El sistema educativo nos necesita (1 de 2 )

Por Kimberly Taveras

Esta pandemia nos tiene ya más de un año viviendo nuevos procesos de adaptación, los cuales en muchas circunstancias pueden ser ligeros o muy difíciles, pues los humanos nos alimentamos de ritos y costumbres, transformando nuestro arraigo en «normalidad». Entonces, lo «nuevo», a pesar de que es asociado a lo bueno, genera desconfianza e inseguridad, como es el anuncio de que los niños estarán de regreso en aulas. Algo que, aunque debería ser «normal» para todos los que participamos en el sistema, la COVID-19 lo ha transformado en un problema.

Para la publicación de este artículo, seguro ya contamos con un plan elaborado por el Ministerio de Educación: políticos, maestros, padres, debaten en los medios de comunicación si al sistema educativo deberían regresarle su «normalidad» (la presencialidad), y de ser afirmativo, ¿cómo?

Como fundadora de un colegio y estudiosa de los métodos educativos, con clara visión de las realidades sociales de nuestro país, sé la importancia de la presencialidad para el aprendizaje. Los niños la necesitan para tener una buena comprensión de lo que se explica. También sabemos de las luces del soporte digital, pero en un país con una importante brecha digital, estos soportes condenan a nuestros niños a ser autodidactas. Muestra de ello son las desesperantes, y muchas veces jocosas, notas de voz que se viralizan en las redes, de madres que dicen de diversas maneras no poder ayudar a sus hijos con las tareas. Con esto último resalto la otra cara de la no presencialidad y que quizás es la razón por la cual estamos hoy debatiendo el regreso a clases.

La COVID-19 ha significado un desafío social. Como padres, nos resultaba ilógico exponer a nuestros hijos ante una situación con niveles de peligros desconocidos, como lo significaba enviarlos a las aulas. Por eso, exigimos al Estado que elaborara un plan de clases que modificara esa normalidad, permitiéndonos proteger a nuestros pequeños (y de paso, a nosotros mismos) de la nueva amenaza. Pero eso nos enfrentó a situaciones que en nuestra antigua normalidad no teníamos que lidiar: deficiencia en conexión a internet, falta de energía eléctrica y otros temas que resultaban barreras para este proceso. Todo esto triplicado en dificultad y desesperanza, si no ponemos en los zapatos de los hogares donde las carencias materiales y no materiales son mayores, zonas donde incluso en la presencialidad, estudiar es un camino de yerba alta para nuestros niños, de manera especial en esos hogares cuya jefatura descansa en una figura femenina, donde no queda más que esperar que los niños que quedaban solo o al cuidado de personas con menores competencias, pudiesen asimilar esas clases, cuando esta tiene que irse a trabajar dejándolos en un ambiente «seguro».

Al margen de cómo las clases no presenciales han aumentado la brecha de calidad entre los planteles públicos y los privados, debido al efecto de la brecha digital, que de alguna manera trató de enfrentar el Gobierno, me resulta también importante resaltar los datos que demuestran por qué el regreso a clases puede representar un reto mayor para un sistema educativo, que a pesar de que han pasado siete años desde la firma del gran pacto de la educación, continua siendo tan débil como el primer día.

En ese sentido me llega a la mente un informe presentado en septiembre del 2019 por la Asociación Dominicana de Profesores (ADP), donde se presentaban datos interesantes sobre el sistema de educación pública, o lo que el Diario Libre llamó «La ADP desnuda las miserias de la educación pública».

Según la ADP, solo 2 de 10 planteles educativos recibe agua corriente diariamente, pues la norma es que estos reciban agua solo 2 de los 5 días de clases a la semana. Más de la mitad de estos planteles tiene falta recurrente de productos de higiene personal en sus baños, esto cuando los tienen, pues 33 % presentan menos baños de los que demanda su población, o funcionan deficientemente. El 67 % de las escuelas no cuenta con espacios adecuados para el desayuno y el almuerzo escolar, el 80 % ni siquiera cuenta con laboratorios de ciencia y el 28 % no tiene cancha deportiva (¿dónde tomarán el recreo con el distanciamiento recomendado?).

Hablando de espacios, 2 de cada 10 escuelas que funcionan bajo el regimen de tanda extendida, mantiene una cantidad de estudiantes que sobrepasa lo recomendado, y esto se incrementa a 3 cuando se mira a los que operan en jornada regualar. Si nos vamos a las aulas, el 48 % no tiene abanico y 14 % de sus horas lectivas no cuentan con electricidad, lo que dificultad que funcionen la tan necesaria circulación de aire generada por los extractores. Cuando nos referimos a los profesores que son los vulnerables en las aulas (el virus ha tocado de peor manera a los mayores), la escasez de profesores, según la ADP, para ese momento rondaba los 1847 profesores, dificultando la alternabilidad.

Estas dos caras que de manera resumida me he interesado en exponer aquí, son vitales para la toma de decisiones que haga nuestro nuevo Gobierno, porque de eso se tratan las políticas públicas, de beneficiarnos como ciudadanos, pero también de ejecutarse con eficiencia para que indirectamente no perjudiquen a ningún grupo. Pero sobre todo, las políticas públicas se tratan de convertir la inversión de largo o mediano plazo en bienestar y desarrollo, esto es lo que no debemos dejar de lado.

Quizás podríamos ver esta coyuntura como una forma de poder llevar a cabo el plan real que genere el cambio que requiere nuestro sistema educativo para que mañana, no importan las circunstancias, todos nuestros niños y adolescentes tengan garantizada la educación virtual o presencial. A fin de que seamos ese país que aboga por jóvenes y adultos educados, con los estándares que de faltarles saldrían a buscar en otros países (fuga de cerebros). No obstante, este es un proceso sin prisa, sabiendo que aquello que nos costó como sociedad, con la educación virtual tuvo como fruto un nuevo sistema educativo que nos necesita a todos, pero que también puede darnos cuantiosos retornos.

Es pues así que surgen dos preguntas finales: primero, ¿estamos listos para empezar de prisa con el regreso a las aulas? Puede ser que sí, una gran parte de los países lo han hecho y en nuestro país vemos una alta disponibilidad para que así sea. De esa respuesta nace la segunda pregunta, ¿no estaríamos desaprovechando la oportunidad de elaborar el plan de políticas necesarias y contundentes para erradicar las deficiencias que, con o sin pandemia, venimos arrastrando en nuestro sistema educativo? Como dice el escritor uruguayo Mario Benedetti: «quizás la vida nos esté dando una tregua, que sería de nosotros de no aprovecharla».

 

Kimberly Taveras 

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