El transfuguismo como “estafa política”

Por Francisco S. Cruz

Ahora que está sobre el tapete realizar algunas reformas es de pertinencia que se modifiquen la actuales legislaciones que rigen  la actividad política -ley 33-18 y 15-19, sobre Partidos Políticos y Régimen Electoral-, pues no es ético ni de respeto ciudadano que alguien se postule por un partido y una vez logre ser elegido -representando unas determinadas siglas- los votantes sean testigos de cómo alegremente o bajo cualquier subterfugio -nada doctrinario-ideológico- se pase a otro, en mudanza o transfuguismo, sin ton ni son.

Esa “práctica” política -que no es nueva- y su aliento deben llamar la atención de la ciudadanía y de los partidos políticos pues expresa el poco respeto que se le tiene a la voluntad libérrima expresada en las urnas a favor de una determinada organización política, agrupación o movimiento ya que nadie se postula por su cuenta o nombre sino bajo la sombrilla de unas siglas.

De modo, que se hace imperativo legislar para que los puestos a los poderes públicos, vía elección popular, pertenezcan a las instituciones políticas; de tal manera que, si alguien quiere cambiar de partido, una vez alcanzada una posición de elección legislativa-municipal, no puedas hacer mudanza o maroma política llevándose la posición y, de paso, burlarse del partido que lo postuló y de los ciudadanos que marcaron la casilla de su otrora partido.

Legislar al respecto contribuiría mucho al adecentamiento de la actividad política, ejercicio de los poderes públicos y se estaría fomentado institucionalidad democrática, puesto que cuando se tolera y se permite el transfuguismo estamos premiando deslealtad ciudadana y partidaria, pues lo correcto es que, si alguien ya no comulga con los principios o postulados de un determinado partido político, debería renunciar antes de ser postulado pues no es verdad que nadie descubre, de golpe y porrazo, que su partido “abandonó sus principios fundacionales”. Por supuesto, excusa-cliché barata que, en el fondo, esconde una “estafa política” como la han tipificado, con certeza, algunos tratadistas.

Finalmente, el transfuguismo es eso: una “estafa política” cuestionable -y más si se realiza, como estamos viendo, para ejercer una representación legislativa o municipal a nombre de un “partido” que no la ganó-. Sin embargo, con el anuncio de reformas, se nos presenta una maravillosa oportunidad para sancionar, ejemplarmente, esa “estafa política” y otros entuertos.

Y no es que nadie esté obligado a militar en un determinado partido político; pero, al menos, tampoco debería usarlo para mudanza o aumentar la representación parlamentaria o municipal de una entidad política que nadie o pocos votaron. Así no se puede hablar de democracia ni de “principios fundacionales”. ¡Vamos a respetarnos!

 

Por  Francisco S. Cruz

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