¿Dónde van los obreros?

Por Manuel Hernández Villeta viernes 28 de abril, 2017

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En mis años de charlista en organizaciones culturales, me tocó un primero de mayo en la recta final de los doce años del gobierno del doctor Joaquín Balaguer ir a un encuentro en un club de Villa Duarte, para hablar de una película que en el año 1972 ganó la Palma de Oro en el festival de Cannes. La dirigía Elio Petri y el actor principal era Gian María Volonté.

En un atestado local rodeado por una docena de agentes de seguridad comencé el encuentro con estas palabras: la clase obrera tiene que llegar al paraíso terrenal. A los quince minutos se inició la represión y para no ser detenido, los organizadores me sacaron por el patio del local, brincando una empalizada de alambres de púas.

¿Cuándo llegará la clase obrera al paraíso?. En medio de la desigual distribución de las riquezas, y en una crisis económica que golpea a los de salario mínimo o a los sin empleos, no tengo respuestas a esta pregunta. Recuerdo mis primeros años de crítico de cine en que siempre me apasionaba el argumento de la cinta cinematográfica La clase obrera va al paraíso.

Utopía al ristre, era el paraíso terrenal, porque estaba encamisado por ideas de libres pensadores, ateos por lineamientos ideológicos de esa década de los 60-70 del siglo pasado, que algunos intelectuales atrevidos llamaron la década perdida.

Era terrenal ese paraíso, con la eventual desaparición de las clases, y la refundición de los obreros y campesinos con una sólo idea y un único esfuerzo de lograr el gobierno de los proletarios. Hoy parece un eco perdido en la distancia aquel Proletarios de todo el mundo uníos.

Los dominicanos siempre tuvimos un movimiento sindical fuerte. Los dos principales renglones de esa fortaleza era la vil explotación de la mano de obra no calificada en los campos de caña y en los muelles. Allí surgieron los sindicatos más firmes, y los dirigentes laborales criados teniendo el acero por piel.

Recuerdo algunos con los que trate en mis inicios del reporterismo periodístico: Julio de Peña Valdez, Barbarín Mojica, Gabriel del Río, Enrique y Enriquito De León, y ese titán que la enfermedad doblegó, Francisco Antonio Santos….Y ya, fueron tantos que me perdonan que no los cito uno a uno, pero les doy su reconocimiento porque se las condiciones difíciles en que les tocó trabajar. Hoy se necesita esa mística de un movimiento sindical fuerte y poderoso.

Por desgracia la debilidad de los partidos de izquierda los llevó a fortalecerse en frentes de masas y se cobijaron en centrales sindicales, dándoles fuerza operativa, y prestándole a dirigentes de fuste. Hoy tenemos que seguir la lucha por las reivindicaciones sociales, por los que trabajan y por los que no encuentran donde vender su fuerza de trabajo.

Las principales centrales sindicales ahora son simples locales y sus dirigentes se enfilan a simples luchas económicas que les permitan concitar algún respaldo de los obreros. Pero su presencia cada día es más un espejismo, lejos de lo que debe ser un amplio movimiento de masa laboral en busca de reivindicaciones.

La coyuntura dominicana de hoy necesita lucha resuelta para que se den mejorías colectivas, que todos los que integramos esta sociedad tengamos trabajo, comida, asistencia médica, respeto a nuestros derechos humanos y seguridad. Hay un gran reflujo social, que tenemos que romper. Me tocó hace muchos años dirigir un conversatorio sobre la película Sacco y Vanzetti, sobre dos mártires del movimiento obrero. En la banda sonora Joan Baez golpeaba al espectador:… “sólo el que calla debería avergonzarse”… ¡Ay!, se me acabó la tinta.

 

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