El debate sobre la Ley de Partidos Políticos y sus aristas

Por Francisco S. Cruz sábado 16 de septiembre, 2017

En estos días he leído argumentos, teorías, defensas, conceptualizaciones y hasta disparates –sobre todo, de viejos actores políticos que ya ni militan en ningún partido político, pero que han decidido “buscársela” por la libre y no de gratis-  sobre el proyecto de Ley de Partidos y Organizaciones Políticas y uno de su componente que concita y refleja divergencia hacia el interior de los partidos políticos –o más bien, en sus cúpulas y líderes- y, por vía de consecuencia, mayor interés público. Hablamos, por supuesto, del tema primarias.

Al respecto, las opiniones y argumentaciones van desde las posiciones a favor o en contra, generalmente, proveniente de dirigentes políticos –voceros de tendencias o de grupos-, de simple militantes; pero también, de académicos, politólogos, periodistas y teóricos, en mayoría –éstos últimos- malabaristas o trapecistas de nuevo cuño, que, por un lado, asocian la “crisis de los partidos” o “del sistema de partido” a la crisis general de la sociedad con su secuela de crisis de valores y que ochocuánto, todo ello, para ocultar o disfrazar sus preferencias por una u otra modalidad de primarias, pero más que ello, su membrecía o simpatía por el partido de múltiples agendas y financiamientos: el de la “sociedad civil”, o tal vez, quién sabe, opinantes periféricos –y ocasionales- para posicionar, en la opinión pública, posiciones políticas disfrazadas de argumentaciones teóricas -sociopolítica-filosóficas- de terceros que no dan la cara públicamente.

Pero vayamos a los argumentos, si se quiere justificativos genéricos,  de los partidarios –solapados o no- de la modalidad de primarias abiertas que, en Paraguay y Argentina son obligatorias, y en otros países, como Chile y los Estados Unidos, voluntarias e indirectas. Ello –primero-, para situar a los lectores en las modalidades de primarias abiertas en sus extremos (obligatoria o voluntaria), obviando las modalidades intermedias.

Es evidente que el abordaje y estipulación, por ley, a nivel regional o universal, de la modalidad de primarias abiertas está íntimamente ligado a varios aspectos cardinales: a) crisis de los partidos políticos –que, en nuestro país no es tal, sino de sus gerencias-cúpulas-; b) descrédito de la clase política; c) crisis de representatividad; y d) déficits de democracia interna en los partidos políticos tradicionales –incluidos las entelequias de “izquierda” y ventorrillos o pequeñas empresas de avivatos-políticos, básicamente, por el monopolio y hegemonía de sus cúpulas o jerarquías que además de cuasi vitalicia no propician procesos eleccionarios internos perpetuando una suerte de “endogamia” política a veces hasta hereditaria.

Sin embargo, cuando hacemos un levantamiento del arsenal científico-académico o sociopolítico de los estudios o inferencias publicas-ciudadanas sobre las razones de las bondades de la consignación –por de ley o rango Constitucional- de primarias abiertas, casi todos esos estudios o inferencias ciudadanas apuntan a “conjurar”  una serie de falencias políticas e institucionales que no son propias de los partidos políticos, sino de toda la sociedad y que, curiosamente, se dan, en menor o mayor grado, hasta en muchos países altamente desarrollados. Esto si sabemos que, en Europa, solo en Francia, Reino Unido, España y Portugal existe legislación sobre ley de primarias.

En consecuencia, con la ley de primarias abiertas, se procura entre otras “bondades” –que no las niego y pueden tener validez-: hacer más participativa y ciudadana la democracia; desterrar el autoritarismo y el control de los partidos políticos de jerarcas, patriarcas y jefes políticos que no propician procesos eleccionarios internos o que lo manipulan o mediatizan a través de múltiples subterfugios y pos-pociones; darle mayor representatividad y sustentación ciudadana a los candidatos propuestos por los partidos; darle la oportunidad para que los ciudadanos –inscriptos en el padrón universal de la JCE- observen que partido y candidato es más democrático y respetoso de sus estatutos.

Eso suena muy bonito, pero a la larga, terminará socavando y minando la fortaleza y razón de ser de los partidos políticos, pues, ¿cómo exigirle a un ciudadano cualquiera que asuma una determinada ideología, una doctrina, una plataforma de gobierno, o que, mediante la entrega e identificación con un determinado proyecto político partidario, sacrifique tiempo, mas allá del día de la votación, y haga carrera política? Porque no olvidemos que la política –y su ejercicio- además de arte es ciencia, y para ejercerla, con sentido de historia y de cuerpo doctrinario, necesita estudio, dedicación, pero, sobre todo, asumirse como oficio-carrera. Los ejemplos actuales, de ausencia de políticos profesionales, están a la vista de todos, y peor, con sus impredecibles consecuencias…

Finalmente, estoy convencido de dos cosas: a) que con primarias abiertas estaríamos escribiendo el epitafio de los partidos políticos y, de paso, facilitando, o mejor, coronando el partido de la “sociedad civil” y de los inversionistas de la política; y b) que lo que la ley no puede prohibir, en un régimen democrático y de derecho, es que cualquier ciudadano, o grupo de ellos, formen e inscriban, con apego a la ley, movimientos políticos para postular a los puestos de elección popular y, por vía de consecuencia, desterrar-desalojar a los partidos políticos formales u tradicionales. Y esa vía, en nuestro país, está garantizada incluso constitucionalmente. Entonces: ¿cuál es el interés de que las primarias de los partidos políticos sean, necesariamente, abiertas?

Para mi dos razones: 1) que los líderes de los partidos políticos, o una parte de ellos,  perdieron el control de sus organizaciones o que el abandono ideológico-doctrinario –tan ostensible- los orilló a ello; y 2) el temor –de sus cúpulas-líderes- que, con la aprobación de primarias cerradas o semi-cerradas, los partidos llamados “mayoritarios” terminen siendo partidos reales, es decir, del tamaño contable que son y no como el imaginario-auto-engaño que  han vendido-creído.

Pero aun, resultando así, ¿quién ha dicho que para ganar unas elecciones se necesita un partido de millones de inscriptos que, generalmente, nadie ve ni siquiera el día de las votaciones nacionales? ¿Para qué tantos bulteros, allantosos y “buenosparanada”,  que pululan en los partidos políticos?

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