El doloroso paso del tiempo en Puerto Plata

Por Gregory Castellanos Ruano

Al volver brevemente por razones imperativas de trabajo y transitar por diferentes calles de mi ciudad natal ví el paisaje de las desoladas casas. Descubrí así que la distancia me ocultó las desoladas casas.

Que poco a poco se desmoronaron muchas casas puertoplateñas, que decayeron ruinosas, que pasaron al estado ruinoso, que el proceso de ruina había definido su fisonomía, que algunas estaban ladeadas, destartaladas, desiertas, sombrías, exhibiendo los escombros; que lo mismo ocurría también con edificios de mayor envergadura que eran literalmente edificios en ruinas, todas y todos con decrépitas estructuras, con desvencijadas entradas, con ruinosos escalones de entrada.

Que eran casas y edificios claramente abandonadas, ahora devoradas por la maleza, que en los muros de las casas y de los edificios muertas crecía el musgo ennegrecido por el hollín. Que como vetustas y vetustos supervivientes ahora vivían su soledad entre las plantas y el musgo.

Noté desgarradoramente algunas casas desaparecidas, barridas por entero desde su cimiento: sólo se visualizan los solares que las albergaron. También el Cine Roma desaparecido por completo y en su lugar ha quedado sólo el amplio solar que lo albergó y ahora sirviendo de lugar de parqueo. El otro crimen fue la demolición del Cine Teatro Rex para, en su lugar, construir un edificio comercial.

Aquello era como arrancar de cuajo y dolorosamente algo, como arrancar piezas que estaban incrustadas en una estructura que se suponía debía de permanecer ahí, intocada, para siempre.

De repente esas piezas no estaban ahí y ello producía en mí un desasosiego que conducía a la melancolía y la tristeza de que eso no debía dejar de estar ahí, de que nunca debió dejar de estar ahí. Que esas piezas siguen ocupando un sitio en mi corazón, a pesar de su memoria estar perdiéndose en el lugar visitado.

Sólo me restaba recordarlas imaginándolas en su perdido esplendor haciendo remembranzas sobre lugares y cosas olvidadas.

La sima por la que me arrastraba creaba en mis adentros todo un verdadero infierno de confusión. Tenía un amplio atisbo de clara incertidumbre, me asustaba enfrentarme a aquella verdad que tenía frente a mí, que por diferentes razones viví como si fuera un  exiliado, desterrado de lo que había sido mi mundo.

Estaba tan afectado que me sentía atrapado y ahogado en lo profundo de mi desconcierto. La protuberante sombra de un cambio había sido expuesta a mis ojos: se había desgarrado el delicado, pero fuerte velo de la realidad.

Trataba de reflexionar, pero el golpe psicológico recibido sólo me hacía hurgar en mi interior para recordar. Mis reflexiones no llegaban al punto de permitirme asimilar la herida de muerte que habían sufrido esas casas y esos edificios. Tuve la tarea impiadosa y triste de observar su muerte y el olvido en curso.

Mi angustia era reciente porque aquel espectáculo impactante se reveló inesperadamente ante mis ojos entrando en abierta contradicción con todos mis recuerdos tempranos, con los de mi adolescencia y con los de mi juventud.

Mi mente se aferraba con frenética desesperación a esos recuerdos. Desgraciadamente el día que había de llegar había llegado. Yo estaba pasando frente a esas casas y a esos edificios para ver lo que había de ser visto.

Las alas grises del tiempo las y los habían llevado a esos respectivos niveles. Deseaba con desesperación que hubiera existido algún mecanismo para evitar los estragos del tiempo para que allí no se produjeran los tristes y desoladores cambios que se habían operado.

Lo que contemplé fue el tiempo en su labor de ir devorando para buscar devorarlo todo. El tiempo devorando las casas y los edificios desde sus cimientos hasta sus ornamentaciones y pináculos y características. Una vorágine devoradora sistemática y eficaz en su afán destructivo. Pero sí entendía que nunca nadie ni nada ha podido enfrentarlo.

Mientras razonaba en todo esto con pensamiento triste, extrañamente se produjo un acorde entre dicho pensamiento triste sobre lo que era el paso doloroso del tiempo y el sonido grabado del tic tac de un reloj que emanaba, no sé porqué razón, de la guagua del Metro en que yo retornaba a Santo Domingo.

Para quien sólo conserva el recuerdo de cómo era todo aquello y de repente ve los estragos del paso del tiempo es más fuerte el dolor que al espíritu causa dicha visión que para quien se ha quedado viviendo en la ciudad natal ya que éste último va viendo los cambios que diariamente se van produciendo, por eso para él último el impacto es menor, es prácticamente un impacto algo anestesiado que lo lleva al punto de lo casi imperceptible.

Por Lic. Gregory Castellanos Ruano

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