Por qué Danilo no lo intentará en el 20

Por Guido Gomez Mazara jueves 15 de febrero, 2018

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Tanto Leonel Fernández como Andrés L Mateo, desde la perspectiva del intelectual que es conciencia crítica y el Ex Presidente con una clara y definida agenda política, abordan un acontecimiento histórico de esencial trascendencia en la vida republicana: las perturbaciones generadas en el país en el marco de la extensión del período presidencial de 1928-30, el afán continuísta de Horacio Vásquez y la llegada de Trujillo al poder. Ambos plantean interpretaciones interesantes que, aterrizan en la actual coyuntura, porque para nadie es un secreto la reiterada vocación por perpetuarse, controlar los resortes y eternizarse en el aparato estatal que seduce a un altísimo porcentaje de nuestros presidentes.

Colocar en el centro del análisis todo el ambiente previo a la emergencia del dictador que por 31 años doblegó a la nación no puede reputarse como un acto de ingenuidad intelectual ni simple argumentación de un dirigente que procura volver al gobierno. Fernández Reyna y Andrés Mateo no tienen una pulgada de tontos, saben los deseos y ambientación tendentes a utilizar interpretaciones constitucionales para habilitar el camino de que el actual incumbente del palacio nacional se mantengan más allá del 2020.

Aunque analizado desde perspectivas diferentes, lo que traducen ambos ciudadanos es la tragedia de calcar en la actual coyuntura, un acontecimiento que sirvió de plataforma para una dictadura y el desvío del ritmo democrático orquestado por un hombre que, como Vásquez había construído un muro de respetabilidad en todo el país, desde el momento que su gallardía y valor personal aniquilaron el 26 de julio de 1899 a Ulises Hereaux. Y si bien es cierto que para el acompañamiento de la acción justiciera estuvieron Ramón Cáceres y Jacobo De Lara, nadie podía pensar que el hombre de aquella aventura decorosa terminaría sus días derrotado por el interés de permanecer en el gobierno bajo una torpe interpretación constitucional capaz de producir el 23 de febrero de 1930, el asalto y burla a los deseos de una verdadera transformación democrática.

Discrepo de Fernández y Mateo en lo concerniente al énfasis que ponen alrededor de interpretar la crisis de Vásquez entre 1928- 30 y surgimiento de Trujillo debido a que, ambos priorizan, situaciones de carácter local en el surgimiento de la dictadura. Además, la sociedad dominicana del 2020 no exhibe los niveles de aislamiento propios del período en que asciende el inefable autócrata.Y en ese mismo sentido, y para contextualizar los paralelismos que traducen sus legítimas preocupaciones, resulta materialmente imposible que Danilo Medina reproduzca en la actualidad maniobras empinadas en técnicismo e interpretaciones legales que sacaron del poder a Vásquez, e instalaron tres décadas de intolerancia y conculcación de derechos fundamentales. Tiempos diferentes y contexto internacional que sirven de contrapeso a los afanes de perpetuación.

La ambientación de Trujillo en 1930, también obedeció a factores de carácter externo que impactaron en casi todo el continente. Y es que los efectos negativos generados como resultado de la Gran Depresión incubaron la idea en los ámbitos políticos estadounidenses que había que promover a exponentes de un sentido de la “modernización y avance”, y los “hombres” fuertes salieron de los procesos de desocupación militar que se orquestaron, pero antes instalaban a sus cuadros de confianza provenientes de los ejércitos primitivos y locales transformados en estructura policial y del ejército, de escasa institucionalidad y aptos para operar a favor del interés de sus promotores. En Haití, Cuba, Nicaragua y el país todo el período transcurrido entre 1927-1930 se observa una constante puja entre interpretaciones constitucionales tendentes a extenderse en el gobierno (José Moncada y Gerardo Machado), la oficialización de dictaduras ( Trujillo y Somoza) y los intentos en Haití de Borno que concluyó con un colpaso de sus intenciones en 1933.

