Cuidar el dinero ajeno

Por Florentino Paredes Reyes miércoles 10 de abril, 2019

Los dominicanos en su gran mayoría, pecan de ingenuidad al creer que aquellos que se venden como personas honestas, probos, capaces y con una alto sentido de sensibilidad por las desventuras ajenas, sean  realmente austeros para tener en sus manos millones de dinero y tener la voluntad interior de no desviar su destino, sobre todo, cuando esos hombres y mujeres, carecen de buena formación económica y adolecen de la formación moral, necesaria para administrar la cosa pública.

Mientras el discurso anticorrupción es cada día más popular en nuestra sociedad, son más escalofriantes y escandalosos los actos que relacionados con el tema, se dan en las instituciones públicas y privadas, como si la denuncia de este mal y sus secuelas, solo sirvieran para avivar en nuestros sectores, su  práctica permanente en una y mil formas posibles.

Sin  ser un azuzado en materia económica, podemos darnos cuenta, que antes las diatribas diarias de políticos, grupos de la sociedad civil, sindicalistas y  empresarios, lo  que está en juego no es el bienestar de nosotros como nación, sino cuidar el dinero ajeno. Bautizada de corrupción, dar un  mal manejo a los fondos públicos, es una práctica universal entre aquellos a los que se les ha confiado defender el patrimonio colectivo.

Se habla por doquier del tema de la corrupción, de cómo se bota el dinero que es de todos, de cómo se venden propiedades del Estado, de las malas inversiones, de las pérdidas millonarias, de la impronta necesidad de hacer un mejor uso de los fondos del erario público; se habla mucho y se hace poco.

La historia política nuestra, registra muy pocos casos en donde los gobiernos hayan hecho un buen uso de los recursos del pueblo. El primer intento de gobierno independiente, lo fue el de Juan Sánchez Ramírez de 1809 al 1811, cuando proclamamos la Reconquista a España y rompimos lazos con Francia, tras el gobierno de Jean Luis Ferrand de 1805 al 1809.    Esa vocación de cuidar los cuartos de los otros, se puso de manifiesto, cuando tras abandonar el cargo, Juan Sánchez Ramírez  dejó al descubierto las malas prácticas que han caracterizado, desde entonces a los políticos  dominicanos, entre ellas: cobrar sin trabajar, abultamiento de nóminas, nepotismo, apropiación de bienes, en fin, todo lo que podemos imaginar que se pueda hacer con el dinero de los pendejos, sin que se pueda sentir la más mínima compunción.

Cuidar el dinero ajeno, es una práctica que la iniciaron los políticos a principio del siglo XIX en esta parte de la isla y que por casi dos siglos han demostrado un analfabetismo intencionado en su uso. Todos los gobiernos que siguieron el periodo de la España Boba hasta la proclamación de independencia de Núñez de Cáceres, cayeron en hacer una mala práctica con los fondos económicos que debieron administrar con contrición religiosa. Los haitianos y su dominio de 22 años hicieron lo propio. Los gobiernos de Santana y de Báez se hicieron expertos en gastar hasta lo que no tenían.

Decir que van a hacer un buen manejo de los fondos públicos y hacer todo lo contrario, es un mal que ha degenerado en traiciones, muertes, transfuguismo, alianzas, divisiones, modificaciones constitucionales, golpes de Estado, contragolpes y hasta revueltas. De los presidentes del siglo XIX todos en su momento fueron acusados de hacer un mal manejo de los fondos públicos, incluyendo a Gregorio Luperón y Ulises Francisco Espaillat que fueron de los más honestos.

La actividad política del siglo XX en nuestro país, fue dominada por Trujillo, que fue tan ladrón  con el dinero de los dominicano, que los condenó a vivir en la miseria, mientras él estaba entre los hombres más ricos del mundo, otorgando a su círculo familiar, tantos privilegios que hizo aprobar la ley de no embargo a sus bienes, como para el de sus parientes.

Balaguer no dio muestras de codicia personal y después de su muerte, nadie pudo señalarle alguna fortuna, pero su círculo, el anillo palaciego como le llamaban popularmente, se adueñó de medio país y amasaron fortunas tan cuantiosas, que le hicieron ricos a ellos como a varias de sus  generaciones.

Hablar de corrupción en los inicios del siglo XXI en República Dominicana, es sentir ganas de vomitar. Hablar de cómo se bota el dinero del pueblo, es pasar de lo inimaginable a lo inhumano: Se crean ministerios inservibles, instituciones paralelas, se justifican sueldos exorbitantes, se regala a asociaciones de empresarios, a grupos religiosos, a partidos políticos, se soborna a los contrarios, se mantiene felices a los del grupo, se gasta en viajes, ropas, recepciones, inauguraciones, vehículos y todos los placeres que se le pueda ocurrir a quien, luego de vivir en la absoluta miseria, se ve de pronto con un dinero que no trabajó y del cual no tiene que rendir cuenta.

Seamos claros, la deuda interna y externa de este país, no nos permite continuar por el camino de corrupción que desde la política y las empresas se ejercen con impunidad. Hay que cuidar las apariencias y dejar de creer que los dominicanos que nos hemos formado hasta mejor que quienes nos gobiernan, no vemos lo que hacen y deshacen con nuestro dinero. Hasta la caza tiene una época de veto. De tanto ordeñar la vaca acabaremos la leche, y si seguimos ordeñando, a lo mejor nos quedaremos sin la vaca.

 

Por: Florentino Paredes Reyes.

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