El amor  

Por Humberto Bogaert García

No hay amor sin desengaño; sin el anhelo nostálgico de una unidad perdida y aparentemente recuperable, incluso cuando la pareja permanezca “unida”. La relación sexual, como coincidencia de contrarios, como complemento y restablecimiento de la unidad primordial, no existe. Existe el deseo y, en algunos casos, la promesa de unidad.

El amor, en tanto anhelo de unidad, implica una diferencia respecto a lo perdido. Por esa razón, si el partenaire se vive y se ofrece como un objeto complementario, como una ofrenda incondicional, está condenado al rechazo o al menosprecio. El amor y la angustia se dan siempre la mano; son uña y carne. Y aquél que elimina la angustia de su pareja se condena a perderla. Sólo aquél que muestra su insatisfacción provoca en el otro el deseo de saciar, el ansia de colmar, porque suscita el anhelo de recuperación.

Se trata de descubrir una falta que el otro deberá reconocer para poder evocar el paraíso perdido. El que reprime su insatisfacción está condenado al rechazo.

El más solícito y gentil de los amores, el más desinteresado y “cortés”, implica la imposibilidad total o parcial, permanente o transitoria, de realizarlo a plenitud.

La más conforme y satisfactoria de las relaciones es tan sólo la aproximación a un ideal ilusorio, engañoso e inalcanzable, pero que debemos tener presente para denotar, permanentemente, que no estamos ahí incondicionalmente; que aun cuando agradecemos y disfrutamos, valorizamos y respetamos, denunciamos abierta o clandestinamente que hemos sido exiliados del paraíso para siempre.

El goce absoluto siempre se persigue porque es lo imposible: el verdadero es inalcanzable, el discernible es siempre nostálgico. En el hombre, llenando la falta; en la mujer, acariciando la herida; en ambos, recorriendo las huellas.

 

 

Por: Dr. Huberto Bogaert García

Psicólogo clínico – Psicoanalista

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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