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Duarte en el siglo XXI

Por Ernesto Jiménez Viernes 27 de Enero, 2017

“Vivir sin Patria es lo mismo que vivir sin honor”. Juan Pablo Duarte

El 26 de enero de 1813 nació en la ciudad de Santo Domingo el padre fundador de la República Dominicana, Juan Pablo Duarte. Este hombre, desde muy joven concibió ideas revolucionarias de liberación nacional que lo llevarían, con tan solo 25 años, a fundar una organización secreta con el objetivo de luchar contra la ocupación haitiana y lograr la independencia de su pueblo.

Las avanzadas ideas del padre de la Patria fueron la clarinada inicial que impulsó el proceso de creación de un nuevo Estado en América. Sin embargo, las fuerzas conservadoras dominantes no comulgaban con sus ideales de libertad, honestidad y servicio incondicional, por lo que, en todas las etapas de su lucha por la emancipación del pueblo dominicano, el patricio fue perseguido y desterrado por los poderes políticos y económicos que dirigían la vida nacional.

Lamentablemente, ese rechazo a Duarte no se limitó a la persecución física del hombre, sino que, a través de los siglos se manifestó como un repudio a los sagrados principios que sus ideales encarnaron, y pareciera que esa alienación social –consciente e inconsciente- cobra mayor fuerza en un mundo donde ha triunfado el espectáculo, el consumismo y la ambición. Por eso, en ocasiones se percibe que la moral duartiana no tiene cabida en el siglo XXI.

Las mismas fuerzas oligárquicas que en su momento exiliaron a Duarte, bloquearon las políticas liberales de Luperón y dieron el fatídico golpe de Estado a Juan Bosch, son las que siguen determinando el destino de la Nación, haciendo prevalecer sus intereses económicos por encima del bienestar colectivo, corrompiendo a su vez, las estructuras institucionales que dan fundamento al Estado. A pesar de su hegemonía, esas fuerzas, a través de la historia, han enfrentado la férrea oposición de hombres y mujeres que desde la trinchera del honor han intentado instaurar los principios duartianos en la sociedad dominicana. Honrosos ejemplos, como los de Gregorio Luperón, Américo Lugo, Ulises Espaillat, Salomé Ureña, Francisco Henríquez, Fernández Domínguez y Juan Bosch han servido de faro señero para iluminar los senderos de dignidad y progreso que soñó el fundador de nuestra Patria.

El sacrificio de esos gigantes ha mantenido viva la llama del pensamiento de Duarte en el corazón de los buenos dominicanos. Esas ideas del patricio, hoy más que nunca, son la enseña que nos impulsa a luchar incansablemente por la libertad y el desarrollo económico y social de nuestro país, sus convicciones y ejemplo de vida marcan la ruta de un futuro más justo y próspero al instruirnos, con sus propias palabras, a que “trabajemos por y para la Patria, que es trabajar para nuestros hijos y para nosotros mismos”.

Por eso es menester entender que debemos honrar con nuestras acciones –más allá de discursos y palabras rebuscadas- las ideas de quien acorde a Joaquín Balaguer es el “Cristo de la libertad” de nuestro pueblo. Y esto no es imposible ni requiere de un sacerdocio impoluto. A Duarte lo honra el hombre y la mujer que trabaja, el deportista que se esfuerza por ser mejor, el estudiante que se esmera en su aprendizaje, el empresario que produce bienes y servicios de forma eficiente y honrada, y el político que sirve con honestidad a su Patria.

Ese es el camino, de eso de trata. Por lo tanto, los jóvenes tenemos el hermoso reto de asumir la tarea de culminar la obra de Duarte, especialmente en estos tiempos peligrosos donde la iniquidad amenaza con tragárselo todo, donde la democracia es un cheque al portador y la ley un libro vilipendiado y viejo; definitivamente, en momentos como este es cuando más necesitamos reivindicar el ejemplo de valor, honestidad y entrega del más ilustre de todos los dominicanos.

¡Que viva Juan Pablo Duarte!