Duarte romántico, de carne y hueso, centrado en la patria

Por Victor Elias Aquino martes 16 de julio, 2019

Duarte (Juan Pablo Duarte), sueño que “nunca, que nunca falte memoria para recordar tu  historia”, que eres el dominicano más exitoso, de la nada; de imágenes, de las puras ideas concebiste una bandera, una patria para izarla y que un pueblo fuera libre para amarla, separado e independiente de cualquier potencia extranjera.

A su hermana Rosa, debemos el dato de que Juan Pablo adquirió su alfabetización gratuita con sólo seis años.

Cuentan que, una amiga de su madre, doña Manuela Diez, tomó para sí, con paciencia, con amor y calma el trabajo de presentarle las vocales; las primeras sílabas que devinieron en palabras, éstas, a su vez, dieron a luz a las frases y las últimas a las oraciones, que servían para rezar y para trabajar.

Ahí están los versos del joven Juan Pablo, son también elocuentes, son cristales transparentes de los que emerge su figura, para unos frágil, casi etéreo, y para otros, robusta y erguida como el roble.

No debiera extrañar que, Juan Pablo Duarte, ese joven de carne y hueso, querido y amado por familiares, amigos y conocidos, trillara el camino de sus antepasados, aprendiendo el catecismo católico a tierna edad. Lo recita en el plano familiar, cobijado por el amor de padres y hermanos.

Pero, Juan Pablo, como le conocían sus amigos, no se quedó ahí en estrecho vínculo familiar.  Se enrumba,  se remonta en el tiempo y el espacio, por el camino que siguieron sus antepasados, por eso la bandera dominicana es la única que tiene la Biblia abierta clamando, clamando: ¡Léeme!

El escudo de armas de la República Dominicana, es el emblema heráldico que representa la nación y que, junto con la bandera y el himno nacional, tiene la categoría de símbolo patrio.  Lleva en el centro la Biblia abierta en el evangelio de San Juan

Ese libro, en el capítulo 8, versículo 32 dice:  “y  conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”, pena de la vida que políticos se hayan encadenado a intereses y no a servir al país.

Es un joven que tiene tiempo, dedica las horas necesarias a estrechar vínculos con jóvenes que serían los futuros miembros de la Sociedad Secreta la Trinitaria: Juan  Isidro Pérez,  Pedro Alejandrino Pina, Félix María Ruiz, Benito González, Juan Nepomuceno Ravelo, Felipe Alfau, José María y Jacinto de la Cocha.

La vida de  Duarte tiene capítulos hermosos, fue discípulo aventajado del maestro Gaspar Hernández, quien le enseñó al patricio las artes de la filosofía.

Es penoso que, muchos olviden, que además de sacerdote y educador, el cura dominico fue un ideólogo de la independencia nacional, lo que la llevó a educar con este propósito a nuestro padre de la patria.

Tengo ante mí a un dominicano de carne /hueso,  de fuego de mar, que amó mujeres, estimado por sus amigos.   Tocaban la guitarra, piano y experto en esgrima, como parte de su proyecto independentista.

Pero no se quedaba ahí. Fue el hombre de acción que fundó la Dramática, entidad dedicada al teatro como parte del tinglado orquestal que diera como resultado la sinfónica de la libertad y de la liberación del país.

Es ese romanticismo, centrado en la literatura y el deseo de conocer el mundo, el que lo lleva a leer las obras del genio de la literatura francesa  Víctor Hugo, a la sazón, uno de los autores más importantes de la literatura francesa.

Realmente, Duarte  era polifacético, sus viajes a los Estados Unidos, Francia e Inglaterra, le permite perfeccionar el inglés, francés y catalán español.

Las letras del himno nacional, de la pluma del poeta Emilio Prud’ Homme,  y la partitura musical del maestro José Reyes en 1883 resumen la grandeza de nuestro canto patriótico.

Si alguien no conoce la historia del país, sus cantos de hacha y sus luchas libertarias, los invito a leer la tercera estrofa del himno:

 

Ningún pueblo ser libre merece

Si es esclavo, indolente y servil;

Si en su pecho la llama no crece

Que templó el heroísmo viril.

 

Y la última estrofa reza:

¡Libertad! Que los ecos se agiten

Mientras llenos de nobles ansiedad

Nuestros campos de gloria repiten

Libertad! Libertad! Libertad!

 

Por Víctor Elías Aquino

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