El despeñadero social

Por Manuel Hernández Villeta

El libre intercambio de las ideas es vital para qué florezca la democracia. Se comete un crimen imperdonable cuando se cercena el pensamiento. Los dominicanos tenemos que comenzar a convivir en paz y tranquilidad. Piedra fundamental de ese principio es permitir que cada quién  pueda tener libre albedrio.

En la República Dominicana la apertura democrática ha costado ríos de sangre. El país ha vivido bajo la bota y el fuete de los dictadores en la mayor parte de su historia. Siempre los dominicanos han luchado por su libertad e independencia, pero siempre surge la sombra oprobiosa de la tiranía.

En la sociedad de hoy no cabe la exclusión, la discriminación, el atropello, y las violaciones a los derechos humanos. Sin embargo a diario se vive al borde del desconocimiento de los derechos de los ciudadanos. Uno de los principales anhelos del ser humano es vivir en libertad.

Pero esa consigna ha sido letra muerta desde que surgió el concepto de la igualdad, la fraternidad y la unidad, en el calor de la revolución francesa. La cuna de las luchas sociales terminó en un baño de sangre interno. La revolución dentro de la misma revolución.

Todos los parámetros se desbordan cuando se trata de conseguir el poder. Los frentes de masas que permiten la lucha inicial, luego se transforman en pesadillas donde se impone el más fuerte. A los débiles solo les queda el exilio, la cárcel o el paredón.

En el panorama dominicano se tiene que mantener el libre intercambio de las ideas. La disensión, el punto encontrado, el no estar de acuerdo. En una sociedad civilizada no hay unanimidad. No hay una sola clase. Hay intereses y campos diferentes entre los ciudadanos.

De ahí la importancia del libre intercambio de las ideas. Conversando y dialogando se llega a soluciones. Los dominicanos siempre pecan de prepotentes y enemigos del diálogo. La historia lo pinta bien claro. Juegan a la iracundia, desde representantes de simples juntas de vecinos, hasta los enquistados en los máximos niveles de poder.

El caudillismo dominicano a ahogado el diálogo y las opiniones diversas en sus agrupaciones partidistas. De ahí, que los enfrentamientos han llevado a las divisiones. Todos los partidos políticos dominicanos han conocido la división, en la lucha por el poder.

El caudillo se cierra al diálogo, evita que surjan nuevas ideas, cercena cualquier brote que busque el consenso, y la división viene al final. La lucha de ideas, es la espina dorsal de los partidos políticos, y lanzarla a la basura es negar el surgimiento del espíritu democrático.

Las aperturas sociales son necesarias para fortalecer la institucionalidad. Un país donde no exista el libre intercambio de las ideas, va camino de choques profundos, de consecuencias irreversibles. Por suerte los dominicanos en los últimos años están comprendiendo que la concertación y el diálogo debe ser el camino fundamental para enfrentar los problemas colectivos. Fuera de ahí, es caer al vacío. ¡Ay!, se me acabó la tinta.

Por Manuel Hernández Villeta

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