De mansos y cimarrones y el país en llamas….

Por Francisco S. Cruz jueves 16 de febrero, 2017

Después de Arturo Uslar Pietri (escritor venezolano, autor de Las lanzas doradas y propulsor de la famosa Marcha de los pendejos, 1906-2001) y Alejo Carpentier (escritor cubano, 1904-1980), solo Juan Rulfo y Gabriel García Márquez recogen y vitalizan, con genio sin igual, el mosaico étnico-cultural que nos define y que nos hace –a toda Latinoamérica y el Caribe- una inmensa sabana de colores, de magia y espanto.

Sí, porque solo así se podría explicar el barullo pintoresco y repentista de una realidad social y política donde “lo real y maravillo” se me mezcla y se condensa en un “Realismo mágico” donde el delito, el dolor y el aguante son signos vitales de una realidad histórica-cultural donde el pendejismo y el allante se hizo discurso político y la “opinión pública”, o los que la hacen –en mayoría y de pocas excepciones-, también, es un discurso político mercantilista de pseudos pontífices periodísticos –¡carísimos!- de hojalata. En fin, “motoconchismo” político-periodístico al mejor postor.

Y desde las chichiguas de Julio Sauri (que Balaguer hizo excusa y risa, a la vez) hasta el sonambulismo eléctrico (que, a cualquier precio, Catalina dice-jura resolverá), pasando por la aceptación (¿o cansancio?) de que ya no es siquiera el problema eléctrico, la corrupción pública y privada (una fatalidad histórica-endémica-estructural; pero, sobre todo, de factura política-empresarial), sino la seguridad ciudadana la que, junto a políticos y empresarios corruptos y a una retahíla de “hacedores de opinión pública”, políticos de la “secreta”, están escribiendo su Pedro Páramo y el llano en llamas, con la intención aviesa de arrebatar, o mejor dicho, de conseguir, por otra vía, lo que las urnas les niega.

Claro que seguridad ciudadana es una materia de seguridad pública, o viceversa, y que es responsabilidad primera del gobierno-estado; pero también, la seguridad ciudadana es una responsabilidad de todos (donde el concepto integral es perentorio-neurálgico para abordarla y encararla). Por ello, todos –gobernados y gobernantes- debemos asumir mesura y no querer saltar las vallas (las leyes, las reglas democráticas y el principio de qué es primero: si mis intereses políticos-partidarios o lo colectivo-patrio). Y si en ese afán, por tumbar al otro, actuamos ciegos y ofuscados, y en vez de una salida democrática –la que la Constitución establece-, terminamos empujando hacia el abismo (hoy, los ejemplos, sobran y no son alentadores). Me imagino que lo saben.

 

Pero, ¿por qué no hacemos una marcha, para por ejemplo, demandar seguridad ciudadana, un nuevo currículo educativo, la ley de Partidos Políticos, la reforma a la ley electoral, la ley de Garantías Electorales, el fin del nepotismo (en las instituciones publica-privadas y los partidos políticos), la cultura de que nadie quiere jubilarse (para darle paso a los jóvenes) o, tan oportuno, como que nuestros empresarios y oligarcas (entre los cuales, ya hay muchos políticos gobiernistas y de la oposición) paguen su cuota de responsabilidad cívica-ciudadana de cara a la deuda social acumulada?

 

No (¡no la harán!), porque esa marcha no deja capital político-electoral, y porque además, en nuestro país los movimientos contestatarios reivindicativos multisectoriales hace tiempo que, con la desaparición de los grandes líderes sindicales (Barbarin Mojica, Julio de Pena Valdez, Justino del Orbe, entre otros) y sociales, le dio paso al “motochonchismo” político y a mercaderes del periodismo. Es tanto así, que la oposición política, real, es un “pool” de periodistas y gerentes vitalicios de Ongs bien enquistados en algunos oligopolios periodísticos, fundaciones, bufetes de abogados, “academias” y de agencias extrajeras (que reciben su “situado” diferente al de la remesa). Y entre ellos: Unos que se la buscan por la libre (a fuerza de chantaje y vulgaridades radiales); otros que se agencian un pie en el estribo gubernamental; y unos últimos, abiertamente, o como mejor lo ha llamado don Rafael Molina Morillo: políticos “de la secreta”.

 

Sin embargo, quiero diferenciarme de aquellos que ven “conspiraciones” –que van a tumbar al gobierno y que ochocuánto- por todas partes, pues prefiero creer que encontraremos una salida democrática e institucional -al vendaval-bienestar de una clase política y empresarial que vive y se hamaquea en un confort que lo denuncia insensibles y glotones de poder- que nos conduzca a otro estadio de civilidad y transparencia publica que ponga a cada quien en su puesto (aunque ese puesto –vía un proceso judicial- sea: la cárcel o la muerte cívica-política como Juan Bosch la visualizó en 1963).

 

Pero está tan enrarecido el panorama nacional, que algunos quieren prender el país por los cuatro costados (verlo en llamas…, sobre todo, los politiqueros de la oposición y sus bocinas, porque no solo el gobierno tiene bocinas), mientras otros –periodistas políticos de la “secreta” y opositores díscolos- se hacen los locos cuando otro periodista –por ejemplo, Marino Zapete- les recuerda que Odebrecht y su escándalo hemisférico de soborno no es solo un vals de políticos y empresarios corruptos, sino también –y desde otra ramificación u cooptación periodistica-, de “hacedores de opinión pública” que, alguna vez ejercieron de relacionadores públicos (nada pecaminoso ni cuestionable) y de otros que fueron, según el susodicho periodista, jurados de un Premio Periodístico (financiado por Odebrecht) del que no escriben, ni hablan ni responden. En otras palabras que, Andrés L. Mateo y Miguel Guerrero, están, con respecto a lo que ha dicho Zapete (sobre el papel-rol de relacionar público y jurado, de los dos –y si fue verdad-), como la canción de Shakira “…sordos y mudos…”. Y nos preguntamos: ¿dónde está, pues, la tan cacareada hermenéutica de su oficio: el primero de cronista inmaculado y el segundo de pontífice de una supremacía-exclusividad periodistica que ya se fue a la porra (¡gracias a Dios, a la Internet y a las redes sociales!?

 

 

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