El profesor y su resquicio moral

Por Francisco Cruz Pascual

Según el diccionario español -en una de sus acepciones- el concepto resquicio es definido como una “coyuntura u ocasión que se proporciona para un fin”. Según esa misma fuente, la moral es una “disciplina filosófica que estudia el comportamiento humano en cuanto al bien y el mal. Se trata de ese “conjunto de costumbres y normas que se consideran buenas para dirigir o juzgar el comportamiento de las personas en una comunidad”. Entonces, el resquicio moral del profesor puede ser definido como una coyuntura histórica, social, cultural y económica, que le concede un espacio para construir su impronta e ir edificando su legado sociohistórico, en cuanto a su propio comportamiento y el de sus alumnos. El profesor es el mentor de los alumnos sobre los que trabaja, para convertirles en mejores seres humanos, productivos y comprometidos, con criterios de responsabilidad ante sus iguales, su familia y el conglomerado social en donde se desarrolla como ente de valor ciudadano.

El oficio de profesor de escuela no es para nada fácil ni confortable, desde el punto de vista del sacrificio individual del docente, frente a las incomprensiones e impertinencias de un alumnado complejo en conductas e intereses intrínsecos. Mucha gente cree que el oficio docente es algo simple, por eso elige ser docente, atraído por una serie de beneficios que pueden proveerles una mejor vida, olvidándose del compromiso social de la carrera docente y de su ideal de sacerdocio, en cuanto a entrega abnegada, cargada de comprensión, de paciencia, de colaboración, de solidaridad y de ternura. Ese ideal sacerdotal que se da por entero con abnegación, comprensión y esa paciencia que se necesita para colaborar y ser solidario de una manera que esboce ternura hacia alguien que no está consciente de sus necesidades, que muchas veces menosprecia la función del profesor. Ese profesor es el que necesita la escuela, portador por excelencia de compasión y tolerancia.

Aunque no estén consciente de ello, ese es el tipo de profesor que necesitan los padres de familia para hacer el trabajo de transformación de un conjunto de personas llenas de egoísmos, malacrianza y llenos de incomprensión de la época que les ha tacado vivir. Creo que la mayoría de los alumnos de hoy son medalaganarios, haraganes, perezosos y engreídos. Pero, eso no es todo, porque muchos carecen de familias formadas bajo criterios de respeto y reconocimiento sobre la escuela. Desde esa realidad, el problema se agrava porque hay que trabajar también con la familia y cargar con todos sus prejuicios y comodidades amesetadas.

Desde las universidades debe trabajarse para que sus escuelas de educación armen al egresado con herramientas eficaces para derrotar la frivolidad y la hipocresía, como una forma de vacunarles como futuros intelectuales del sistema educativo, para que no prediquen en sus argumentos lo que ellos no viven ni pretenden vivir. Es una verdadera urgencia de nuestro tiempo, que la pedagogía trabaje la responsabilidad social, el compromiso ciudadano y la humildad, como herramientas para fortalecer la cultura de la introspección. El oficio docente debe ser trabajado desde una óptica intelectual, capaz de no permitir que el mercado le arrebate la oportunidad de formar a sus alumnos en las aristas de la cultura nacional, regional y global.

Todo lo anterior, para rescatar el orgullo de ser profesor, retomar el discurso moral, como una estrategia de cambio e innovación apegada a las tradiciones, comportamientos y costumbres que nos hacen diferentes y admirados a la vez. Por ello, hay que trabajar en el rescate de la identidad y trabajar el carácter de los alumnos, como una forma de consolidar lo que somos y debemos ser en el futuro. Debemos trabajar juntos para desterrar la idea de que todo es igual, lo verdadero y lo falso, lo bello y lo feo, porque no es verdad. Como tampoco es verdad, que el alumno y el profesor son iguales, porque el profesor es el paradigma en la construcción de conocimiento, por lo tanto, el alumno no debe tener el mismo valor que el profesor. Tenemos que volver al escenario en donde el respeto del profesor era necesario, para de esa forma arribar al rescate de su valor social. Todo esto, sin reconocer la profilaxis que debe hacerse de quienes no merezcan ser profesores. Debemos regresar a la soberanía del profesor que sabe quiénes tienen las mejores notas y quiénes tienen las peores, sin que aparezca una familia denigrando al docente y a la escuela. Para que esto se logre, debemos trabar normas en equidad, para no traumatizar al estudiantado con méritos de promoción.

El relativismo colocó al mundo patas arriba y eso les ha convenido a unos pocos que parecen muchos a través de las TIC. Son unos cuantos que buscan asustar y alejarnos del propósito esencial de la escuela: enseñar ser persona; enseñar a comprender el mundo que nos rodea; enseñar a pensar en forma critica; enseñar los caminos de la trascendencia del hacer, del convivir con los demás como parte de un equipo y enseñar a amar a todo lo que existe y nos acompaña en el hábitat del cosmos.

POR FRANCISCO CRUZ PASCUAL

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