Donald Trump, o el sabor amargo de una victoria

Por Francisco S. Cruz Sábado 28 de Enero, 2017

Con el Presidente Donald Trump se ha dado algo curioso: nadie lo daba por presidente (sólo un brujo o chamán peruano quizás pasado de trago, y por supuesto, alejado de la grosera manipulación mediática que permeó la recién pasada campaña electoral: Hillary vs. Trump) y ahora que es Presidente constitucional de los Estados Unidos, los analistas y adversarios políticos (sobre todo, demócratas) que diagnosticaron su derrota; le auguran, leyendo su aura, si acaso, dos años en el poder, pues les avizoran un juicio políticos basado en dos razones básicas: 1) está queriendo imponer, a fuerza de amenazas y castigos, un nuevo orden mundial –proteccionista-egocentrista- despalda a la globalidad; y 2) porque está poniendo en ridículo a su país ante el mundo, a su vieja tradición democrática, y lo que es peor, yendo, en tiempo real y desde el poder, en vía contraria al establishment y, de paso, haciendo añico la vieja filosofía o liturgia universal de la clase política (líderes y políticos profesionales): ¡no cumplir ni hacer lo que ofrecen en campaña!

 

Contrario, Donald Trump las estas cumpliendo, sometiendo y ejecutando todas. Que, luego, sea –ese cumplimiento fiel de sus propuestas de campaña- su fosa o fracaso, eso, como se dice, sería harina de otro costal.

 

Sin embargo, hay, en medio de la incertidumbre y los malos augurios, un ejercicio que nadie quiere hacer y es este: ¿Por qué gana Trump?

 

Desde mi exigua óptica, he situado –en varios artículos- la génesis del fenómeno Donald Trump en varias quiebras de paradigmas, y me cito:

 

1) Al margen de cualquier análisis puntiagudo o especializado sobre el fenómeno Donald Trump, que, al principio nadie creía llegaría siquiera a la esquina, estoy convencido de que más que la expresión de miedo-temor –en un amplio segmento de la población blanca-conservadora (y una franja de los afroamericanos) frente a la migración y al terrorismo- y la búsqueda de un hombre fuerte-patriarcal que, de alguna forma, recupere algo de la otrora omnímoda supremacía mundial de los Estados Unidos, hay dos elementos que, en mi opinión, explican, en parte, tal ascendente de un showman cuyo fuerte no es la política sino los negocios y el espectáculo. Esos dos elementos, a mi modo de ver, son: a) el antecedente Barack Obama (un referente étnico-histórico); y b) la evidente escasez de liderazgo -de oficio netamente político- carismático o aglutinador en el partido republicano.

 

2) Hay dos libros que pueden –como ninguno- situarnos e ilustrarnos en el actual contexto global: “Civilización Occidente y el resto” (de Niall Ferguson) y “El fin del poder” (de Moisés Naím), pues ambos textos ponen sobre el tapete la perspectiva histórica, la ruptura o crisis de los viejos paradigmas en que se sustentó el poder universal, su control y dominio y la actual paradoja de cómo ya no son, en un sentido categórico, las armas, los ejércitos, los capitales ni los grandes centros de decisiones mundiales (G-8, G-20, Unión Europea, Otan, ONU, FMI,BM, BID, BRICS, etc.) los que determinan –ipso facto- las tendencias globales de los derroteros de este mundo convulso y disperso. Por supuesto, no se trata de que se haya impuesto una suerte de libre albedrío universal o de que el poder haya perdido su contenido histórico-fáctico decisorio, pues a diario los ciudadanos -¡de todas las sociedades!- descubren que aun los partidos políticos (incluida la tal llamada Sociedad civil), los lideres, las clases gobernantes y los actores fácticos que gravitan en toda sociedad conservan poderes y privilegios formales. El fenómeno es pues de otra índole según lo capta-condesa Naím. Se trata de esto:

 

“Los cambios que aquí discutimos [y que se están dando actualmente] han beneficiado a los innovadores y a nuevos protagonistas en muchos campos; entre ellos, por desgracia a delincuentes, terroristas, insurgentes, piratas informáticos, traficantes, falsificadores y ciberdelincuentes…” (El fin del Poder, pág. #. 32).

 

Sin duda -y desde los nuevos avances científicos-tecnológicos- dos elementos han contribuido decididamente al desfase y viraje actual que vive la humanidad hoy día: 1) lo que se ha definido como “la era del conocimiento”; y 2) el Internet. Ambas herramientas y presupuestos superestructurales-ideológicos-mercadológicos –cada vez más al alcance de los ciudadanos comunes y corrientes- les da, en cierta forma, un tipo de poder diríamos que marginal-cotidiano que cada vez más los aleja de aquel prototipo de ciudadano desinformado, amorfo e ingenuo –aunque siga simulando serlo- de la estratagema del poder para mantenerlo cautivo y seducido.

