¡El camino de la confrontación no se dirige a la presidencia!

Por Jesús M. Guerrero miércoles 16 de mayo, 2018

La perfidia en el quehacer político es bastante empleada al momento que inician las agresivas luchas de poder, nuestro escenario electoral no es la excepción. Pocas semanas atrás atestiguamos lo violento que se pueden tornar las arremetas, aplicando la tesis de Joseph Goebbels; repetir una mentira hasta convertirla en verdad, pero cuando se conoce la realidad poco efecto surte el discurso atacante.

Han surgido casos bastantes conocidos en países hermanos, al momento de traspasar el poder a un compañero de partido y que al privilegiado, asumir el mando, cambie las reglas de juego. Podemos ver como Lenin Moreno se alzó con la banda presidencial en el Ecuador y se estableció en el mismo sobre los escombros del liderazgo de Rafael Correa quien lo perfiló como su sucesor, escalando al punto, de que el expresidente ecuatoriano abandonó las filas de Alianza País, alegando que los dirigentes actuales robaron las estructuras partidarias.

Como también ocurrió en Colombia, en el momento que Álvaro Uribe Vélez, señalo como su relevo y garantía de continuidad a Juan Manuel Santos. Solo hay que recordar el enfrentamiento tenaz que encabezaron dividiendo la sociedad colombiana a la sazón del acuerdo de paz con la tristemente célebre FARC. Santos fue el ministro de defensa de la administración encabezada por Uribe, aunque esta lucha ha sido más ideológica que por ambiciones de poder.

No es secreto para nadie que con el pasar del tiempo, el uribismo ha sido la piedra en el zapato de Juan Manuel Santos.

También se puede ver la forma en que Trujillo se hizo con el poder, resguardado bajo el manto protector de Horacio Vásquez, luego de la ampliación de su mandato; surgió el cuartelazo de Santiago y lo que prosiguió durante 30 años es conocido por todos.

Lo que tienen en común estos casos, no es más que quienes fueron llevados a escalar los resortes del poder cobijados de la sombra ventajosa de líderes con arraigo para cualquier aspirante presidencial, es que como reza el argot popular, sacaron las uñas después de sentarse en la silla. No importó que no comulgaran con las ideas de quienes los catapultaron para que treparan los espirales del poder, no los confrontaron hasta que pudieron implementar sus propios libros para gobernar.

Es prueba fehaciente que es más fácil articular un proyecto político desde unidad que desde el conflicto. Es decir, retrasarla hasta después de obtener la victoria. Si es inevitable, los hombres por naturaleza al obtener poder desean inmortalizar su legado en la historia, de ahí surgen la mayoría de los rompimientos de las camaraderías políticas.

¿Qué ventajas podría obtener el ataque desmedido contra quien te introdujo al escenario político, antes de las venideras elecciones presidenciales del 2020?

Tal cual dijo Jacques Benigne Bossuet, cito: “La política es un acto de equilibrio entre la gente que quiere entrar y aquellos que no quieren salir.” Radicalizar los métodos de competencia nunca es buena medida y mucho menos para quien no ha obtenido nada por medio de campañas de choques.

Además de propagar la imagen de deslealtad ante los ojos de gran parte de los electores, que por más rudo y poco transparente que sea el ejercicio proselitista, los votantes no admiran los golpes contra quien te legitimó ante sus ojos. En el momento que un dirigente probado lo validó al hacerlo su compañero de boleta en un proceso electoral y apoyar sus eventuales pretensiones presidenciales sin reservas, da mucho que pensar, ver como se paga con ataques y no gratitud.

Al ver personalidades de la opinión pública propinar embistas e injurias contra quien más necesario seria en el proyecto de Abinader de ser candidato en el 2020, parece que no se tomó en cuenta el capítulo 12 del Príncipe de Nicolás Maquiavelo respecto a los mercenarios, antes iniciar una campaña de tergiversación y descredito.

Penosamente, parece ser que no aprendieron de todos los errores que fueron la antesala de las derrotas en el antiguo PRD.

Concluyo con la siguiente frase del extinto Canciller alemán Konrad Adenauer: “En la política hay adversarios y correligionarios: estos últimos son los más peligrosos.”

Por; Jesús M. Guerrero

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