Como tiempo y espacio difieren en la actualidad, vale la pena recordar que aquellos intentos de prolongación de Horacio Vásquez fueron el resultado de una equivocada lectura alrededor de la complacencia estadounidense en 1927 de preservar en el poder a Gerardo Machado, en Cuba. El ilustre mocano se descarriló, creando las bases de un autoritarismo funesto iniciado por su jefe de ejército que simulaba sus ambiciones, y activaba con intensidad a jóvenes intelectuales en todo el territorio nacional para calificar hasta de “rata de laboratorio” a un hombre enfermo que insistía en quedarse. Casi 90 años después, la señal que se percibe desde los estamentos del poder político extranjero es un intenso deseo en promover democracias efectivas, procesos de competencia electoral transparentes, un mayor respaldo a la sociedad civil para contrapesar los excesos de los gobiernos, sanción a las prácticas de corrupción al margen de las estructuras judiciales tomadas por las élites partidarias y una enorme intención en conseguir condenas a presidentes y colaboradores fundamentales ante los niveles de acumulación que rayan en la indecencia.

Afortunadamente, el mundo cambió. Algunos se resisten a creerlo. Eso sí, cuando se contabilizan a un Fujimori, Toledo, Ollanta, Martineli, Pérez Molina y Colom envueltos en procesos penales, se intuyen las perturbaciones de Lula da Silva, el cerco a Uribe, sacar de juego a Correa, las dificultades previsibles a Maduro y una parte importante del chavismo y conexiones del caso Odebrecht con líderes del continente, es para llegar a la conclusión de que nadie está a salvo. Por eso, creer que en los ojos de un nuevo ordenamiento, desde aquí, se pueden burlar reglas esenciales para deformar la carta fundamental, inducir al estamento constitucional para habilitar una extensión y calcar los acontecimientos de 1928-30, constituye una locura. Claro está, los voceros de siempre aparecerán, los artículos, alegatos y tecnicismos legales se incrementarán en la medida que las argucias se tornen rentables para el ejército de alabarderos inspirados en la tesis del hombre providencial, nuevo mesías y aspirante inderrotable que, desde siempre, incorpora lo peor de la inteligencia nacional. Antes, la tiranía recurría a talentos de un Manuel Rueda (Rumor de la Patria), Rafael César Tolentino (pluma excelsa y articulista del diario La Información), Peña Batlle ( La Isla de la Tortuga) y Zenón Castillo (Trujillo: Benefactor de la Iglesia). Ahora, sintonizar los programas de radio, televisión y escuchar reputados abogados, todos conectados nómina pública, constituye un ejercicio de genuflexión instalado hace años en el alma de algunos compatriotas. Eso sí, tanto ayer como hoy, las voces independientes como un Pedro Bonó y Américo Lugo demuestran que en los momentos de mayor oscuridad y nublazón autoritaria, todo no está perdido.

Lo que sí demuestra la historia es la reiterada vocación fratricida que caracteriza la vida partidaria y sus exponentes de excepción. Y esa incapacidad de cohabitar, revela que el fenómeno cambia de actores, pero los comportamientos se repiten. Trujillo, en su etapa inicial aniquiló a Cipriano Bencosme y Desiderio Arias. Joaquín Balaguer, desplazó a Augusto Lora y liquidó a todos los emergentes en condiciones de sucederle. Los enfrentamientos de Guzmán, Majluta, Salvador y Peña obstruyeron una larga estadía del PRD en el gobierno. Cuando se limitó en ejercicio gubernamental como resultado de un vulgar fraude, el caudillo reformista orientó sus tropas en 1996 a favor del candidato de un partido histórica e ideológicamente antagónico. Hipólito Mejía, buscando mantenerse en el poder resquebrajó sus relaciones con su organización y el dirigente simbólico que era Hatuey Decamps, mordiendo el polvo de la derrota. Leonel Fernández ejerció el poder desde 2004 hasta el 2012, imponiéndose ante un Danilo Medina que guardó aquella espina, ganó el poder posteriormente, se reeligió y demuestra que no olvida. La pelicula política nuestra exhibe un guión conocido. ¿Qué nos sorprende?

Finalmente, no tengo dudas que Danilo Medina es un político instintivo. No tendrá el discurso académico ni posee la carga argumental de contenido intelectual. Eso sí, percibe los riesgos. Por eso, estoy seguro de que no se presentará de candidato en el 2020.
¿Yo, de ingenuo? Qué va!
Y que lo no lo olviden, Leonel Fernández y Andrés L Mateo.

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