 

Por igual, en las décadas de los 60s, 70s y parte de los 80s, todos vimos como las elecciones en Latinoamérica eran cuasi teledirigidas-manipuladas por los centros del poder mundial (superpotencias, centros financieros, agencias mundiales de noticas, etc.). Lógicamente, eso cambió en la medida en que los países; pero, sobre todo, los actores o detentores del poder global fueron perdiendo zona geopolítica de control e influencia vía conflictos y procesos complejos –guerras, decadencia cultural-religiosa, y no pocas veces, rezago tecnológico, desaparición de la URSS (Guerra Fría, Perestroika y Glasnost)- y descubriendo que a los líderes locales-nacionales se les hacía cada vez más difícil garantizar y reproducir los esquemas de dominación-subordinación y dependencia global-regional, o de zona de influencia religiosa-cultural llamados a dirigir y controlar en función de la adherencia -política-ideológica- a los otroras bloques antagónicos: capitalismo versus y socialismo que ya hoy, al menos en término ideológico, desaparecieron en el contexto de una fragmentación geopolítica de bloques y sub-bloques mas cónsono a intereses de mercados, de intercambios comerciales, firmas de tratados y convenios y de diseño o re-diseños de organismos internacionales (financieros y de orden jurisprudenciales internacionales) para la dirimir conflictos internacionales y para diagnosticar y recetar falencias históricas-estructurales que esos actores globales –que han creado esos instrumentos o agencias- contribuyeron a crear y no en pocos casos, fueron las fuentes originarias de sus capitales, riquezas y bonanzas, en parte, que hoy exhiben.

 

De modo que por esos cambios y rupturas de paradigmas es que vimos como también las elecciones en los Estados Unidos (que antes eran ejemplos de civilidad, de exclusividad nacional y altos estándares democráticos), de alguna forma, se han convertido en eventos globales –cuasi caricatura-semejanza de elecciones latinoamericanas- en donde el dicho “cazador cazado” se está dando. O dicho en otras palabras, de ellas –de las elecciones en los Estados Unidos- estuvo participando todo el mundo –vía internet, radio, televisión y redes sociales (mientras y como el que no quiere la cosa, Daniel Ortega, en Nicaragua, realizó, en un tris, “una hazaña democrática”: él y su esposa, son Presidente y vicepresidente, a la vez!)- pero no como simples espectadores, sino también, como actores activos interesados en influenciar de alguna forma en las tendencias electorales a favor o en contra de uno u otro bando (en el caso que nos ocupa fue: a favor de Hilary o de Trump). De modo que cada vez mas son menos los ciudadanos ingenuos que quedan en el mundo.

 

Otros ejemplos de cómo los procesos electorales o de decisión plebiscitaria dejaron de ser de interés exclusivos nacionales, fueron las votaciones (referéndum) sobre el Brexit en Inglaterra y la Paz en Colombia (Gobierno-Guerrilla). En ambos eventos los ciudadanos se inclinaron en dos líneas: a) en Inglaterra por el sí; y b) en Colombia por el no. No obstante, ello no fue óbice para que factores exógenos no trataran de influir en los resultados de dichos procesos.

 

3) Que cuando hablamos de Trump, lo que salta a la vista es otro fenómeno de estos tiempos: roles sociopolíticos contrapuestos –es decir, políticos empresarios y empresarios políticos y viejas falencias históricas-estructurales (racismo, marginalidad, pobreza, etc.)- no resueltas como reflejo de un fracaso global (en un sentido socio-histórico), y luego, por el descrédito y la degradación universal de la clase política y de muchos de sus líderes -cuya excepción o punto de inflexión ético-universal fue y es el binomio: Mandela-Mujica-.

 

Y es esa realidad o enfoque fáctico-académico, independientemente de sus aciertos provisorios, la que esta predominando en la mayoría de los análisis académicos y de otros de “políticos analistas” cuyas tesis y aprehensiones están matizadas-condicionadas por su condición de peones estratégicos-mediáticos de los poderes fácticos universales que, precisamente y desde otro ángulo, Donald Trump está trastocando por ser un outsider, o peor (para la liturgia-cultura universal del manejo del poder), la impostura, en la opinión de algunos, de un lego que no tiene idea de las turbulencias globales-regionales que está generando.

 

En mi caso, ni confirmo ni niego tales incertidumbres y aprehensiones –las académicas y las política- y sus bemoles futuros; pero tampoco no tengo porque poner en duda o tela de juicio la viejísima tradición democrática -de independencia de poderes y de contrapeso- que ha funcionado por más de doscientos años en los Estados Unidos. En otras palabras, está sobre el tapete (en la democracia estadounidense): quién domesticará a quién (y no creo que ese match, de contrapeso de poderes, lo gane Trump).

 

Tampoco creo que Trump sea el ombligo o padre gestor del rasero antiinmigrante que otea por todo el mundo hoy, pues ya sabemos que el fenómeno tuvo su epicentro en Europa (consecuencia de la Primavera Árabe y los cálculos fallidos de Occidente), igual que la ola regresiva de conservadurismo, nacionalismo, proteccionismo (¿O acaso, el Brexit, en Inglaterra, fue otra cosa?) y de sálvese quien pueda que campea en el espíritu de las superpotencias y que obliga, a los países pequeños y no tan pequeños, a agruparse y asociarse en función de sus intereses económicos, comerciales, geopolíticos y medioambientales…