Cualquier lugar es una escuela

Por Annettev Restituyo jueves 23 de mayo, 2019

La vida me trasladó justo a ese lugar remoto y escondido. Al sur, bien al sur del país y con un sol tan caliente que ningún bloqueador solar puede batallar lo suficiente. Mi piel trigueña de por sí, pronto comenzó a ceder ante el vigor de sus rayos. Pero ahí estaba, despeinada y descalza, delirando por un vaso de agua fría que es tan fácil encontrar en la ciudad, la misma que desde allí era imperceptible. Con los pies adoloridos porque no estaban acostumbrados a la caminata del día anterior, pero en paz, tratando de imitar el sosiego con el que los maqueyes ermitaños deambulaban por todos lados; pensando lo dichosos que éramos al tener esta playa solo para nosotros.

Fue una aventura desde el inicio, sabíamos desde dónde salíamos, pero no lo qué íbamos a encontrar en el camino. El programa contemplaba regresar caminando, pero yo decidí hacerlo por mar, desafiando con esto los riesgos que significaba. En el bote que transportaba nuestras partencias, dos chicas más y yo nos colamos entre la tripulación que eran pescadores y niños de la zona, que a juzgar por la evidente agilidad con la que se movían en el bote, se notaba que eran unos ‘’tigueritos’’ bien ‘’vivitos’’. Cada quien y cada cosa tomó su lugar sin poder ninguno escapar del sol que nos pegaba directo al cuello.

Fueron tres horas navegando de regreso a Cabo Rojo en Pedernales, desde Trudillé en Oviedo. Tres horas disfrutando de este paisaje tan hermoso, mientras aliviaba mis pies libremente en el borde del bote. Zigzaguear las costas limítrofes también tiene su magia. El pescador más locuaz nos iba explicando qué era cada cosa que veíamos, porque aunque todo parecía ser solo roca, si la observábamos con detalle se distinguían las formas, los colores, las huellas gravadas por el mar recordándonos hasta donde, en un tiempo, alcanzaba la envergadura de su inmensidad.

Ese bote más o menos grande, de madera y colorido se convirtió en una escuela sobre el mar, por lo menos para mí. El pescador locuaz nos dio una cátedra sobre la importancia que tiene la educación en el desarrollo de los pueblos, por lo menos lo mínimo de saber leer y escribir, para crearse más oportunidades en la vida, así sean comunidades de pescadores tan distantes como las que nos señaló a lo lejos, que para tener una escasa señal debían caminar cerca de quinientos metros hacia arriba. Este hombre tenía el tema tan claro y lo expresaba con tanto sentimiento, era un placer escucharlo. Nos habló sobre sus viajes fuera del país representando a los pescadores, trabajando en conjunto en favor de la preservación del medio ambiente; de cómo las tortugas vuelven a su lugar de origen años después, de la belleza de bucear en el mar, mientras aprovechábamos la ocasión para matar nuestra impetusoa curiosidad, ¿Por qué a tal roca se le dice Cabo falso?, ¿Por qué se le llama Cabo rojo?, ¿Por qué el nombre de Trudillé?, ellos solo reían. Fueron tres horas que pasaron volando. Sin darnos cuenta ya estaban tirando el ancla mientras yo sentía que me llevaba tanta sabiduría.

 

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