El encuentro con el amor de Jesús

Por Víctor Corcoba Herrero sábado 25 de mayo, 2019

 Si somos caminantes, es ante todo porque Jesús nos ha dicho:

 “La gloria de mi Padre consiste en que deis fruto abundante”. (Jn 15,8)

  

Cuando uno se detiene a contemplar,

aquellos lenguajes que le envuelven,

ejercita el culto al verso, y en la verdad,

se forma y se satisface humanamente,

porque la palabra siempre nos ilumina,

y alumbrados por lo auténtico del latido,

entramos más en uno, más en Dios.

 

Volver a la poesía es como renacerse,

reencontrarse, refundirse, embellecerse,

pues la hermosura de un órgano vivo,

pasa por desvivirse en vivir por los demás,

por deshacerse de aquello que nada es,

y así recomponer nuestra propia historia,

de ausencias y de presencias recreadas.

 

Necesitamos tomar el aire y respirar,

escuchar el corazón y sentirnos libres,

creativos en el espíritu transformador,

y así poder renovarnos mar adentro,

despojarnos de nuestras miserias,

desprendernos de este cuerpo mundano,

para tomar el cielo y crecer en el abrazo.

 

Si Jesús dio su sangre por nosotros,

ese amor sin límites es nuestro horizonte,

una balada de la que brota la efectiva vida,

en la que cada cual toma su andar,

la de ser un ser que alienta y acompaña,

o un ser que se ahoga en sus desventuras,

porque al fin, el poema es superior a la pena.

 

 

Por Víctor Corcoba Herrero

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