El campo está sepultado

Por Manuel Hernández Villeta miércoles 15 de mayo, 2019

De un día para otro, la República Dominicana saltó de ser un país eminentemente rural, a caer  en una sociedad urbana, nucleada en tres o cuatro ciudades con la mayoría poblacional.

La migración masiva del campo por parte de las nuevas generaciones, que no tienen devoción  a la tierra, ni deseo de trabajar de sol a sol con la azada y el machete, dejó a la campiña sin su principal ingrediente,  que era el amor al terruño.

Ayudó a cambiar el panorama  de la zona rural y dar paso al  olvido tradicional, las condiciones de vida infrahumanas, la desesperanza, la falta de energía eléctrica, el agua potable contaminada, la ausencia de mercado para los pocos frutos cosechados, la inexistencia de hospitales y la desaparición de las grandes plantaciones de caña y banano.

Hoy el campo es territorio de los grandes terratenientes. Ya está sepultado el conuquismo, y la reforma agraria no pasó de ser un espejismo, una demagogia de gobiernos que trataban de conseguir el voto de los campesinos.

El labriego que sale de su campo a las cuatro de la mañana a trabajar hasta que caiga el sol, para extraer un fleje de yuca o una mano de plátano, está abandonado a su suerte. Cuando se habla de desarrollo del campo a ese personaje no se le menciona.

Hoy lo único que sobrevive en el campo es la masiva agroindustria. Maquinarias sofisticadas y hombres para echar el día, mal pagos y sin seguridad social. Es tierra fértil para la utilización del migrante ilegal haitiano. Pero es hora de hacer revaloraciones y tratar de salvar al campesino dominicano. Nuevas fórmulas ante el fracaso de una reforma agraria que fue inoperante, y buscar la manera de atraer a los jóvenes al área rural.

No puede haber alegría cuando se habla de la zona rural. Solo hay que mirar las decenas de barrios marginados surgidos en el Gran Santo Domingo, casi todos sus moradores tienen raíces rurales, y salieron huyendo a la miseria espantosa en que vivían.

Hay que trabajar con los campesinos que todavía hoy tienen fe en hacer producir la tierra. De cómo se le lleve el progreso a esa minoría, dependerá el retorno a los predios. Hay que estudiar el fenómeno de como el campo que era el eje central de la vida nacional a mitad del siglo 20, pasó a ser una pieza del recuerdo.

Las acciones no puede ser demagógicas, sino realista. El campo tradicional murió, está sepultado. Hoy hay que hacer renacer las esperanzas, a los que  desean dejar la vida en los tugurios de las grandes ciudades, y volver al origen de sus abuelos.  ¡Ay!, se me acabó la tinta.

 

Por Manuel Hernández Villeta

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