¡Cuando nada se puede hacer, es mejor ignorar!

Por Rolando Fernández miércoles 2 de octubre, 2019

Con excepciones muy mínimas, qué prensa tan cuestionada se tiene en Dominicana hoy. Solo hay que hojear los rotativos escritos que se editan en el país, para percatarse de esa cruda realidad, que como “purulenta” en gran parte se puede calificar; del cambio insólito que se ha verificado en lo que realmente se llama informar, dentro de esa actividad local, que de tanta importancia se ha estimado siempre.

Chismes, politiquerías, anuncios publicitarios, titulares, y trabajos por encargos, son de las cosas que más se pueden observar en los periódicos nacionales. Innúmeras publicaciones calzadas con las firmas de periodistas que ahora fungen como puros mercaderes de informaciones, o enganchados que escriben por encargo, pinceladas según los objetivos que se tengan, y el interés personal de quienes paguen.

Amén de los bobos entretenedores, falsedades, y posverdades de estilo, uno no se encuentra con ninguna información halagadora, que se vea como beneficiosa para la nación, e induzca a cifrar nuevas esperanzas pueblerinas.

Sí, sobre asuntos que invitan a “desgaritarse” del país, como esos que son: la corrupción generalizada que aquí se estila; la inseguridad ciudadana; el narcotráfico, y las adicciones; el pesado fardo de la deuda externa; los abusos impositivos; el escandaloso presupuesto público anual, para no satisfacción de las necesidades sociales imperiosas, sí para otras cosas por supuesto; las burlas de los políticos, etc.

Hay un significativo decir que expresa: “ojos que no ven, corazón que no siente”; que bien podría asociarse con lo tratado, en el sentido de que, cuando uno no observa, ni se entera de malas noticias a través de los medios de la prensa escrita local, principalmente, deja de mortificarse; sentirse impotente cada vez; no amargarse la vida; y evita que los deseos de abandonar la República continúen in crescendo.

Máxime esos efectos, cuando las personas se sienten imposibilitadas de algo poder hacer para subsanar por completo los flagelos de esa naturaleza; como, al menos contribuir a enmendar, aun sea de manera parcial los males referenciados.

Por tanto, es muy válida la concepción de no leer periódicos en este país, para no ver, ni enterarse de nada, hasta tanto cambien los hechos que acontecen, y las labores periodísticas retornen a la ética pasada; al ejercicio pulcro de los íconos que tuviéramos antes dentro el área, tan necesario y deseado hoy.

 

Autor: Rolando Fernández

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