El poeta Miguel Hernández, en el 75 aniversario de su muerte

Por Elvis Valoy Martes 28 de Marzo, 2017

Ni sus ojos se cerraron cuando lo fue a buscar la parca aquella mañana del 28 de marzo del 1942. Solo cinco personas asistieron a su funeral, y ni su padre, que nunca le perdonó el oficio de poeta, se contaba entre los presentes. La vida de Miguel Hernández fue de literatura y sacrificio por un mundo mejor.

La fecha es ineludible, pues este martes se conmemora el septuagésimo quinto aniversario de la muerte de este artista de la palabra y ciudadano de la humanidad, el cual sin lugar a dudas es uno de los más grandes escritores de habla hispana.

Ejemplo de superación personal, Miguel Hernández fue en su niñez y adolescencia pastor de cabras, y devoto de la fe católica, ensimismándose en las lecturas y en el arte de escribir.

Su padre lo inscribió en la escuela, y luego lo retiró, buscando condenarle al analfabetismo, a lo que Hernández se negó, convirtiéndose en autodidacta, e iniciándose en la difícil labor de la literatura.

Con el correr del tiempo Miguel Hernández se radicalizaría en sus ideas, y cuando estalló la Guerra Civil española, el joven toma parte activa a favor del retorno de la democracia, renegó a su visión religiosa, y se afilió al Partido Comunista Español.

A los veinte años de edad, ya Miguel Hernández era un bardo consagrado, plasmando en sus versos las injusticias de la sociedad de su época, y demostrando en su producción un sagrado compromiso social y político.

“Por las calles voy dejando/algo que voy recogiendo:/pedazos de vida mía/venidos desde muy lejos/Voy alado a la agonía/arrastrándome me veo/en el umbral, en el fundo/ latente de nacimiento”.

La desgracia, las persecuciones, las enfermedades, la represión y la miseria no le dejaron un hálito de existencia digna, y esos avatares lo persiguieron hasta su muerte. Cultivó amistad con Pablo Neruda, quien en una oportunidad le salvó la vida.

El entrañable afecto que sintió por el excelso literato Federico García Lorca, no fue recíproco, pues el preclaro dramaturgo granadino fusilado durante la Guerra Civil española, y quien “nació con cuchara de plata en la boca”, nunca escondió el encono que sentía hacia el vate muerto en Alicante, al extremo de tratarlo de manera hierática, y rechazando en todo momento estar a su lado.

Aun así, Miguel Hernández le escribió a su amigo García Lorca el poema Elegía Primera, el cual en su primera estrofa dice:” Atraviesa la muerte con herrumbrosas lanzas,/ y en traje de cañón, las parameras/ donde cultiva el hombre raíces y esperanzas,/ y llueve sal, y esparce calaveras.”

Su obligación con los cambios políticos y sociales formaron parte de su arriesgada vida, como lo demuestra su poema Llamo a la Juventud cuando dice:” Sangre que no se desborda,/juventud que no se atreve,/ni es sangre, ni es juventud,/ni relucen, ni florecen./Cuerpos que nacen vencidos,/vencidos y grises mueren:/vienen con la edad de un siglo,/y son viejos cuando vienen”.

Es histórica la carta que le envió su esposa a la cárcel, en la que le explicaba que su hijo solo tenía pan y cebolla como alimento, a lo que el conspicuo escritor nacido en Orihuela, España, en trozos de papel higiénico escribió el antológico e inmortal poema Nanas de la Cebolla, el cual fue musicalizado por Joan Manuel Serrat.

Atrapado mientras huía del despiadado régimen franco-fascistas y sentenciado, primero a muerte y luego a 30 años de prisión, Miguel Hernández falleció en una celda víctima de la tuberculosis.

En este aniversario número setenta y cinco de su muerte, la vida y obra de Miguel Hernández quedan como legado y patrimonio de la humanidad, y su martirio sirve de cultivo a la senda que lleva indefectiblemente a un mundo mejor.