El suicidio de los delfines

Por Luis Cordova miércoles 4 de septiembre, 2019

En las tiras cómicas de los diarios dominicanos de los años 70 y 80 aparecía con frecuencia el concepto “la fauna política”, lo cual en una partidocracia fundamentada sobre lo prominente de la cola de los gallos (bolos o coludos), no fue de extrañar las referencias sobre bueyes, leones, tigres y los nunca bien ponderados felinos domésticos.

Entre el vaivén de los temas, el perpetuo pendular de nuestros intereses teóricos, en ocasiones nos suspendemos, como ha sido el caso, en la zoología, la conducta que se documenta con carácter científico en la televisión internacional y muy en especial los videos que se hacen populares en las redes sociales con actitudes tan parecidas a las de humanos que nos arrojan memorables instantes.

Pero, nos resulta imposible detenernos allí, se desliza el péndulo y nos asalta desde el librero la imagen usada por Immanuel Kant quien, para caracterizar la conducta adecuada de los políticos, le atribuye el deber tener “la astucia de las serpientes” y “la veracidad de las palomas”. Como cita el peruano Miguel Giusti “el retrato zoológico de Kant expresa una lectura arquetípica de la conducta humana en los asuntos políticos, que puede iluminar el problema que la metáfora pretende ilustrar”.

Este contexto se aplica más bien a la “zoología política”, aperturada precisamente por el filósofo prusiano de la Ilustración, pero créanme que ese no es el tema de esta entrega. Regresemos a la conducta de los cetáceos. Los delfines junto al hombre son los únicos animales con capacidad de quitarse la vida de forma consciente. Estos se pueden suicidar en el medio natural individualmente o en grupo. También es una práctica que se da mucho en cautiverio debido al estrés y la depresión que les provoca ser consciente de su estado, acaso de su destino, produce una condición psicológica llamada zoosis.

Aunque no se conocen las causas exactas por las que, dejando de respirar se provocan la muerte, existe una gran documentación sobre casos. En especial dos, me llaman la atención. En el año 1965, Margaret Howe Lovatt, se dedicó a enseñarle varias palabras en inglés al delfín Peter. Al quedar sin fondos la investigación, Peter fue trasladado a un minúsculo tanque donde apenas podía moverse y al poco tiempo se deprimió. Lovatt asegura que un día se suicidó negándose a respirar. La BBC exploró esta posibilidad en el documental llamado “La mujer que hablaba a los delfines’’.

Un segundo y más cercano es el caso de Flipper. Entrenados por Robert Corbin y Rick O’Barry, el desarrollo de una serie parecía transcurrir con normalidad. Sin embargo de acuerdo a Rick O’Barry, Flipper comenzó a cambiar su actitud. De ser un delfín alegre poco a poco se mostró más pasivo. Flipper murió en cautiverio y su entrenador lo presenció, murió en sus brazos, allí se dio cuenta de que todo el proceso de captura y adiestramiento de delfines era injusto, lo cual está en el desgarrador documental “Detrás de la sonrisa del delfín”.

Los delfines, al igual que los humanos y las ballenas, respiran de manera consciente. Lo que hizo el ejemplar fue hundirse en el fondo del estanque en donde se encontraba y se negó a respirar nuevamente. Escaba así de las exigencias de un espectáculo que lo relegaba a un segundo plano ante una nueva atracción, otro un recién llegado delfín.

Algunas notas resultan interesantes por lo similares a otras del mundo extramarino, se da en que los delfines libres que se relaciona con problemas de contaminación, enferman y van a morir a la costa; o directamente cuando sufren alguna enfermedad deciden varar antes que seguir sufriendo. Otra causa es que se desorientan: debido al ruido de los grandes barcos que bloquean las ondas que emiten para guiarse.

Los delfines son animales sociales e inteligentes y todas estas tensiones pueden estresarlos o enfermarlos tanto que deciden quitarse la vida. Al ser animales comunitarios a veces se dan casos de suicidios en masa, aunque individualmente sea una excepción.

Los delfines nos enseñan mucho de la vida, nos invitan a no detenernos solo en el espectáculo y a convencernos que, al igual que en la política, hay mucho más detrás de la sonrisa.

Por Luis Córdova

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