¿Cuándo y de dónde vinieron los cocolos? (2/3)

Por Rolando Robles Lunes 1 de Mayo, 2017

Después que publiqué esos primeros garabatos sobre mi familia, he recibido muchas llamadas de amigos y relacionados que me instan a escribir mas sobre los cocolos; pero sobretodo, me hablan para mostrarme solidaridad personal por hacer público esos pareceres que evidentemente, no son de mi propiedad exclusiva.

Esa finura de la gente me halaga en grado sumo porque me dice que mas allá de las diferencias políticas aparentes entre nosotros, existe una conexión cultural, humana, nacional y hasta étnica, que une a todos los que nos hemos “averado” a esta nación de oportunidades. De pronto he sentido que la gente no me ve como republicano, medio peñagomista, un tanto boschista, algo peledeísta, casi trujillista y totalmente contestatario -que es como yo me veo a mi mismo- sino, como un dominicano, que puede ser compadre, compueblano, o quizás primo hermano suyo.

Y créanme, esa nota me eleva mas que el scotch mayor de edad (el que tiene sobre 18 años de envejecimiento) o que el divino tinto que nos llega desde La Rioja. Me siento que he fumado la “pipa de la paz” con medio mundo y al mismo tiempo confirmo que los dominicanos del exterior somos gente de luz. Pero mas que eso, que los malvados y mediocres, solo son un puñado.

Siguiendo el sendero de la historia, casi podemos precisar que ha habido cuatro grandes oleadas de inmigrantes negros que llegaron a nuestro país provenientes de ultramar. Parece ser que el primer grupo de cocolos, propiamente dicho, es el de los negros libertos que entre 1824 y 1825 llegaron desde Filadelfia, gestionado por el gobierno haitiano de Boyer. Eran los primeros años de la ocupación de nuestro país por parte de Haití.

Se establecieron en Sánchez y Samaná algunas 200 personas, pero unos 6,000 negros libertos en total, llegaron a la isla bajo la presunción de que su repatriación -al igual que los que partieron hacia Liberia- redundaría al final en una mejoría de su existencia. No todos se adaptaron a las nuevas condiciones de vida y retornaron a USA; la gran mayoría sin embargo, se decidió a construir su futuro en estas nuevas tierras.

Hay que precisar que esa minúscula migración que llegó a la península de Samaná, se diferenciaba muy bien de los demás negros provenientes de las islas. Lo mismo aconteció con los asentamientos de Santo Domingo, Haití y Puerto Plata, cuyos rasgos culturales estaban muy bien definidos y los estilos de vida de los libertos de Norteamérica, marcaban una gran distancia con los isleños, que ya empezaban a laborar en las plantaciones cañeras.

Hubo una segunda oleada de cocolos que llegó a la naciente República Dominicana a partir de las décadas de 1870 y 1880, movida por el boom de la industria azucarera; y se asentaron además de la costa norte, en todo el litoral sur, especialmente La Romana, San Pedro de Macorís, Barahona, Santo Domingo y San Cristóbal, o mas bien, donde quiera que se cultivara caña de azúcar.

Mas luego, durante la ocupación norteamericana de 1916 a 1924, creció la inmigración y miles de cocolos provenientes de las islas de Sotavento, de Barlovento y de Panamá -que ya había terminado la construcción de su canal- se establecieron en el país. Para esta época, no solo llegaron braceros sino, toda clase de mano de obra especializada, para laborar en los ingenios; desde agrónomos y técnicos azucareros hasta mecánicos y electricistas.

Paralelamente con los cocolos, llegaron también los haitianos. Pero éstos vinieron exclusivamente para labores agrícolas (sembrado y corte de la caña) y acusaban una gran diferencia con los primeros. La disparidad en el nivel cultural y los estilos de vida de los “congoses” haitianos y los cocolos -súbditos ingleses en su mayoría, que al principio también llegaban por temporadas- marcaron claramente el destino de estos dos grupos de inmigrantes en nuestro país.

La última oleada de cocolos, se registra en los inicios de la Era de Trujillo, a partir de la salida de los norteamericanos. Pero se puede decir que estos nuevos migrantes llegaron apoyados por sus familiares y encontraron un ambiente mucho menos hostil que el de sus antecesores. Ya el trabajo de adaptación había dejado sus frutos.

Y es que los cocolos se integraron en todos los niveles de la sociedad dominicana, a pesar de la discriminación y de sus diferentes orígenes. Llegaron desde Bahamas, Islas Vírgenes, Saint Kitts, Tortola, Nevis, Antigua y Barbuda, Santa Lucía, Dominica, Anguila, Saint Thomas y Saint Croix; de las francesas islas de Guadalupe, Martinique y Saint Martin, así como desde Aruba y Curazao; pero hoy todos son dominicanos de pleno derecho.

Los haitianos, por el contrario, y a pesar de la inexplicable invasión pacífica que el Estado dominicano les ha permitido, una vez muerto Trujillo, no muestran síntoma alguno de integración. Su fidelidad a un estilo de vida que no comulga con la cultura del país que le sirve de “forzoso anfitrión”, les impide asimilarse a las estructuras sociales dominicanas.

Solo por el instinto de sobrevivencia, algo menos del 15% de los que viven de manera irregular en el territorio nacional, han aceptado acogerse al plan regulatorio propuesto bajo el marco de la gloriosa sentencia TC168-13, que tiene fuerza de ley y de aplicación inmediata. Sin embargo, los cocolos ya se han fundido con el resto de la población y literalmente, no se sienten síntomas de discriminación alguna. De los haitianos y su descendencia, no se puede decir lo mismo.

Interpreto, que el éxito de los cocolos -si es que se le puede llamar “éxito” a la integración armoniosa- se debe en gran parte a la insistencia en la preservación de los valores familiares, al alto nivel de educación cívica, y a los permanentes anhelos de superación que mostraron, tanto los pioneros como también, y muy especialmente, sus descendientes. Está claro que las costumbres de los cocolos, lejos de molestar a los dominicanos, sirven de elemento de acercamiento y compenetración social.

¡Vivimos, seguiremos disparando!