El odio daña al ser humano

Por Ramón Antonio Veras sábado 8 de abril, 2017

Escrito dedicado a las víctimas y victimarios del odio.

Introducción

a.- Causa espanto, da grima vivir aquí a cualquier persona con sano juicio. El ambiente en el cual nos movemos motiva a permanecer bajo estado de pavor y justificado terror. La serenidad se torna difícil donde la alarma predomina.

b.- Entre nosotros permanece aterrado no solo el miedoso, cobarde y asustadizo, sino también el valiente, animoso y tranquilo. El miedo transmite, la sensación de pavura, de pánico profundo que se siente y con facilidad se advierte.

c.- La situación está para sentirnos llenos de susto; con los pelos de punta; la sangre helada y las carnes temblando; cargados de psicosis y cobardía. Andamos por todas partes espantadizos, con mieditis aguda.

d.- Lo que se respira es para estar sobrecogido, consternado; con cara horrible; reflejando algo monstruoso, angustioso y de fobia; como si algo terrorífico se hubiere apoderado de lo que tenemos para ver la vida atractiva, agradable y llevadera.

I.- El odio presente aquí

1.- Lo horrible en nuestro país no es la violencia que impera, la criminalidad que acecha, ni las diversas modalidades delincuenciales de factura nueva que han hecho acto de presencia en el cuerpo social dominicano. Lo peor es el odio en la conciencia de amplios grupos sociales.

2.- En el cerebro de muchos dominicanos y dominicanas está presente el odio como divisa; predomina como distintivo, algo así como un símbolo. Está pegado, es un logotipo mental; sello que caracteriza conductas viciadas, corrompidas.

3.- Practicar el aborrecimiento no es de un ser humano formado para la convivencia armoniosa y civilizada. Detestar, abominar, tener rencor se ha convertido en algo que divierte a muchos que aquí no tienen motivo alguno para vivir con rabia, enconos y repugnancia hacia los demás.

4.- Con notoriedad y aflicción observamos a diversos sectores que no están tranquilos, en paz, si no es expresando aversión contra alguien; destilando inquina con relación a individuos que ni conocen. Maldecir al desconocido, condenar a quien no ha tratado es algo cultural en el ambiente dominicano.

5.- Lo que sale de la boca de algunos fastidiosos es candela, puro fuego. La animadversión gratuita es un deleite para aquellos que prefieren no respirar, si no es para sacar de su garganta una expresión hiriente, denigrante contra un ser humano bondadoso.

6.- Estamos viviendo en una especie de jungla, en la que abundan caníbales dispuestos a menospreciar, quitar valor y devorar a cualquier ser humano con espíritu venenoso. El odio es aplicado en la sociedad humana por el embustero, artista de la humillación y practicante del ningunear.

7.- El código de aquel que odia está debidamente estructurado para que cada palabra surta efecto demoledor, por lo que mancillar, manchar, oprobiar y sambenitar tiene víctimas específicas para colocarles etiquetas deshonrosas y en especial poner malas famas, oscurecerlas o enlodarlas.

8.- El sentimiento de aversión lo tiene reservado el que acaricia la malquerencia y es aliado de la tirria, con el fin de desmigar a quien sea merecedor de respeto en la sociedad. Mientras más detesta y rencores acumula, mejor se siente el triturador de honras y méritos bien ganados.

9.- Aquel que se dedica a odiosear hace buena alianza, establece camaradería con el que fastidia, aborrece, enoja y hace de la mortificación el arte de jeringar. Solamente los dañados de mente pueden comportarse como entes dañosos que contaminan y empañan hasta a los metales preciosos.

10.- El que disfruta con la antipatía siempre está moviéndose en el círculo social donde le celebran sus acciones perversas, dirigidas a hacer sentir desconsolado, deprimido, extenuado, afligido, y en todo caso hundirlo, quitándole el ánimo, y destrozarle el entusiasmo hasta convertirlo en un desilusionado, desesperanzado y frustrado.

11.- El medio dominicano está resultando propicio a los fines perseguidos por los que están educados para utilizar el descrédito contra las personas de valía, la mala reputación, y todo calificativo que encierre, ignominia, deslustre, en sí, aplicarle al honorable todo lo que significa leyenda negra.

12.- La persona física con méritos que brilla o sobresale es un objetivo a ser destruida mediante la descalificación y la infamación, empañándole la fama, su buen nombre y respeto. Es misión del que odia exterminar, pulverizar a los seres humanos que se elevan, aniquilar al distinguido, hacer saltar, hacer añicos, estragos, echar abajo a todo aquel que es un triunfador.

13.- La inquina está fija en la conciencia de muchos de nuestros paisanos que se molestan con los triunfadores. La tirria, la perinquina se ha apoderado del corazón de los reducidos a la nada como persona, por lo que se mantienen afligidos, angustiados una vez conocen los éxitos de otros.

14.- Sorprende la forma como tantas personas están contagiadas por la malevolencia. Se ha hecho una práctica en determinados sectores de la sociedad dominicana, manifestar gratuitamente la malignidad, como si semejante tara hablara bien de los seres humanos. Pretenden desconocer que el malevolente, el malintencionado es visto como una rémora, un peligro social.

15.- La presencia en nuestro medio social del maldiciente cada día se está haciendo más notoria. En la medida que se agrieta la sociedad, crecen los individuos malditos que disfrutan con los anatemas, lanzando reprobación a diestra y siniestra; andan endiablados por esas calles de Dios, en procura de injuriar a cualquiera que no sea de su agrado.

