El arte de pausar

Por Luis Cordova

He tomado unos días para hacer pausa, votos de silencio, respirar y esperar. ¿Esperar por quién o que suceda qué?

El existencialista Jean Paul Sartre nos avocó una posible resistencia cuando, amargamente, explica la desesperanza y esperanza, una extraña fórmula para un fauno caribeño.

Los isleños, seres que se creen libres en su perpetua embriaguez de soles y sales, siempre esperamos algo. Nuestra alma, angustiosamente alegre, bordea la soledad lo mismo que la compañía, para ambas con un canto que va a parar en el repiquetear de un tambor.

Pausas largas, breves eternidades. Hasta el tránsito vehicular, para fluir de manera adecuada, necesita de la intermitencia del semáforo.

Pausar. Igual que la serie que por instante nos sedujo hasta la inmovilidad, detener el streaming que corre indiferente, que no nos espera y que preferimos administrar a nuestro modo.

Hay que detenerse y me he detenido. Algunas semanas sin cumplir con algunos compromisos. Jamás por holganza, pues a fuerza de madrugadazos mis padres me forjaron un amor por esperar en la faena la sorpresa de la luz del día nuevo. A esta edad me pregunto si es una suerte de autoflagelación o si verdaderamente disfruto de estas particulares jornadas.

Detenerse, en ocasiones por voluntad y no por una fuerza adversa que nos inmovilice, se va perfeccionando con el paso de los años. Algunos lo consideran parte de la “madurez” (aunque por lo general quienes la reclaman sean los menos maduros en sus conductas), pero otros la denominan “conciencia”.

La agenda imperante parece desplazarnos en una correa como en la que caminaban los Supersónicos, los Jetsons que tantos elementos de la cotidianidad predijeron. Por algo la viralidad de la vieja imagen del Reino Unido de la Segunda Guerra Mundial, vino a inspirar a estas generaciones: “Keep Calm and Carry on”.

Por inercia avanzamos, vamos hacia la consecución de objetivos, metas, y pocas veces advertimos si el ritmo con que lo hacemos es el nuestro (si vamos a la velocidad propia, adecuada) o si estamos siendo arrastrados por el derredor, por la lacerante inmediatez, la absurda competencia o la arrogancia que nos impide reconocernos como una pieza más (indefensa y prescindible) del tablero de la vida.

Pausar es ver y comprender el entorno. Reconocer si estamos amando un corazón inadecuado, si la tarea de la vida nos hace felices, determinar qué tan cerca o lejos está lo anhelado, entender nuestra existencia tránsito, el perpetuo aprendizaje que nos hará más cristianos, aun no teniendo fe.

Para saberse humano se debe cultivar la pausa. Hay algunos que lo intentaron, sistematizar la pausa como un acercamiento a comprender nuestras limitaciones y hacer de la vida un espacio menos angustioso, respetando a Sartre y teniendo espacio para no pausar más la publicación de esta columna. Pausar, en ocasiones, es la mejor manera de avanzar.

Por Luis Córdova

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