En Dominicana crece la ignorancia, como la hierba verde silvestre. ¡Innegable!

Por Rolando Fernández sábado 29 de agosto, 2020

¡Qué lástima tener que decir eso!; pero, es una gran verdad. Creer que no, sería autoengañarse. Y negarlo ante los demás, una gran tozudez

Vale transcribir aquí: “Ignorancia (del latín ignorantĭa) es la falta de conocimientos en particular o de cultura en general. La persona que ignora algo no lo conoce o no lo comprende”.  “La ignorancia sólo se combate con educación”. Fuente: red de la Internet. ¡Ay de eso último en este país!

En una ocasión, un destacado literato y político del patio se refirió a esa temática, y asociándole con el país, dijo: “Si la ignorancia alimentara, la República Dominicana, fuera uno de los países, cuya población tendría siempre, muy bajos niveles de deficiencia nutricional”. Fueron más o menos esas sus palabras, según las recordamos, con un claro sentido de interpretación para cualquier entendedor medio.

Y eso, fueron aquellas expresiones, evidentemente, cuando la sociedad dominicana aún no estaba tan robotizada, como hoy pasa; ni, adherida casi por completo, a determinados patrones culturales extranjeros, incidentes de forma negativa en la idiosincrasia propia de los nacionales nuestros. Tampoco, menos degenerada, en términos morales, tal en el presente ocurre.

Eran momentos en que, dentro de las grandes preocupaciones de un segmento importante de la juventud local estaba el procurar el hábito de la buena lectura, (ahora no se lee ni periódicos); y, el alcanzar los saberes imprescindibles para la buena convivencia, como la salubridad requerida.

También, el procurar la concienciación debida, a través del conocimiento y análisis de los hechos históricos mundiales más importantes. Claro, había también sus limitaciones. No se contaba para la época, con la globalización informativa, ni las facilidades tecnológicas de que hoy se dispone.

Uno se preguntaría entonces, cuál sería el parecer presente de ese gran hombre público, no solo en el ámbito nuestro, sino en el exterior por igual, ante este conjunto de indoctos y analfabetos exhibicionistas actuales, con los que hay que lidiar ahora casi por obligación, (jóvenes, viejos, profesionales mediocres, y letrados a medias), en ánimo  de aparentar bienestar solamente, a pesar de las tantas fuentes digitales, y bibliográficas escritas, libros, edificantes, que se tienen en estos tiempos, y que no se aprovechan.

Es gente solo pantalla en su mayoría; que, sin un celular en las manos, o una de las llamadas tabletas al último guay de la moda, que a veces ni sabe cómo usarlos, tiene esos dispositivos, tales sus principales herramientas para el accionar. Y, sin ellos, se considera no ser nadie; se siente vacía.

Que está siempre hablando y leyendo disparates; digitando mensajes entre personas, que, amén de los conocimientos individualizados perseguidos, se pueden difundir ampliamente, usando las distorsionadas y relajadas redes sociales, si es que se quiere.

Cuánta razón tenía aquel viejo zorro de la política local, al hacer dichos pronunciamientos. Es evidente que, esa condición ciudadana, de “ignaros por excelencia”, ha venido in crescendo desde entonces; y, obvio que, por tal razón, los tuertos aquí   vienen jugando a la clara con esta sociedad de ciegos visuales y mentales, desde hace décadas; que la pueden embaucar con cualquier cosa, teniéndole siempre a su favor.

La ignorancia se pone de manifiesto en diferentes formas, y una de ellas es la adicción a los comportamientos impropios por parte de las personas; en las actitudes irracionales en las que se incurre, por mera ostentación social, o copismos osados de lo extranjero. También, la exposición de pareceres, y defensas tozudas de esos, a pesar de la carencia de sustentación alguna que tales revistan.

Una mera observación comprobatoria, permite percatarse hoy respecto del primer indicador señalado en torno a la cruda realidad nacional de que se trata – las adicciones de moda en ese orden – que, indiscutiblemente, se han convertido en una especie de “pandemia ignorantil” entre los dominicanos. ¡Qué lástima!

Ese mal generalizado (ignorancia extrema), es algo que campea por su fuero aquí; que de ordinario está presente en muchos de los accionares y pensares de nuestra gente, con rarísimas excepciones. Se disimula en ocasiones, aunque siempre puede apreciarse con facilidad.

En correspondencia con ese parecer último, el acudir a cualesquiera de los lugares en que se reúnen personas en este país, permite darse cuenta; principalmente, por los conversatorios individualizados que se escuchan, entre miembros de los grupos que allí se forman; y, la adicción alarmante por otro lado a los teléfonos móviles, como el estar atentos siempre, con muy pocas las veces observables, a las pantallas de esos aparatos, hablando y digitando los actuantes, asuntos, o mensajes de muy poca importancia, en la mayoría de los casos. Vale decir que, cuestiones de trascendencia, difícilmente se aborden por esa vía.

El aislarse de las formaciones grupales totalmente, y proceder como si les fueran ajenas las mismas, es una práctica que se ha convertido ya en consuetudinaria, podría decirse. Se está ahí solo ocupando un espacio físico, y en ocasiones, hasta molestando, con los altos hablares.

Tal situación se verifica incluso, a nivel de los entornos familiares más cercanos, cuando se intenta compartir con los miembros dentro de las tribus sanguíneas creadas, o de la que nada más se forme parte; en reuniones sociales, y demás actos.

Ay, cuando sueña de repente uno de esos aparatos, con tonos estridentes, y sonidos reguetoneros, la mayoría de los portadores lucen sentirse prestigiados e importantes, porque les están llamando.  Así lo manifiestan ante los presentes, doquiera que se esté.

