¡Cuidado con el Metro!

Por Ernesto Jiménez viernes 17 de marzo, 2017

“El Metro de Santo Domingo es el inicio de la revolución del transporte en la República Dominicana”. Leonel Fernández

 

La primera línea del Metro de Santo Domingo fue inaugurada el 29 de enero del año 2009, luego de 4 años de trabajo y una inversión de 750 millones de dólares. Este sistema ferroviario metropolitano cuenta con dos líneas que transportan más de 270 mil personas diariamente en un tramo de 28 kilómetros aproximadamente, siendo así el más grande de Centroamérica y el Caribe.

 

El Metro es un sistema de transporte masivo, confortable y limpio que ha dignificado el traslado de cientos de miles de dominicanos que utilizan sus servicios.

 

Además, representa el método más eficiente y seguro de transporte colectivo en una ciudad que en los últimos años se ha caracterizado por tener unos de los sistemas viales más peligrosos del mundo.

 

Basta recordar que acorde a un informe publicado el año pasado por la Organización Mundial de la Salud (OMS), la República Dominicana tiene una tasa de mortalidad por accidentes de tránsito de 29.3 muertos por cada 100,000 habitantes; una cifra a todas luces exorbitante.

 

En adición a las bondades señaladas, cabe destacar que el Metro es autosostenible a nivel financiero. En sus inicios, el Estado dominicano financiaba su gasto de operación y mantenimiento por un costo de 25 millones de dólares anuales. Este subsidio dejó de ser necesario luego de que las ganancias superaran los 1,500 millones de pesos al año. Cabe destacar que este nivel de ingresos se logró a pesar de cobrar una de las tarifas más bajas de la región. Verbigracia, un pasaje del Metro de Santo Domingo cuesta 40 centavos de dólar, en cambio, un ticket del subway de Nueva York, el cual es subsidiado por el Estado, cuesta por lo menos 2 dólares.

La importancia cardinal de este sistema ferroviario nos lleva a cuestionar la desidia y negligencia de las autoridades ante el deterioro del método más barato y eficiente de transporte terrestre con que cuenta la ciudadanía. Es verdaderamente injustificable que se haya permitido la arrabalización de la gran mayoría de las estaciones, con expresiones preocupantes de degradación estructural, como por ejemplo: las averías de escaleras eléctricas y ascensores, la falta de iluminación, mosaicos con fisuras y estructuras oxidadas; escasez de trenes por falta de inversión, entre otros. Y lo que resulta más alarmante es que, encima de todo esto, se ha reducido progresivamente la partida presupuestaria de la Oficina para el Reordenamiento del Transporte (OPRET), la cual está encargada de velar por el buen funcionamiento de la obra; y, como si fuera poco, en casi 5 años de gobierno, no se ha podido finalizar la extensión, de apenas 3.25 kilómetros, del tercer tramo de la línea 2-A del Metro.

 

En República Dominicana, al igual que en muchos países pobres con instituciones débiles, existe la nefasta práctica de descontinuar o, en el mejor de los casos, descuidar las obras realizadas por gestiones pasadas, debido a que no representan ganancias de capital político para las administraciones presentes; pero, a pesar de esta ominosa tradición, resulta difícil pensar que la mezquindad y la ignorancia lleven a hombres, aparentemente racionales, a descuidar adrede la obra gubernamental de su propio partido político.

 

El Metro de Santo Domingo es la mejor respuesta que hasta ahora ha dado el Estado para adecentar el sistema de transporte público, por lo tanto, lesionar su viabilidad económica y operativa sería asestar un golpe mortal a las posibilidades de la ciudadanía de contar con un medio de transporte colectivo de calidad, y en definitiva, representaría un atentado incalificable contra un patrimonio trascendental del pueblo dominicano.

 

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