El ocaso del coronel

Por Rolando Robles

Nota aclaratoria

Este trabajo lo publiqué hace unos tres años y para entonces, el rango de “coronel” tenía la misma prestancia que tiene actualmente. La diferencia está en el número de coroneles activos y en el hecho, para mi trascendental, de que el presidente Abinader acaba de poner en retiro otros 155 oficiales con ese rango.

Ojalá que se animara el señor presidente y que, antes de terminar su segundo y último mandato, haya concretado una reforma que limite -para los tres cuerpos castrenses y policiales- el rango de “coronel” para los oficiales operativos y el de “general”, únicamente para los comandantes. Esto, sin duda, nos permitiría “sincerizarnos” y dejar de ser uno de los paisitos con más generales del mundo.

Texto original

Hasta que el Gabo la pusiera en escena en 1961, la figura del “coronel” era absolutamente marcial. Los dominicanos particularmente, sentíamos gran respeto por ese rango que estaba a sólo un escalón del sueño de todo hombre que abraza la disciplina militar. Llegar a coronel era como tocar a las puertas del cielo. Si te dejaban entrar, asegurabas la gloria, y si no te invitaban a pasar, por lo menos quedabas en un lugar prominente frente a la mayoría de tus antiguos compañeros, que nunca tendrían la oportunidad de superarte. Era un segundo premio, distante del jackpot (el generalato) en prestaciones y canonjías, pero de ninguna manera se consideraba como un premio de consolación.

El coronel no tiene quien le escriba es, al decir del propio García Márquez, quizás su mejor novela. Y la escribió cuando aún no había adquirido ni la notoriedad ni las mañas -mañas literarias, por supuesto- que el éxito y su incuestionable talento les tenían reservado. Al entrar en la valoración, yo reduzco mi opinión de novato a una simple expresión: es su novela más sincera. Y nos sirvió para descubrir que el coronel era un hombre común, de carne y huesos, que no era divino. Pero aun así era toda una personalidad.

Muerto Trujillo, solo recordábamos al coronel villano, al que se afirma que aún vive en Estados Unidos. Y asombrosamente, no hay coroneles dentro de los nuevos héroes que el 30 de mayo nos trajo, a pesar de ser tan populares en eso de los magnicidios. Hasta que llegó Francis, “el coronel de Abril” y con él otros coroneles -genuinos o cocidos al vapor- producto de la reyerta del 65.

Durante los doce años aquellos, resurgió la estrella del coronel, en especial para los trabajos “particulares” de la política militar o, mejor dicho, para los trabajos militares que se hacen en la política. Pero ninguno de esos oficiales superiores máximos, alcanzó la fama del ex cronista deportivo que, enfundado en su cargo, cuidó al “jefe” de sus enemigos, pero nada pudo hacer para detener la acción de sus “amigos”, que finalmente lo pescaron camino a su cita en San Cristóbal.

Debo admitir que, de esos coroneles de los doce años, algunos acumularon méritos suficientes para competir con el funesto hijo del contable alemán, pero ya eran otros tiempos. A pesar de lo siniestro de sus acciones, el rango de coronel se fue edulcorando y haciéndose más “digerible”.

Incluso, hubo uno -que no era dominicano- que hasta llegaron a secuestrarlo, convirtiéndole en “héroe” y por intercambio, se logró la libertad de una docena de presos políticos o “políticos presos”, al decir del doctor Balaguer; aunque luego, el Military Advisory and Assistance Group (MAAG) se encargó de pasar la factura final a la joven izquierda dominicana.

Todo este periplo es para señalar que el rango de “coronel” es el signo distintivo de cuánto ha cambiado la sociedad dominicana; de cómo se ha invertido su escala de valores. Supongo que el coronel empezó a ocupar su lugar de preponderancia en el nuevo “escalafón moral” dominicano, con la aparición de Figueroa Agosto, iniciando el milenio. Aunque, hay que reconocer que unos veinte años antes, un coronel de la Policía marcó lo que habría de ser “la ruta del éxito” en materia de los negocios conexos con la persecución del narcotráfico.

En la Era del delincuente boricua, se cayeron santos de casi todos los altares dominicanos, desde los artísticos hasta los empresariales. Pero donde más daño hizo el terremoto, fue en el rango de coronel. El otrora respetado -bueno o malo- oficial superior, que estaba solo a un paso de portar las estrellas en su gorra, se “cualquierizó” en grado tal, que ya era sinónimo del más alto nivel de abyección criminal.

Para muestra un botón: en los tiempos de la caverna, en los doce años, recuerdo que quien halaba el gatillo contra los revolucionarios y a veces no tan “revolucionarios” jóvenes dominicanos, era comúnmente, un cabo o un sargento con especialidad en cobardía y absoluto apego al “cumplimiento de las órdenes del coronel”, que muy bien podía ser tanto dominicano como gringo. Con el reinado del capo boricua -que nunca podremos explicar con certeza su presencia en el país- el coronel en persona se convirtió en el gatillero por excelencia.

Un coronel era el “piche” del camión que transportaba la droga que Quirino enviaba a su “desconocido” socio en el Cibao. Un coronel fue el matador en la mayoría de las muertes que siguieron a la ejecución de la conocida “Bianca la Gorda”. Un coronel resultó ser el muerto en varias ocasiones en que se “ajustaron cuentas pendientes” en lugares públicos y concurridos, como el hotel El Embajador o el parqueo del famoso supermercado de la autopista Duarte.

Recientemente se informa en la prensa nacional que unos veintisiete (27) coroneles han sido cancelados de los organismos de seguridad y control desde el año 2011, por faltas graves y asociadas mayormente al tráfico de drogas. Y aunque no sabemos cuántos coroneles hay encarcelados o en procesos judiciales por diferentes delitos, si sabemos que solo en el 2013, el presidente Medina puso en retiro 259 coroneles, un saludable indicativo de que no todas las manzanas del barril estaban podridas.

De cualquier manera, el rango está en desgracia. Los cientos y cientos de muchachos nuestros que llegarán a ese nivel de mando en sus respectivas instituciones tienen el reto de adecentarlo; y limpiarlo y brillarlo como lo hacen con sus insignias cuando se les pasa inspección. Sin embargo, la requisa más importante, será la que les haga la ciudadanía, el pueblo dominicano, que espera que ellos protagonicen la vuelta colectiva al decoro y a la sobriedad ciudadana de las instituciones militares.

¡Vivimos, seguiremos disparando!

ROLANDO ROBLES

rolrobles@hotmail.com  040121

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