El merengue y su futuro

Por Persio Maldonado viernes 30 de septiembre, 2016

Cuando leí a Saúl Pimentel en su refrescante artículo titulado “Merengue, ritmo por excelencia”, me asaltó la nostalgia; porque aun y cuando el autor es mucho mas joven que quien habla, trajo a mi mente un escenario que igual me toca las cuerdas del recuerdo. Del buen recuerdo le agrego yo, que también es el último reducto de los que vamos abandonando la nave, para conectarnos con los días de mayor gloria, esas épocas en que navegábamos siempre con el viento a favor.

Voy a aprovechar la ocasión para matar dos palomas de un solo disparo. Por un lado me tomo un respiro dejando de lado los asuntos políticos y electorales, que tanto hastío me han causado; mientras que el por otro, me permito airear un tema que siempre me ha cortejado: el futuro de la música popular dominicana.

A los que bailamos el Merengue de salón que el “Jefe” impulsó (uno de sus proyectos mas dominicanistas) no nos está permitido conformarnos con cualquier cosa. La excelencia no era un obligatorio tratamiento que se le dispensaba por miedo y ley al dictador; era un “fine state of the de art” que nos entregaban a diario los artistas populares. Realmente, fue una época de oro para el Merengue, quizás su mejor época.

Ciertamente que el Merengue no ha decaído, como sentencia Saúl en su trabajo; lo que sucede es que los poetas están de vacaciones, o la musa los ha abandonado, o tal vez, no existen motivaciones suficientes para que se manifieste. Cual que sea la razón, la verdad monda y lironda es que la lírica del Merengue actual no apunta a la elegancia de antes, a la simpleza de sus versos, a la inocencia de su trova; yo diría que mas bien hoy, su oda agrede las buenas costumbres.

El Merengue bueno no se ha acabado en verdad, si pienso que los compositores de fuste parecen estar de capa caída, aletargados, como muy bien dice el fino articulista, sin embargo, no es para preocuparnos en demasía. La realidad es que para bien o para mal, el Merengue ha evolucionado, como lo hizo el Tango en su momento y fíjense ustedes con que detalles.

Muchos de los mejores boleros de antaño fueron concebidos en tiempo de Tango. Mientras que paralelamente, surgieron boleros bellísimos, fruto del auge del romanticismo en los años treinta y posteriores; y compitieron con las viejas composiciones salidas del arrabal y sus tugurios, cuna de nacimiento del Tango. Finalmente, el Bolero se impuso en el gusto latino, confinando el Tango a Suramérica; la razón: su carácter siempre localista y lo complicado de su coreografía.

El Tango fue prácticamente sepultado por el Bolero; y éste a su vez desplazado por la Balada; aunque en cierta forma, todos conviven, pero no compiten en popularidad. Esa es la dinámica de la música popular. Eso mismo esperamos del Merengue, que en su evolución, nos llega hoy un tanto distorsionado y con un nombre muy circunstancial: “Merengue de calle” o “Mambo”.

El inconveniente número uno es su poesía: chabacana, indecente y altamente contaminante. Pero como la Bachata y el Tango, creo le esperan días mejores, días de gloria. Y cuando eso suceda, estaremos hablando de un ritmo netamente dominicano. Un producto de exportación que consumirá medio mundo.

Es solo cuestión de tiempo, para que el Merengue de Calle, camine de la mano con la Bachata, una prostituta que Vítico, Juan Luis Guerra y otros artistas, “honraron”, pero que terminamos todos casados con ella. Cuando nuestros “vates emergentes” se hagan sentir en las composiciones, el Merengue callejero dejará de ser soez y alienante; al igual que la Bachata dejó de ser “música de guardia” o “amarga chopas”.

En este punto, hay que señalar que el Estado debe jugar su papel de moderador y promotor del proceso de tránsito de un Merengue espontaneo y silvestre -pero pegajoso en extremo- hacia una forma de arte popular que revindique los valores de la dominicanidad. No hablo de coartar las iniciativas artísticas, pero sí de modular su expresión, para convertirlo en un producto digerible por los ciudadanos de todo el mundo.

Volviendo al ambiente que finamente nos recrea Saul: los muchachones de mi grupo, donde no cabía él por razones de edad, pero si José su hermano, destapamos sabrá Dios cuántos chatas del ron del momento, oyendo con el mismo fervor a “Bésame mucho” de Consuelito Velázquez, “Las Cuarenta” del maestro Gorindo o “Falsaria” cantada por Leo Marini (la primera gran composición de amargue neto, que eufemísticamente algunos llaman “des-amor”), hasta que llegó Julito Deschamps, enalteciendo el cabaret personal de cada uno; y con su partida se cerró el ciclo de la bohemia pura.

Pero cuidado, que el pasado no construye el futuro. Esa es una exclusividad del presente. Así que no olvidemos que el mejor indicador de que nos estamos poniendo viejos, es pensar que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Esa es la prédica del abuelo, no de los nietos.

La Balada casi desplazó al Bolero, pero no lo extinguió. Desde entonces hemos recurrido al inmenso Anthony Ríos, a Camboy o al viejo Bullumba, que Dios le dé larga vida a todos; al recuerdo de El Songo, a Tiburón, el Cantantazo o la Espiga de Ébano. Y cuando solíamos cruzar el mar, era solo para quedarnos flotando en el Caribe y rendir homenaje a Bienvenido Granda, Tito, Pirela, Laserie, Orlando Contreras, Daniel Santos, Codina, Javier Solís, Vicentico Valdez, Marcos Muñiz y toda una constelación de voces de calidad. ¡Que tiempos esos!

La mujer dominicana, de una presencia discreta pero sostenida, ha marchado de la mano del éxito, y en el imaginario popular se ha mezclado con las estrellas latinas; de suerte que Sonia, Olga Lara y Maridalia, para solo mencionar tres, se entremezclan con la Dipiní, Blanca Rosa, Celia y La Lupe, separadas solo por el tiempo.

En general, la música popular criolla y el Merengue en particular, tienen un futuro promisorio. Todo dependerá de la política del Estado dominicano para codificar y desarrollar este proceso de conversión de una simple costumbre nacional, en un entramado cultural que actúe y responda, por y para la gente.

¡Vivimos, seguiremos disparando!

Por Rolando Robles