El perfil del líder: oratoria vs. empatía

Por Francisco S. Cruz jueves 28 de mayo, 2020

Aunque poco lo observarán, la sociedad dominicana de finales de siglo XX cerró un ciclo histórico-político y generacional con la desaparición física de los grandes liderazgos nacionales post dictadura trujillista, a saber: Juan Bosch, Joaquín Balaguer y José Francisco Peña Gómez. Pero no solo fue un cierre generacional, sino también, el agotamiento de un prototipo o modelo de liderazgo basado en la oratoria, el carisma y la ilustración, pues ellos -y desde espectros políticos-doctrinarios-ideológicos diferentes, Balaguer, Bosch y Peña Gómez, tenían en común el don de la oratoria, el carisma y la formación humanística. Quizás, en ello, se pueda explicar porque Leonel Fernández y no el extinto Hatuey De Camps que; era un excelente orador y presidenciable, pero le faltó empatía -la conexión bases-PRD y grandes mayorías nacionales- y la escuela orgánica-partidaria que Bosch legó.

Sin embargo, el eslabón perdido o, mejor dicho, la redefinición se halló en el relevo de esos grandes líderes que, práctica y accidentalmente, se centró en dos liderazgos que, aunque de una misma escuela-partido, desarrollaron visiones distintas tanto en la praxis política como en la visión programática de la conducción del Estado y en la forma y énfasis de encarar los problemas nacionales: Leonel Fernández y Danilo Medina. De suerte, que, mientras, el primero fue el más próximo en el discurso-oratoria y la superación del feudo-país aislado; el segundo, fue y es la visión programática-social y, al mismo tiempo, el sepulturero del perfil del liderazgo de oratoria y las megas-obras desde el ejercicio del poder para establecer otro de empatía y visión pragmática-estratégica-social del desarrollo integral nacional.

Y es, precisamente, ese cambio de paradigma de líder -en contraposición al popular-autoritario o antidemocrático que, en menor medida, ha ganado espacio también, lamentablemente- el que se está imponiendo universalmente, y por eso son tan escasos o raros, en los foros internacionales, parlamentos y plazas públicas, escuchar largos y cansones discursos sin teleprónter o la tableta electrónica. En otras palabras, ya nadie quiere escuchar, muchos menos lo jóvenes, para deleitarse, un discurso florido o cargado de referencias históricas, épicas o de verbo incendiario o aleccionador -solo queda José -Pepe- Mujica por el aval del referente ideológico y su coherencia de vida-, sino para saber de realizaciones, respuestas a problemas urgentes e inmediatos. Tampoco quieren a líderes poco empáticos o que no hagan, de vez en cuando -y sin simular-, lo que la gente común hace: reír, bailar, trabajar y, sobre todo, ser accesible, puntual y cercano; y ahí, el presidente Danilo, ha emulado a Bosch y, de paso, ha contagiado a Gonzalo Castillo.

Por ello, en un escenario así, signado por ese nuevo paradigma o prototipo de líder, el Luis Abinader opaco, gris y seco, no encaja. Y quizás, por ello, también, su inocultable descenso o caída libre en medio de la crisis-pandemia que desnudó su flojera y poca madera de líder empático, oportuno y trabajador.

¡Quién no vio esa foto-imagen, de Abinader, sentado, en la sala de su residencia, siguiendo, por tele, el curso y los estragos de la pandemia…!

Ojalá, el que fue tres veces presidente, sepa cerrar bien su ciclo histórico-político y preparar, de la mejor manera, su de salida o “aterrizaje”; de lo contrario, la realidad le dará, en su ego, un portazo fulminante.

Finalmente -hay que entenderlo-, el perfil del líder cambió, y para bien o para mal -sabrá Dio-, ya nadie dura más de 10 minutos escuchando a nadie; y menos si ese alguien o líder ya fue, o si se trata de otro que quiere llegar, pero no sabe cómo, por dónde o que no inspira confianza ni empatía duradera. Pero, además, la gente, sobre todo, los jóvenes, se identifica más con las acciones y menos con la pereza, el bla-bla-bla o el que, a leguas, es zángano o desabrido (por algo hay una polarización, en esta coyuntura electoral, entre un candidato que se parece a la gente común y de trabajo –Gonzalo Castillo– y otro que no sabe siquiera abrazar o caminar por callejones). O, como dijera el genio Cantinflas, “Ahí está el detalle…”.

 

Por Francisco S. Cruz

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