 

16.- El malvado que con su lengua odiosa daña a los demás, es de formación impertinente, proceder irrespetuoso y de trato malicioso. El descarado es hermano gemelo en inconductas de aquel que malacostumbrado, malvezado y grosero, se convierte en avinagrado que cultiva la astucia para, en unión de la picardía, ser insidioso, muy mal pensado.

 

17.- La situación que se presenta en nuestro país con las personas que lo que sacan de su boca para referirse a los otros es pura llama, su mala intención es quemar con sus descargas de odio y andanada de resabios, porque mientras en sus cerebros quede algo de combustión continuarán quemando a sus víctimas inocentes.

II.- Debemos vencer el odio

18.- Nuestro país no puede seguir siendo el ámbito propicio para odiar, aborrecer a los demás. Hay que cambiar el sentido de aversión y repugnancia, por el de amor, afecto, cariño, comprensión y tolerancia. La parte fea de la conducta humana no debe predominar sobre lo hermoso que puede dar la especie humana.

19.- Debemos sacar de nuestro cerebro todo lo que resulte ofensivo, repelente y fastidioso. Las diferencias de opiniones políticas, la competencia empresarial o profesional, no puede llevarnos a permanecer armados para destruir al adversario con rabia agrediéndolo con calificativos arteros, solapados, taimados, para herir, reducir y difamar.

20.- Conviene motivar a los dominicanos y a las dominicanas para que hagan suya la idea de la tolerancia; suscitar la consideración y el respeto mutuo; incentivar la condescendencia; impulsar la flexibilidad ante la ilusión de resolver los conflictos por medio de acciones de sangre. Debemos eliminar la motivación que nos guía a querer destruir a los demás por medio del chisme, la difamación y las palabras hirientes.

21.- Debemos estar preparados para comportarnos con cariño, ser amables y mimosos. Lo áspero, desagradable y brusco nos hace ver ante los demás como personas indeseables, agrias, de mal vivir y peor trato. Sin necesidad de ser melosos, podemos exhibir delicadeza, decente compostura y demostrar que estamos formados como pueblo solidario para humanizar a los nuestros con el ejemplo, transmitiendo afectos y calor humano.

22.- Con las buenas actuaciones debemos probar que estamos en condiciones de eliminar el odio y con él el miedo, la sicosis de pánico y el estado de horror. Es posible desechar el espanto y dejar fuera de nuestro medio el susto. Suprimir de nuestras actuaciones todo lo que signifique agravio y pueda ponernos los pelos de punta, helar la sangre.

23.- Si los dominicanos y las dominicanas ponemos de nuestra parte de seguro que logramos cambiar la agresividad, la violencia y la provocación por el sano trato y el lenguaje bonito, y dejaríamos así de ser provocadores, buscabroncas, bravucones y estimuladores de camorras, excitadores de pleitos y sugerentes de discordias. Es bueno alcanzar la concordia para evitar contrariedad, enemistad y desacuerdos dolorosos y trágicos.

24.- Algo hay que hacer para que no siga en el país estableciéndose como norma de vida la disensión innecesaria, la desconcordia provocada y el disentimiento sin sentido. La conducta de hacer contraste, andar dándole a la lengua y procediendo a sacar de sus cabales al decente, lo único que conduce es al debate estéril, al altercado, al pugilato infecundo.

25.- Moverse odiando a los demás lo que hace es identificar al autor como individuo de baja calaña, inclinado a la crueldad, atrocidad e imprudencia; y preparado para ser ubicado como bruto, cafre y ausente de civismo. La barbarie nos señala como pueblo subdesarrollado, adecuado a comportarse haciendo barrabasadas, tratadas y cuantos desaguisados sean posibles.

 

26.- Podemos accionar en política sin necesidad de agraviar a los contrarios haciéndoles sentir mal en su persona y a los suyos. Al perjudicar lesionando sin justificación alguna nos hacemos daño a la vez que debilitamos la justeza de la causa que defendemos.

 

27.- Las verdaderas transformaciones democráticas se logran con el apoyo de las masas populares, jamás con métodos que van en detrimento, en menoscabo de los objetivos perseguidos, sin importar lo loable que resulten ser. El insulto, la calumnia, el ultraje y zaherir no contribuye al desarrollo de la lucha social.

28.- Los hombres y mujeres de bien se reducen una vez dirigen su lucha política al campo personal, llevando al pueblo la falsa idea de que sembrando odio contra un individuo en particular se eliminarán las injusticias y las lacras que genera el sistema social bajo el cual estamos viviendo. No alcanzamos la felicidad por vías ilegitimas, injustas y utilizando los mismos tormentos que censuramos a nuestros antagonistas.

29.- Por muy áspera, ácida y tormentosa que se presente la lucha social y política, la persona sensible y defensora de las causas justas, no debe caer en la politiquería que es propia de los que llevan a la práctica la política para lucrarse, y carecen de sólidos argumentos para sostener sus posiciones.

30.- La persona que interviene en actividades políticas y sociales se eleva y gana simpatía para la causa que defiende cuando recurre a razonamientos, tesis y juicios que resultan demostrativos. La claridad de pensamiento, encerrada en la elegancia de las ideas que defendemos, se evidencia sin necesidad de utilizar la mentira, el odio ni términos insignificantes.

31.- Por último, a la niñez dominicana debemos inculcarle que el ser humano no debe odiar, porque el que odia es malo como persona; un mal bicho en quien nunca podemos confiar.

 

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