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20 de febrero 2026
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OpiniónMilton OlivoMilton Olivo

El espejo roto de Quisqueya

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RESUMEN

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Por décadas, Haití ha sangrado en silencio a la sombra de nuestra indiferencia estratégica, pues es un territorio nuestro, que estamos llamados a tutelar. A tan solo unos pasos de distancia, la desesperación del otro lado de la isla sirve como metáfora viva de lo que nos negamos a ver en nuestro propio reflejo: una nación atrapada entre la ilusión del progreso y la herencia de un modelo histórico basado en el canibalismo social, la exclusión, el sometimiento y el estancamiento.

Vemos la sociedad dominicana cada vez más endeudada, parece haber asumido con pasividad su dependencia estructural. No generamos tecnología propia, no desarrollamos agroindustria, y pese a estar rodeados de agua, no somos capaces de sostener una industria pesquera que sustituya las crecientes importaciones. La criminalidad se fortalece y el Estado se fragmenta.

Todo esto ocurre en medio de un contexto donde, más que una sociedad, parecemos una «disociedad»: una estructura dividida, construida sobre el dominio de unos pocos y el sacrificio de la mayoría.

Desde la llegada de Cristóbal Colón, la historia dominicana ha sido la historia de una élite extractiva, continuadora del proyecto colonial europeo, que ha hecho de la permanencia de sus privilegios, una prioridad sobre cualquier noción de bien común.

Esta clase dominante, heredera directa o simbólica de los conquistadores, no solo se enriqueció a costa de la exclusión de los nativos tainos, denominados desde la llegada de Colon como; «indios claros» e «indios oscuros» sino que ha borrado su existencia del relato oficial, calificándolos de desaparecidos. La historia ha sido manipulada para legitimar una hegemonía que, aunque minoritaria en términos demográficos, controla más del ochenta por ciento de la riqueza nacional.

Episodios como el de Enriquillo —el Cacique que desafió al Rey Carlos V (el monarca más poderoso del mundo en el momento) y le obligó a negociar un acuerdo de paz, pidió tierras libres para autogobernarse— nos recuerdan que la lucha por un proyecto propio no es nueva, ni exclusiva del grupo dominante.

Sin embargo, ese espíritu de emancipación ha sido sistemáticamente aplastado, por nuestras propias élites, que históricamente han recurrido al poder foráneo para mantener su posición. Lo hicieron en el siglo XIX cuando el fracaso de la independencia efímera de 1821, —por pretender mantener la esclavitud de los africanos, pues los tainos ya habían sido liberado por enriquillo en 1533—, pactando con la elite occidental la ocupación haitiana en 1822, pasando a co-gobernar con ellos, luego con la invasión estadounidense de 1916, y nuevamente en 1965, cuando solicitaron la intervención, repitiéndose la historia. Y reflejo de la lucha interna existente.

Esta cultura de canibalismo interno —donde la lucha de clases se vuelve una estrategia sostenida de dominación— ha sido el mayor obstáculo al desarrollo nacional. El grupo dominante no ha tenido jamás un proyecto de país inclusivo, sino una lógica de reproducción de privilegios que ha transformado a la élite local en intermediaria de los sectores económicos externos.

No defienden la producción nacional, porque su riqueza se basa en la importación; no apuestan al desarrollo de los sectores productivos locales, que generarían empleos, desarrollo, oportunidades e incrementaría exportaciones, porque su negocio está en la importación de los productos de sus socios de las potencias hegemónicas. Ahogando el potencial nacional por defecto.

En este sombrío panorama, la figura de Rafael Leónidas Trujillo emerge con ambigüedad histórica. Más allá del juicio moral, se le reconoce por haber impulsado un proceso de industrialización nacionalista, rompiendo con la dependencia del capital importador.

En su tiempo, la República Dominicana experimentó una importante construcción de riqueza local, recibiendo una finca como país en 1930 y décadas después sin endeudamiento externo convirtiéndolo en un país en pleno proceso de industrialización. Esa es su grandeza. Fue quizás el único momento en que se trató de sustituir el modelo dependiente y sometido, por un modelo de desarrollo local. Y de ahí su vigencia. Es la verdad histórica, duela a quien duela.

Sin embargo, seguir mirando la historia bajo la lógica de buenos y malos es un ejercicio estéril. Todos somos, en mayor o menor medida, herederos de circunstancias históricas: unos como beneficiarios, otros como víctimas.

Lo que es imperativo, es superar ese histórico canibalismo de clase, y pensar en un modelo de desarrollo inclusivo. Un modelo que transforme a los importadores en productores, que apueste por el desarrollo de nuestros potenciales sectores productivos, por el desarrollo de un tejido agroindustrial y que convierta nuestras potencialidades en riqueza y productos de exportaciones.

El desarrollo no vendrá por sí solo, ni será posible mientras la política siga siendo un simple juego de poder entre cúpulas que representan intereses ajenos al país. El sistema político actual reproduce, sin disimulo, las tragedias de nuestra historia. El clientelismo, la falta de institucionalidad y el secuestro de los recursos públicos en favor de unos pocos son síntomas de una enfermedad histórica, que debemos superar.

Por ello, el surgimiento de nuevos liderazgos y nuevas fuerzas políticas no es solo deseable, es inevitable. Serán los y las encargadas de abrir paso a una era de reformas profundas: jurados ciudadanos en el sistema judicial, Ministerio Público verdaderamente independiente, descentralización administrativa efectiva, gobernadores electos por sus provincias, ministerios regionales con presupuestos propios, fortalecimientos de los gobiernos municipales, convertir la PN en policías municipales y una fuerza nacional estilo FBI, que dependa del Poder Judicial, para garantizar el establecimiento del imperio de la ley.

El verdadero liderazgo del siglo XXI no será el que inaugure más obras, sino el que enfoque y utilice los recursos públicos para fomentar el desarrollo de nuevos sectores productivos, el desarrollo científico, industrial, cultural y educativo. Un liderazgo que entienda que el progreso no es solo estadística macroeconómica, sino justicia social, equidad territorial y dignidad para todos, para hacer realidad, una Quisqueya potencia.

El autor es escritor, historiógrafo y activista por una Quisqueya potencia.

Por Milton Olivo

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