Ahora, al reparase sobre algunos fragmentos de    las conversaciones que se llevan a cabo, y que se escapan inadvertidamente en ocasiones, uno se puede dar cuenta de las sandeces sobre las que tratan mucho por ahí; qué no son nada importante los intercambios verbales que se hacen de esa forma; que todo es producto de los esnobismos, y el querer aparentar condiciones sociales diversas, algo que por lo regular, desnuda de cuerpo entero a las personas envueltas.

¡Cuánta ignorancia, mamacita!; falta de formación real y de aprendizajes vivenciales sólidos, condiciones humanas muy negativas, que por lo regular promueven los pensares impropios y los comportamientos inadecuados de muchos individuos hoy.

Finalmente, cabe destacar antes de concluir, aunque este trabajo se torne un poco largo, y como complemento, que el espejo más amplio y significativo a la vez entre nosotros, para advertir el alto grado de ignorancia que caracteriza hoy a los dominicanos, con muy pocas excepciones, y más notorio a nivel de las nuevas generaciones, obviamente, es la pantalla chica – la televisión local -, “cantera” en estos tiempos de degeneraciones inmensas, comportamientos impropios observables, promociones sexuales, novelas mal logradas, politiquerías, lambonerismos, y mercadeos en grado sumo.

Las realizaciones basuras que se presentan allí, entre algunas de calidad, contadas, y la capacidad de aceptación que se tiene, respecto de las cuestionables, aunque con las repulsas obvias de algunos televidentes que, por no disponer de otro tipo de distracción hogareña, se ven llamados a conformarse, y quizás hasta obligados, no sería osado decir, a sentarse frente al cuestionado aparato. son aspectos que bien reflejan el mal abordado.

Y que, a la vez, permiten formarse un juicio valedero en tal sentido; como, al mismo tiempo, catalogar ese medio, tal un gran espejo alienador hacia las satisfacciones personales a medias; y, con el que la gente tenga que conformarse viendo lo que sea.  Además, qué se aprecie la televisión nacional, como un amplio difusor de mediocridades innúmeras en adición, a nadie debe extrañarle.

Máxime, se hacen más sólidas, y creíbles por supuesto, esa apreciación, y las calificaciones señaladas, cuando provienen de cualquier ciudadano con cierta formación académico-profesional que se incline por hacerlo – ver televisión local -. buscando alguna forma de entretención casera, o documentarse sobre determinados tópicos de interés nacional.

Obvio que, de inmediato asoma en ese, un mayúsculo desagrado, ante la falta de calidad, y ética, que reviste la gran mayoría de las cosas que se observan y son escuchadas allí, que a veces rondan lo depravado, e indecente; cuando no, lo canson, a todas luces. ¡Penoso eso, verdad!

Que claro, bien pueden aquellas ser reprobadas, y denunciadas, como actuaciones televisadas muy impropias en las que se incurre de ordinario. Pero, aquí nadie hace caso a ese tipo de cosas. Lamentablemente, ya doña Zaida Ginebra viuda Lovatón no existe; como tampoco, nadie que procure emularle se tiene.

Lo que puede ser visto y aquilatado en esa amplia fuente difusora aquí – televisión -, francamente puede catalogarse como deprimente. Cuántas malas producciones; “enlatados repletos de vacuidades”; y, gente sin las capacidades requeridas, como amorales por demás algunos, dentro de un medio con tanta cobertura a todos los niveles

Personajes de la pantalla chica aquí se observan entonces, que procuran destacarse como los mejores en artes y demás; incluidos, los seudo comunicadores que pululan en ese ámbito, y los analistas de “pa’ cotillas”, autoapreciados como todólogos, que ni siquiera saben expresarse bien frente a los que escuchan sus chácharas repetitivas, y hasta burlescas en ocasiones, como loadoras de hombres y mujeres en ciertos casos, que poco merecen alabanza alguna

Qué, mucho menos pueden algunos de tales parlantes públicos, concluir adecuadamente, después de ratos hablando, con respecto a ciertas temáticas que abordan, y que, en realidad, poco dominan. Hasta ahí pueden llegar varios de esos indoctos osados comunicadores, o simples comentaristas enganchados al periodismo., que se gasta la televisión local nuestra.

Claro, hay un refrán popular muy certero que dice: “Cuando el hambre da calor, la batata es un refresco”. Por eso, tantas figuras aquí, descalificadas, haciendo uso de la televisión y sus micrófonos, en ejercicios diferentes, logran mantenerse vigente, y atraer cierto público espectador.   ¡No hay más nada que ver; solo queda aceptar!

Al mismo tiempo, se encargan esas de evidenciar, una gran parte del cocktail que, en términos de ignorancias alarmantes, caracteriza al grueso de la sociedad en Dominicana.

Retornando, sobre lo primero expuesto aquí, es obvio que, aquel hombre público nuestro, encontrándose añado ya, se refirió a ese particular, como una forma más, para que siempre se le recordara en este país, al momento de repararse en las aptitudes y los procederes cuestionables ordinarios de muchos ciudadanos de esta nación, sin importar el paso de los años, ni los matices modernos de las épocas.

La condición aludida entonces, se ha mantenido; y, es obvio que, en vez de disminuir, como era de esperarse, por cuánto de material formativo se ha ido disponiendo en lo adelante; y, de los mismos hechos vivenciales concretos, sociales y políticos acaecidos en esta nación, que mucho deben enseñar también a la gente, lo que se reporta fehacientemente es, ¡qué la misma ha ido in crescendo cada vez más! Eso dice con claridad, ¡qué esa, como la hierba verde silvestre, es muy difícil de secar aquí!

¡Ignorancia hasta por los codos se tiene en Dominicana! Se evidencia con fuerza; pero, lamentablemente, no se trata de combatir.

 

Autor: Rolando Fernández

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