El caos no puede ser la respuesta

Por Francisco S. Cruz lunes 13 de julio, 2020

Modestia aparte, creo haber sido un crítico, si se quiere, irreverente y ácido dentro de mi partido -el PLD- y para muestra mis dos libros-garabatos: Oficio de locos y La otra cara de la política. Ambos, una compilación artículos de opinión y breves ensayos, desde el 2007 al 2013. Más los escritos u artículos de estos últimos años, en el mismo tono y sentido crítico; pero, además, siendo funcionario y guardando un equilibrio sin caer panfletismo o apología ciega (preservando una cierta independencia de criterio).

Desde ese abordaje, y a todo riesgo de la ira de los dioses, escribí, reiteradas veces, que el PLD adolecía de varias falencias que había que conjurar: a) un agudo déficit de democracia interna -donde el Comité político había suplantado al Comité Central hasta reducirlo a “convidado de piedra”, las posposiciones de los Congresos como subterfugio o predicamento de que el partido estaba en el poder y la formación de una claque subalterna satélite del CP que suplantaba o succionaba al secretariado y los organismos medios y de bases-, b) que, en esa dinámica de control y hegemonía, se daba una suerte de operatividad política en donde coexistían dos partidos: uno de masas y otro de cuadros (el de masas aparecía cuando habían elecciones -para ganarlas- y el de cuadros-jerárquicos -que, estatutariamente ya no existía desde el 2001- que aparecía, consumado el triunfo, para replegarse y alzarse con control del partido y el poder, hacia arriba (lógicamente, esto  creó tendencias de poder-dependencia, no de ribete o componente ideológico o doctrinario, y los más hábiles o conectados, a algún jefe o cacique, acedia a puestos públicos o a ser parte asalariado del partido.

Por supuesto, también, se generó niveles de nepotismo), y c) el resultado de esa suplantación orgánica, por la cúpula, fue lo que creo todo este correlato o desface partido-sociedad que desembocó en la impostura-enfrentamiento de dos de liderazgos -Leonel-Danilo- que se hizo imposible conciliar o “cohabitar” sobrando uno de los dos y los demás es historia o ganas de hacernos los suizos. De ese nudo gordiano-partidario, tomé partido o “tendencia” del lado de Danilo Medina (y aun sigo y seguiré identificado con él y su visión de hacer avanzar la agenda social histórica acumulada).

De modo que nadie venga ahora, desde el PLD, con bravuconada, frases lapidarias o a rasgarse la vestidura como si, mientras sucedía lo que sucedía, estábamos en Marte o en Júpiter. No, en el PLD, todos somos responsables y actores, en menor o mayor medida o protagonismo, de esas anomalías o degradación orgánica, pues, primero, se esfumó el partido de cuadros, luego, la disciplina, después lo doctrinario-ideológico, y con ello, la formación política.

Todo ello -se venía incubando-, desde antes de llegar al poder -1996- y con más ímpetu en los 16 años corridos que concluye este próximo 16 de agosto que, irónicamente, y a pesar de los pesares, les cambiamos, para bien (con luces y sombras), el rostro al país y a la gente. Si hay dudas al respecto, que se consulte las fuentes de organismos internacionales que monitorean desarrollo económico, desarrollo humano, gobernabilidad democrática e índice de pobreza.

Entonces, no es pidiendo cabezas, fomentando el caos o cismas que debemos afrontar los retos de renovar, “refundar” o relanzar el partido. Lo que, si no admite discusión alguna, es que tenemos que convocar y realizar, con cierta urgencia y sin posposición, el Noveno Congreso Ordinario so pena de que las críticas (¡válidas!), el desahogo y el decir, a todo pulmón, algunas verdades nos desborden, anarquicen; o peor, que intereses foráneos, pero interesados en engordar una franquicia o descarrilarnos, nos haga protagonizar una “fiesta de los monos”.

Evitemos eso y hagamos, este año, lo que es inevitable: los cambios y reformas que el partido necesita para adecuarlo a los nuevos tiempos de una reingeniería impostergable. De lo contrario, las voces del caos o los amantes del circo romano terminarán marcando la ruta o el epitafio de lo que aún es el partido mejor organizado, formado y apto para volver al poder con otra dinámica y dirección más equilibrada -generacionalmente y no dedo- y con más sintonía partido-sociedad.

Finalmente, un consejo: no queramos tirar al zafacón a ningún dirigente por cuestiones generacionales o de ímpetus de juventud ansiosa, sino pensando en lo que aún puede aportar y en sus experiencias.

Y tampoco culpemos a nadie -que se haya ido- ni olvidemos que, muchos de esa vieja guardia, son viejos zorros de la política -que es universal, no nos engañemos-. Igual, tampoco confundamos un partido político con un retiro de monjes o de ascetas.

Eso sí, habrá que poner en retiro, ordenado, a algunos que, por terquedad o vicio de mandar, querrán resistirse a los cambios. A esos compañeros, expliquémosle y si no entienden o se resisten, entonces, que la mayoría decida. Sin embargo, ojo también, con algunos jóvenes bien perfumados y vestidos -y hasta bien formados- pero desprovistos de ética y de vocación de servicio.

Tenemos paradigmas de líderes políticos a seguir: Juan Bosch, Nelson Mandela y hasta José -Pepe- Mujica. No tenemos que descubrir el agua, solo abrevar en ella. ¡Hagámoslo!

Por Francisco S. Cruz

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