De máscaras y mascarillas, peculiaridades de la toma de posesión

Por Camila García Durán viernes 14 de agosto, 2020

EL NUEVO DIARIO; SANTO DOMINGO.- Memorias históricas tan pintorescas como aquel 16 de agosto del 96 cuando Balaguer se apareció de negro a la toma de posesión de Leonel, contrario al protocolo de traje blanco que él mismo había establecido, sobreabundan en el recuerdo, pero probablemente, ninguna será tan peculiar  como la juramentación de Luis Abinader este domingo.

El presidente electo tendrá que asumir el cargo con mascarilla en el rostro, un antecesor escurridizo que rehuye a entregar la banda presidencial y ante la mirada vigilante de un pueblo hastiado que implora un poco de dignidad.

En el 157 aniversario de la Restauración y antes del mediodía, el hombre “del cambio”, en quien reposa la renovada esperanza de diez millones de quisqueyanos que han esperado demasiado, asumirá el timón de una República que navega a contracorriente en las turbias aguas de una pandemia.

Lo que no había ocurrido en 42 años, desde que Balaguer le entregara la banda presidencial a Antonio Guzmán en 1978 tras su gobierno de doce años, sucederá en 2020; Medina lo hará en un reducido acto en la oficina del presidente del Senado, Eduardo Estrella, y posteriormente se marchará de la sede del Congreso Nacional.

Lo mismo harán Margarita Cedeño y la nueva vicepresidenta, Raquel Peña.

Sucede que aquellos que se creían dioses del Palacio y del país ahora se enfrentan de golpe con la realidad en la cara, entonces se aferran a la desgastada excusa del virus para romper un protocolo tradicional que simboliza pluralidad y lealtad institucional.

Una vez más el mandatario se empequeñece como el peor de los cobardes ante la derrota, pisotea la Constitución y se reafirma como la reencarnación de todo lo antidemocrático. Nada más dañino que un líder con tan baja autoestima.

Aún no queda claro a lo que rehuye Medina, si a la sombra oscura que arropa a todos los corruptos que allí se darán cita, al abucheo silente que retumbará comoquiera en las paredes de la Asamblea, a Pompeo, o al conjunto de todas las desgracias.

“Gracias porque me voy con la frente en alto. Me voy como entré (…) Me voy con la satisfacción del deber cumplido”, dijo ayer jueves en un inesperado discurso de despedida como jefe del Estado, al hacer balance de sus ocho años de gestión.

Pero no Danilo, usted se va con la frente en el piso y saliendo, literalmente, por la puerta de atrás.

Mientras tanto, entre máscaras y mascarillas, el COVID-19 obligará a cada funcionario, a los que llegan y a los que se van, así como a los invitados especiales al solemne acto, a utilizar el ya habitual aditamento que en este caso, además de proteger, ocultará las sonrisas de los bienvenidos y el disgusto de los que pensaban que el poder era perpetuo.

Al pueblo solo le resta esperar que a Luis Abinader no le ocurra lo mismo.

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