Cuidado con los fantasmas

Por Humberto Bogaert García

En los últimos años, se han dado pasos definitivos para aumentar la protección del menor.   Organizaciones gubernamentales y no gubernamentales han contribuido para poner a la disposición de los niños, niñas y adolescentes dominicanos, mecanismos y procedimientos, organismos e instituciones para reducir la incidencia de los casos de abuso sexual. Sin embargo, conviene destacar que hace falta saber escuchar las palabras del menor, antes de proceder a condenar al adulto acusado.

Hace ya muchos años, Sigmund Freud le confió a su amigo Fliess que ya no creía en sus neuróticas.  El padre del psicoanálisis elaboró una primera teoría para explicar la conducta

histérica, conocida como la teoría de la seducción, de conformidad con la cual el origen de este trastorno neurótico radicaba en el abuso sexual cometido por un adulto de la familia, generalmente el padre o el tío. Freud se basó en los testimonios de sus pacientes. Sin embargo, posteriormente comenzó a dudar de esos testimonios porque descubrió que la mente humana era más compleja de lo que en un principio supuso, lo que lo llevó a proponer que el origen de la histeria guardaba relación más con el fantasma de seducción  que con el trauma provocado por un abuso real.

¿Qué es el fantasma? Es una elaboración imaginaria, consciente o inconsciente, que influye en la conducta del individuo.  Puede ser reconocida por el sujeto de un modo inmediato, como el ensueño diurno, o permanecer excluida de la conciencia, manifestándose a través del sueño o de síntomas conductuales.

¿Puede la acusación a un adulto tener como base una declaración del menor que, sin ser mentira (contraria a lo que el sujeto cree o piensa), se apoya fundamentalmente en una construcción fantasmática de su imaginación? Sí, sin lugar a dudas.

Recuerdo el caso de una paciente histérica, sometida a un tratamiento psicoanalítico, que durante un tiempo acusó con vehemencia a su padre de cometer abuso sexual y criticó a su madre por su negligencia. Tiempo después, comenzó a dudar de sus declaraciones y de sus recuerdos, hasta que llegó a sorprenderse del carácter superfluo de sus pasadas convicciones.

Conviene tener cuidado, evitar la premura burocrática y proceder con mucha cautela cuando el acusado es una persona que ha llevado una conducta correcta y, más aún, cuando una evaluación psicológica de la personalidad exhaustiva no pone de manifiesto la presencia de un trastorno de personalidad.

Es necesario que los funcionarios públicos que, por la índole de sus funciones, se vean involucrados en estos casos, procedan con  cautela,  madurez  y,  sobre  todo,  templanza que eviten que su afán de notoriedad o de proyección social su deseo de figurar en los medios de comunicación o una propensión histeroide a descubrir el mal en el exterior y a como dé lugar, los lleve a acusar a un padre inocente sin la debida asesoría profesional.

Por: Dr. Huberto Bogaert García

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