El pescador y su hermana

Por Victor Elias Aquino miércoles 25 de marzo, 2020

Palabras trabadas, letras que se unen misteriosamente a  otras, que devienen en sílabas, y con color paren palabras; que nacen cargadísimas de impotencia.

Números premiados/pelados.

Cantos/contracantos, alegrías/tristezas en una ciudadela habitada por infantes  descalzos, sanos/enfermos; es el cuadro a la vista de Rufino en el Santo Domingo de la  década de 1960 del siglo XX.

Es el hombre, que con sus pisadas de cadenero, construye aceras y contenes con sus pies, buscando sueños/esperanzas.   Es el billetero que acude presuroso al nacimiento del día, y, con el mismo temple acude al cementerio del sol,  cuando ya ha obtenido el pan de su familia, y de paso, le echa una manito a su hermana Ramona, que tiene un reguero de ocho muchachos (su casa parece un colegio).

Su vida compite con paradojas de filósofos: No cree en  números de lotería, pero los vende, porque es lo único que encuentra para hacer.

Conoció al dedillo todas las aceras y contenes de los barrios de la zona norte de la capital y muchos más, llegando a las estribaciones  de los ríos Ozama,  Isabela, donde la gente le miraba pasar, y muchas veces, no tenía para adquirir un pedacito de billete o quiniela.

Es la Nicolás de  Ovando, en Villas Agrícolas, Distrito Nacional, en el callejón se escucha la voz matutina y gangosa que dice: “Ramona, ¿te levántate?”, – Sí Rufino, el café está puesto,ven a tomártelo.

Cuando el  sol caía, en sus labios se pintaba una sonrisa.Había conseguido unos chelitos para llevar a su mujer, Antonia, pero su faena no termina.

Se baña, se pone una cachucha, y ahora es Rufino/pescador, aquel incansable que añadía la milla al presupuesto  pescando  frente al Banco Agrícola, en el Malecón. Era el hobbies necesario.

Siempre venía sonriente, muy pocas veces el mar dejó de ser amistoso, casi siempre caían como por encanto algunas mojarras atraídas  por  lombrices gordas que él mismo desenterraba  de los patios.

Técnicamente, el pescado era para Ramona, pero mamá encontró la manera de que todos disfrutáramos de  las delicias de su hermano chef, y nos tocaban las probaditas.

Rufino está lleno de historias, es hijo de Anita y Andrés, dos campesinos de  Bonao,  que al igual que Ramona es hija de Cristina, la tía misteriosa y amorosa que veíamos poco por razones de la vida.

También, estaba Lupe, la esposa de Salvador (ha ido),  Teresa, Mercedes (el amor personificado) y Pamela, la del chiste a tiempo y a destiempo.

Es posible que este ejército de familiares orara por el beneplácito del camino y del mar.

Al tío lo chocaban las palabras unas con otras, y tenía que reprogramarse para exponer su ideas. Bien podía en uno de esos recesos cambiar sus propósitos, pero, decía lo que creía.

Es cierto que gagueaba, pero no mentía ni cambiaba la verdad.

El tiempo pasa, pero en mis adentros saboreo aún como si fuera hoy los bocaditos de mojarras que preparaba el tío. Tenía presentación de chef en la colocación del pescado en el plato y los adornos de vegetales, cuando aparecían.

La vida y la muerte son misterios. Quizás, podamos pescar juntos un día en los mares del cielo parecidos a Cabo  Engaño, donde sus ojos  casi se desorbitan cuando vio la primera ballena en su vida. Ese  día, de paso, aprendió a pescar.

Por Víctor Elías Aquino

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