Crónica de una misión científica (III)

Por Gregory Castellanos Ruano

La paz interna:

Si la vida del humano es tan corta y ella le ha permitido alcanzar tantos logros sólo hay que imaginarse lo que les permitió a éstos seres la experiencia de una vida en la cual un día de ellos equivale a aproximadamente ochocientos millones de años terrestres.  Su vida tan prolongada, tan extensa en el tiempo les permitió experimentar muchísimas cosas: desde inventar hasta guerrear entre sí y contra enemigos externos, ello les permitió conocer todo. ¡…Tuvieron tiempo para todo…!

Aprendieron lo debilitante y destructor que podía ser para su sociedad una guerra civil: de la última que tuvieron aprendieron a respetar a un único mando: ¡Nunca más la división y la matanza entre sí!

Después de un largo transitar en el tiempo que para nosotros sería prácticamente el equivalente de una literal eternidad pero plagada de turbulentos y espantosos siglos, esta raza adquirió un conjunto de conocimientos que le permitía lo más posible tratar de corregir lo que consideraban defectos en su sociedad para tratar de traducir eso en hacer de cada uno de sus integrantes seres al servicio del bien y, por ende, de la paz interna.

Los datos más diversos fueron recogidos y almacenados en computadoras y súper computadoras y esos datos, al nunca perderse, permitían que su sociedad los usase como base o plataforma para llegar a nuevos puntos de desarrollo científico y tecnológico (contrario a lo que pasó en el planeta Tierra durante miles de años en que durante todo ese tiempo se perdieron datos que de no haberse perdido y de haberse mundializado hubieran hecho de los humanos seres con un mayor desarrollo científico y tecnológico y hoy por hoy hubiésemos estado mucho más adelantados de lo que actualmente lo estamos ). Ello les permitió a aquéllos seres que su desarrollo en estos dos últimos ámbitos fuese lineal, pero al mismo tiempo geométrico.

Su naturaleza, pues, no era ni es tan diferente a la de los humanos, pero eran más organizados y aprendían de sus errores: no repetían los errores en su Historia. En vez de retroceder, únicamente avanzaban.

Habían logrado llegar a tener y tenían una sociedad jerárquicamente organizada alrededor de un personaje de una inteligencia agudamente terrible que de ocupación era científico, específicamente era médico, era genetista y era biólogo, pero que, simultáneamente, tenía un conocimiento multifacético de otras áreas fundadas en la especulación, en la abstracción y en el análisis espirituales que le llevaba a exigir a todos y a cada uno de los componentes de dicha sociedad un comportamiento extremado propio de un puritano y, más aún, podría decirse que de un místico.

En ese sentido era exigente hasta la iracundia. Su comportamiento prácticamente era el de un monje místico con un temor acicateado por la consciencia de la tremenda acumulación de poder que se derivaba del elevadísimo grado de desarrollo científico y tecnológico que había acumulado y seguía acumulando la raza a la cual él lideraba.

La Moral que aquél personaje pregonaba y exigía practicar llevaba a que en dicha sociedad él prácticamente sólo hablase de “respetar a los demás“ y de “hacer el bien“.

Cada uno de los integrantes de la sociedad eran adoctrinados en la Historia y en los más mínimos pormenores de la misma para que evitar que las infracciones y los errores, tanto las y los de gran importancia como las y los de poca importancia, pudiesen tener imitadores deliberados o por inadvertencia.

“Respetar a los demás“ y “hacer el bien“ era una obsesión. Aquello era tan repetitivo que devino en una literal mojiganga: hasta era la expresión de saludo y la expresión de despedida.

El cumplimiento disciplinado de esas directrices él consideraba que era la base para el progreso social y que eso se reflejaría necesariamente en el progreso científico; que esas directrices eran los caminos para el avance personal de cada miembro de la sociedad y para el avance colectivo de toda la sociedad. El personaje en cuestión preconizaba que la Historia había enseñado que dichas directrices y su cumplimiento eran los caminos hacia la excelencia y hacia la virtud, que la excelencia y la virtud sólo se lograban a través de “respetar a los demás“ y de “hacer el bien“.

Evitar el mal en dicho personaje era una obsesión de nivel que entre nosotros sólo podríamos parangonar con algo de carácter religioso. Dicha obsesión del personaje de referencia era directamente proporcional al mal diseminado entre dicha raza. Ellos conocieron el mal en sus más diversas vertientes y por la forma de ellos  asimilar el conocimiento y de desechar los errores aquél personaje consideraba que se había llegado al nivel de repudio del mal al que él quería que su raza llegara.

El jefe de aquella comunidad de seres    -el Líder Máximo-   velaba porque así fuese, era un guardián celoso, extremadamente celoso, de las referidas directrices y de su estricto cumplimiento.

Pero entre ellos existían las pasiones y las emociones. Por más enseñanzas que les daban la Historia y la vida diaria, por más que el Líder Máximo se esforzaba en que se respetaran las normas y en hacerlas cumplir, algo había en el interior de aquéllos seres que les inclinaba hacia el mal, hacia la perversidad.

La maldad los había llevado en innúmeras ocasiones a hacerse daños entre sí, a destruirse entre sí. Cuando alguno de ellos se decidía a matar a otro procuraba que la muerte fuera efectiva y esa efectividad la conseguía causándole un daño irreparable tan terrible o atroz que condujese necesariamente a la muerte. El que quería matar a un semejante no se podía dar el lujo de fallar en su propósito porque todos ellos eran amortales (es decir, no mortales ni inmortales), por lo que sólo causándole ese daño irreparable tan terrible o atroz que condujese necesariamente a la muerte se podía producir esta.

Su altísimo grado de desarrollo científico y tecnológico parecía desdecirse de su condición de fácil receptáculo para el mal, para el daño y para la destrucción entre sí mismos.

El Líder Máximo se preguntaba si esa proclividad hacia el mal no era una patología genética y si con todo el enorme avance logrado por su raza en Genética (muy particularmente por los aportes a esa ciencia realizados por él mismo), no se podría erradicar de raíz el mal de su raza erradicando esa patología genética aunque ello fuese a partir de los nuevos miembros de la misma que surgiesen producto de la reproducción. Ese cuestionamiento lo obsesionó. El núcleo esencial de su obsesión le llevó a sostener la tesis de la existencia de “un gen del mal“.

Por Gregory Castellanos Ruano

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