Del coronavirus… ¡Cuantas lecciones!!

Por Venecia Joaquín jueves 23 de abril, 2020

No es por casualidad que el coronavirus ataca el cuerpo y exige confinamiento sin importar clase social, raza, credo; esta pandemia obliga a pensar en la igualdad, la solidaridad, en lo espiritual.

Expertos en salud y gobernantes buscan medicinas para el cuerpo, pero hasta sus precauciones llevan a valorar la importancia del alma, de la familia, las amistades, los vecinos ¡del prójimo!

Sentir palpitar el corazón y tener que reprimirlo; frenar la libertad; comprender el poco sentido de la vida sin poder abrazar al prójimo, sin encontrar un hombro para expresar alegrías, tristezas, enojos, traen lecciones dignas de ponderarse. La cuarentena por el coronavirus mueve a pensar en los sentimientos del YO interior y del entorno, para rectificar, para perdonar.

Hay quienes temen a la soledad, al encuentro intimo consigo mismo, el coronavirus ha obligado a tenerlo.  Me imagino como se sienten las personas toxicas, las que solo buscan lo negativo de cada evento; las que evitan armonía, acuerdos, porque tienen vacíos y temores existenciales y hacen de la controversia su eterna acompañante, su manera de expresar su sentir y mantenerse activo; los que piensan que  la paz lo sumergirá en soledad y evaden su vida espiritual, temen reconectarse con Dios.

Esta pandemia ha frenado de golpe lo suntuoso, la ambición; invita a la solidaridad, a compartir, a valorar aspecto sencillo del ser humano como una sonrisa, un saludo afectuoso, una taza de café; a valorar la naturaleza, la brisa fresca, una flor, el cantar de las aves.

A causa del coronavirus ¿Por qué cierran los templos que atienden el alma y abren hospitales y supermercados que atienden el cuerpo? La persona busca mascarilla, comida y se encierra, “deja de vivir por miedo a morir”, haciendo de los espacios “tumbas para vivos”, en lugar de dinamizarlos.

¿Qué sucedería si con la fe en Dios, abrimos las puertas del diario vivir? Es posible que, llenando el YO interior de coraje, podamos combatir este mal, sin tener que enclaustrarnos.

A mi juicio, que la Semana Santa fuera arropada por el Coronavirus, no fue coincidencia, es señal divina; se pudo demostrar que, por cuidar el cuerpo, abandonamos el alma. Los templos estuvieron cerrados; no se usaron ni como pasarelas ni para alardear de cristiano; no fue necesario un látigo para sacar mercaderes. Todo fue diferente. El hogar de los verdaderos creyentes fungió de iglesia; se oraba en familia, esgrimiendo   principios cristianos. ¡Vaya lección!

Lamentablemente, tenemos políticos y religiosos, que no captan los mensajes de esta pandemia; retuercen la realidad, buscan culpables, insisten en demagogia y siembran temores. Entristece que religiosos optaron por cerrar los templos, lugar de desahogo de creyentes, cuando debieron manejar el escenario, tipo supermercado, pero para abastecer el alma. Siguen los rituales por medios de comunicación, pero deberían darle pinceladas de la actualidad, exhortando a dejar la codicia, arrogancia, odios   y compartir con el prójimo; debieran enfatizar que la fuerza espiritual es superior a lo material y vence pandemias; que debemos entregar los temores a Dios, pues “con él a bordo, no se naufraga”.

Ojalá que cuando se retire el coronavirus, podamos hacer “pruebas rápidas” que permitan apreciar como quedo el alma de la humanidad; si los líderes y el pueblo    aprovecharon el aislamiento para reconectarse con Dios; si   hoy son capaces de  reconocer con objetividad los méritos de los demás y de defender con firmeza y coraje, la justicia social y el bienestar colectivo.

Por Venecia Joaquin

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