“El Trapecismo Político Dominicano” 

Por Manuel Cruz domingo 14 de junio, 2020

Desde el mismo instante en que el hombre dejó de ser nómada para convertirse en sedentario, paradójicamente viene mostrando una proclividad hacia la búsqueda de todo lo que le genere placer, beneficios y estatus socioeconómico en constante movimientos y cambios. Por eso, si hacemos una retrospectiva observaremos que; desde los sumerios, babilonios, egipcios, indios y la antigua China el hombre en política fue, es y siempre será un individuo voluble instintivamente aferrado a la concreción de sus intereses por encima hasta del propio reflejo de su espejo.

El Trapecismo Histórico

El trapecista como sujeto gramatical de la política de baja estofa, siempre ha terminado construyendo en su carrera predicados displicentes y proyectando escenarios de desconfianzas y peligros para quien apoyaba, para quien apoya en el presente y para quienes apoyará en el futuro. En ese sentido, el caso más emblemático de la historia es del antiguo pompeyano Marco Junio Bruto quien después de haber brincado de la parcela de los optimates para ser nombrado como gobernador de la Galia; terminó traicionando y matando al mismo que le había perdonado la vida y beneficiado el gran Julio César.

Asimismo, a pesar de la brillantez y la genialidad axiomática de la obra más representativa del poder “El Príncipe” a muchos por desconocimiento o voluntad, se les olvida que su legendario autor Nicolás Maquiavelo en el mismo exordio de la obra describe un trapecismo edulcorado bajo la grandilocuencia de sus letras propias de un intelectual de su estirpe. En virtud de ello, dicha obra fue escrita para los mismos que lo habían apresado acusado de conspirador. De igual forma, nadie puede negar que el padre de la escuela del trapecismo moderno es el genio tenebroso Joseph Fouché quien en la tarde podía ser un conservador recalcitrante y, esa misma noche convertirse en un furibundo liberal.

Trapecismo Dominicano

El trapecismo como desgracia de la praxis política llegó a República Dominicana el mismo 27 de febrero de 1844, pues varios de los que habían luchado junto a Duarte por el ideal independentista esa misma noche se abrazaron a las mieles del poder y le juraron amor eterno al dictador Pedro Santana. Más adelante, antiguos fieles de Gregorio Luperón comenzaron a inyectarles intravenosos de lealtades y exaltaciones a Ulises Heureaux. Otros muchos más descarados, aprovecharon el terror implantado por Trujillo para justificar sus adhesiones bajo la retórica del miedo a perder la vida. Y, lo propio hicieron otros que después de enfrentar por años al funesto Balaguer terminaron llamándolo padre de la democracia.

Dentro de ese contexto, en la política dominicana el trapecismo se ha convertido en un deporte nacional y en una actividad propia del día a día. Sin embargo, lo más bufonizo es escuchar a individuos que nunca han leído siquiera la biblia decirte que la misma dialéctica de la vida o la perdida de principios partidarios imponen esos cambios. Evidentemente, parten de la premisa de querer escudar sus putrefacciones políticas. Si seguimos así, tendremos que dejar de impartir ciencias políticas en las universidades y dar ciencias del trapecista o celebrar cada año el torneo nacional del brinco político.                                               

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