Dádiva y excluidos

Por Manuel Hernández Villeta

La lucha  contra la pobreza tiene que ser replanteada. No puede ser una carga para el Estado, un tormento para la clase media, y una acción que fomenta el parasitismo en los excluidos.

La ayuda social es un empujón para que la gente marginada pueda seguir adelante, no para que se estanque a la espera de la próxima fundita. En países sub-desarrollados como la República Dominicana la asistencia social es vital, debido a las fuertes divisiones económicas.

Sin embargo, hay una masa inerme que se acostumbra a que le entreguen periódicamente una fundita, o que se le facilite una tarjeta con varios miles de pesos. De ahí en adelante se olvidan en tratar de chiripear, o conseguir un trabajo de acuerdo a sus  conocimientos.

La asistencia social nunca debe ser retirada, sino sectorizarla, ver la mejor forma de ofrecerla. Puede haber una comunidad rural pobre que no necesita una funda de comida, sino que se le arregle un camino vecinal para sacar  los productos del conuco a   las vías principales.-

En el barrio marginado puede haber un artesano sin empleo, que necesita que le suministren los instrumentos para hacer su labor de plomero o albañil. Una mujer pobre que prepara dulces y arepas, en vez de una funda, talvez la mejor ayuda para ella sería que le dieran orientación de cómo preparar un mejor producto.

Hoy hay una realidad en los barrios marginados, y es que la mayoría de las familias esperan la ayuda social, para poder subsistir. En ocasiones no se habla de buscar trabajo, sino de que con la temeridad del hambriento se logra inscribir a nueve  de la familia en la cartilla  social.

Eso significa que hay familias donde nueve personas reciben la asistencia, por lo cual desde ese momento no ven que deben seguir trillando camino y que el parasitismo tiene que ser dejado atrás.

La mejor ayuda a los pobres no es el regalo, sino mejorar su entorno de vida. Lo primero es gestionar entre gobierno y empresa privada una política de pleno empleo, donde obreros no calificados puedan vender su mano de obra.

Pero hay una realidad, y es que la mayoría de los dominicanos de bajo nivel  considera que la industria de la construcción o la agro-industria, los dos renglones donde hay más mano de obra empleada, pagan muy poco, y no cuentan con ninguna facilidad para mejorar sus niveles de vida.

De ahí que la ausencia de los dominicanos en la agricultura y la construcción ha sido llenada por la mano de obra haitiana, legal e ilegal, que no exige buenos salarios, que no busca seguro médico, y que su meta es conseguir la comida diaria.

El éxodo de la juventud rural se debió a que el campo no avanzó, tenía parámetros del siglo 19, sin agua potable, sin escuelas, sin energía eléctrica, sin dispensarios médicos, sin fuentes de trabajo. La única ocupación posible eran las tareas del conuco, de sol a sol.

Si se mejoran las condiciones de vida de la población, entonces cada día será menos importante la dádiva social, y ese dinero se podrá implementar  en edificar escuelas, hospitales, arreglar caminos vecinales, y elaborar un verdadero programa que elimine las dádivas y sienta las bases de mejoría de los niveles de vida de los excluidos. ¡Ay!, se me acabó la tinta.

Por Manuel Hernández Villeta

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