El otro legado de Barack Obama

Por Borja Medina Mateo viernes 20 de enero, 2017

Barack Hussein Obama cesa como presidente de todos los estadounidenses y regresa, como se dice en el argot popular, al reino de los mortales.

Al término de su segundo mandato presidencial, Obama, deja a la valoración de todo el mundo una serie de logros y realizaciones que desde ya, ocupan un lugar preponderante en la historia de los Estados Unidos de América.

Tales como: el sorteo favorable de la más espantosa crisis económica desde los años treinta, la reducción del desempleo a casi la mitad (de un 10 a un 4.7 por ciento), el mantenimiento del crecimiento económico, un sistema de salud incluyente, la construcción de obras de infraestructuras, el retiro de las tropas norteamericanas de Irak, el restablecimiento de las conversaciones diplomáticas con Cuba, en fin, ese legado material está ahí. Es inocultable.

Pero, al margen de sus ejecutorias de gobierno, el presidente afrodescendiente lega también un estilo humano de hacer política y gobernar, que al tiempo de ser objeto de estudio ha sido tendencia en la política vernácula e internacional.

“Nada humano le fue ajeno”

Parafraseando a Terencio podemos decir que desde que Barack Obama hizo aparición en el estrellato político, “nada humano le fue ajeno”.

En su libro, “La Audacia de la Esperanza”, cuenta que corriendo su segundo año en el Senado, en Washington, llama por teléfono a su esposa Michelle para contarle las buenas expectativas que tenía de que se aprobase un proyecto de ley que promovía, al contestarle no pierde tiempo en describir con lujo de detalles las bondades de dicho proyecto. Pero, mientras hablaba entusiasmado de su iniciativa, “Michelle lo cortó en seco” y solo se limitó a decir: “Hay hormigas… he encontrado hormigas en la cocina y en el baño de arriba. Necesito que compres trampas para hormigas cuando vengas mañana”. El autor culminó el relato preguntándose si Ted Kennedy o John McCain también compraban trampas para hormigas de camino a casa.

He ahí el atractivo de la personalidad de Obama: su humildad. Esa anécdota en sí pone de manifiesto la sencillez de la que es poseedor y cobra mayor valor por ser él mismo quien la da a conocer.

Su éxito como político, gobernante y figura pública estriba, precisamente, en la diferenciación que ha hecho de conductas propias de los políticos de siglos pasados; los que no lloran, los que ríen de manera limitada, los que no sufren, los que son prácticamente “perfectos”, etc. Por eso, ha hecho galas de su dominio del escenario político sin perder su esencia humilde. De ser humano que siente y padece como todos.

Por tanto, si bien es cierto que esa conducta le ha acompañado desde antes de ocupar la Casa Blanca, no menos cierto es que ya instalado en esta, ha podido potenciar su carisma y personalidad para registrar una sólida popularidad dentro y fuera de los Estados Unidos. De suerte que hoy se pueda afirmar que Obama ha sido uno de los productos más acabados del Marketing Político. Pero esto no hubiese sido posible, sin la humildad que resalta como distintivo de su persona.

A Obama se le ha visto reír de sí mismo en múltiples ocasiones. Se le ha visto llorar, recientemente, por hablar de su esposa. Ha bailado y cantado innumerables veces. Se ha valido de sus propios medios para comerse, públicamente, una hamburguesa en cualquier cafetería. Ha dado pruebas irrefutables de que, no se deja de ser presidente de un país por desajustarse la corbata y remangarse la camisa para jugar con un niño en la alfombra del Despacho Oval. He ahí la dimensión de su otro legado.

Evidentemente, ese legado constituye un reto para los políticos soberbios que pululan tanto en Estados Unidos, como en República Dominicana y el resto del mundo, para que ejerzan el poder con moderación y prudencia. También, para los políticos que corresponden a esa misma humildad pero que son excesivamente reservados y no permiten que sus seguidores y el pueblo en general, vean su lado humano y encantador.

En todo caso, Barack Obama, al terminar su paso por la Casa Blanca deja en evidencia que ha sido historia más allá de ser el primer presidente afroamericano, sino, además, por el comportamiento y proceder que mantuvo en el ejercicio de tan alta distinción.

Las manos a las que entrega el gobierno no han despertado la esperanza y el optimismo que concitó su figura ocho años atrás.

Ojalá esas manos, parafraseando a Martin Luther King Jr., “desvíen a los misiles y guíen a los hombres” por el mejor de los caminos.