas ciudades-santuario, toda vez que un juez dispuso bloquear la ejecución de ese orden ejecutiva.

Y en otras cosas ha hecho todo lo contrario de lo que dijo que iba a hacer desde la presidencia de Estados Unidos. Dijo que no apoyaría acciones, escaladas, bombardeos o intervenciones militares ni el Medio Oriente ni en el mundo, y ya ha realizado dos grandes acciones militares: el bombardeo con misiles balísticos en Siria y acaba de tirar la madre de todas las bombas en Afganistán. En el primer caso “justificó” esa acción militar diciendo que era para sancionar al gobierno dictatorial de Bashar el-Asad por el uso de gas sarín contra los rebeldes. Y en el segundo caso arguyó que era para combatir a ISIS y destruir sus infraestructuras de guerra subterráneas en Afganistán.

Claro, estas acciones militares no planificadas las llevó a cabo para enfrentar situaciones internas, como el descalabro agigantado de su popularidad y buscar apoyos en sectores estratégicos, ante el fracaso estrepitoso de la mayoría de sus acciones o medidas de política pública mediante órdenes ejecutivas.

A propósito de este tema, Trump ha decidido aumentar el gasto de defensa, situación que en lo inmediato implica sacrificar áreas vitales dentro del presupuesto, y al mismo tiempo acaba de establecer una rebaja a los impuestos que pagan los ricos y las empresas, creándole con ello una situación fiscal embarazante a su país.

Se pasó la campaña criticando a la OTAN (NATO en inglés) y diciendo que de llegar a la presidencia propiciaría su desaparición o reorganización para que los gastos de mantenimiento de esa organización militar regional europea se distribuyan equitativamente entre las potencias de Europa y Estados Unidos. Y en la primera reunión que ha tenido como presidente de Estados Unidos con el directo de la OTAN se ha ido en elogios, y solo ha mantenido la idea de que hay que redistribuir mejor los gastos de defensa entre los países miembros.

Hay otro elemento que da cuenta de su gran ignorancia de la realidad mundial. Ha sostenido siempre la falsa idea que el calentamiento global es una invención de China y que, por consiguiente, la lucha contra el cambio climático es improcedente porque todo esto es el resultado de una ficción o de una fantasía. Y así ha estado contrariando y sepultando las políticas de Obama para enfrentar el calentamiento global y el cambio climático, al disponer, mediante una orden ejecutiva, que terrenos federales sean abiertos y explorados para extraer combustibles fósiles, haciendo pedazos el compromiso del Estado federal estadounidense de promover la producción de energías limpias.

Y en eso también ha estado yendo en contra de la ciencia y del conocimiento avanzado.

Para enfrentar las continuas amenazas de Corea del Norte, Trump se ha visto obligado a intensificar los contactos con China Continental para que disuada a su aliado del Sudeste asiático de continuar con esas insensatas y provocadoras amenazas, y hasta ha hablado de llegar a un acuerdo comercial con el gigante asiático en la línea de alcanzar determinados objetivos geopolíticos y geoestratégicos de Estados Unidos en la zona.

Ese solo hecho debería servirle de lección a Donald Trump para que entienda y comprenda, a partir de la fuerza atosigante de los hechos, de que los tratados comerciales con las naciones se negocian y se suscriben no solo persiguiendo objetivos estrictamente comerciales, sino que se persiguen objetivos de otros tipos como los geopolíticos y geoestratégicos, que eran los objetivos que perseguía Barack Obama con la firma del TPP.

No es nada aceptable ni memorable que un ciudadano vaya a la Casa Blanca a aprender o tratar de aprender, pero en el caso de Trump sus genes, su temperamento y su personalidad bloquean cualquier tipo de aprendizaje.

Por último, me quiero referir al inveterado y visceral odio, que es la expresión profunda de un resentimiento o trauma acumulado que Trump le tiene a los medios de comunicación y a los periodistas.

Es cierto que los medios de comunicación y los periodistas deben ejercer su esencial función de informar objetivamente, por lo que no deben permitir, sobre todo los medios de comunicación, que sus preferencias electorales bloqueen o anulen, distorsionen o corrompan, esa esencial y sacrosanta función y misión de informar objetivamente, porque esa es su gran responsabilidad histórica con la población, los ciudadanos y la sociedad toda.

Pero si los medios de comunicación y los periodistas se apartan de su función y misión principal por culpa de las preferencias electorales, un presidente de la república, sobre todo un estadista, no tiene por qué asumir con carácter permanente ese justificado o injustificado odio, ese justificado o injustificado resentimiento (trauma) frente a los periodistas y los medios de comunicación.

Porque por encima de ese odio o resentimiento visceral que pueda tener un presidente, sobre todo en Estados Unidos, está la Constitución que consagra, casi de manera religiosa, la libertad de expresión y difusión del pensamiento y la libertad de prensa, y que todo presidente jura respetar en su totalidad en el momento de la toma de posesión.

Pero, además, no es posible ejercer el poder del Estado en una democracia (o la presidencia en una democracia), y sobre todo en un potencia global como Estados Unidos, al margen de los medios de comunicación y de los periodistas, que es lo mismo que decir al margen de la vigencia plena de la libertad de expresión y difusión del pensamiento y de la libertad de prensa.

Pero los periodistas y los medios de comunicación están y estarán ahí, colocados por encima del odio o resentimiento visceral de Trump, para cumplir con su función y misión principal de informar objetivamente sobre todo cuanto acontece en la sociedad y en todo lo relativo al ejercicio del poder público.

Y finalmente apuntar que no es posible que un presidente haga lo que le dé su gana en una sociedad institucionalizada, violando la Constitución y las leyes, porque los demás poderes establecidos, el Congreso y la Judicatura, sirven de contrapeso para bloquear o neutralizar sus pretensiones y sus jugarretas, sus excesos y sus extravíos, y evitar así la ruptura del orden constitucional y democrático.

 

 

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