El espejo de narciso

Por Elvis Valoy miércoles 5 de abril, 2017

¿Cuán frustrante es venerar un personaje histórico que con el correr del tiempo, y las investigaciones nos damos cuenta de la realidad sin ambages, que como seres humanos, esas personas tenían defectos y virtudes? De esto hay que coincidir sin temor a equívocos con el viejo apotegma que dice que, “el papel lo aguanta todo”.

Un ejemplo de lo de arriba, y es una de las razones por lo que no me canso de verla, el argumento de la película Listos para Luchar (Ready to Rumble), del director Brian Robbins, la cual trata de dos jóvenes que su nivel de fanatismo y su alienación por la lucha libre, los lleva a idolatrar a un farsante de ese deporte, que es todo lo contrario a como lo pintan los medios de comunicación, y en la vida real se desenvuelve muy diferente a como los dos mozalbetes lo consideran.

Y es que la vida da vueltas, pero al final el inexorable tiempo va colocando casa cosa en su lugar. La historia está llena de personajes fabulosos, que sus vidas y obras encandilan a la gente, que en la mayoría de los casos los conciben como seres supraterrenales e impolutos. Pero si analizamos con asepsia cada hecho de la mayoría de las grandes figuras, veremos que estas son de carne y hueso, y que regularmente es la prosa de uno que otro historiador la que los hiperboliza y los separa de los mortales.

Nunca negaré el trauma que me causó ver la película Anonymous, del director Roland Emmerich, la cual plantea que William Shakespeare es un farsante de marca mayor, analfabeto por demás, incapaz de escribir una línea sin faltas ortográficas, atribuyéndole su descomunal obra al conde de Oxford Edward de Vere. La tesis que desarrolla el filme lleva al convencimiento de que una producción de esa envergadura no pudo salir de la pluma de un sujeto de tercera categoría, sin cultura, campesino y oportunista, como describe la cinta al insigne e histórico literato inglés.

Así como grandes reyes, césar, faraones, etc., encargaron a grandes artistas producirles autoretratos, biografías complacientes, pirámides con sus objetos favoritos, etc., ¿quién quita que no se haya hecho lo mismo con vidas y obras, como manera de que la posteridad los absorbiera? El mundo es de fetiches y la vida está plagada de bluff.

Profundas investigaciones científicas y nuevos estudios se han encargado de tildar de impostor al escritor Jean-Baptiste Poquelin, mejor conocido como Moliére, asegurando que la obra Tartufo no salió del estro del dramaturgo y comediante francés.

Mientras la historia como ciencia social avanza, y sus herramientas se desarrollan, permitiendo aprehender la realidad de forma más acabada, directamente proporcional aparecen nuevos hallazgos, birlando y tirando por el suelo, la simulada aureola que rodea a celebridades emblemáticas.

En anteriores artículos he mencionado la desmistificación de la Oreja de del pintor Vincent Van Gogh, quien la mitología holandesa le erigió el mito de que se había cortado ese miembro por el amor no correspondido de una prostituta; ¡ah fiasco!; finalmente se descubrió que no había tal meretriz, sino que fue una reyerta entre homosexuales desde donde el acaudalado artista había salido herido.

Vayamos a otro: Si hay un personaje del parnaso que únicamente le faltan las alas para ser un angelito, ese es Miguel de Cervantes Saavedra, el hombre del El Quijote de la Mancha. Sus biografías lo describen como un dios caído del cielo, evadiendo la calaña de tahúr y delincuente convicto y confeso que fue este genio de la escritura y del idioma español. El Manco de Lepanto, como le llamaban, permaneció varios años presos por robo y desfalco al erario público.

En ocasiones ocurre que el gran aporte de alguien en un determinado renglón, elude su patología y su enfermedad mental. ¿Quién en su sano juicio concebiría al Maestro del Suspense, Alfred Hitchcock, como un acosador sexual, fisgón o brechero, padecimientos aberrantes que lo persiguieron hasta su vejez, y por los cuales llegó a ser denunciado?

Este mundo es tan complicado que bastan unas declaraciones, un poema, cualquier pieza teatral, para echarle a perder la biografía de un personaje de la historia. Ese es el caso del preclaro músico Antonio Salieri, a quien en la película Amadeus, del afamado director Milos Forman, se le describe como un envidioso, perverso y mezquino, que nunca aceptó el talento congénito de Mozart. Se tilda de infundada, y se cataloga como especulación la imagen endilgada a Salieri en esa producción cinematográfica.

Pero indiscutiblemente que al ritmo que va la ciencia y sus descubrimientos, la gente preferirá adherirse al refrán que dice que: ”La ignorancia es el pleno disfrute de la vida”, pues mientras más se aprende, más se sufre. Observemos el caso de otro grande, que las personas se han pasado la vida emulándolo en sus hazañas, como es Mahatma Gandhi; y resulta que este símbolo de la paz disque fue racista y se opuso a la lucha de los negros en contra del Apartheid, durante el tiempo que se desempeñó como abogado en Sudáfrica.

Con tantos avances del conocimiento lo menos que podemos hacer es dudar de todo, pues cada día salen nuevos cuestionamientos, que hacen que pongamos en tela de juicio nuestra visión de muchos de nuestros héroes y heroínas, pero que sin embargo, nos llevan a reconocer que no son máquinas infalibles, sino que cuando se miran en la fuente de Narciso, notamos que son seres humanos con defectos y virtudes.

 

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